Estefanía Peñafiel Loaiza (Ecuador, 1978), es una de las figuras más relevantes del arte contemporáneo. Radicada en París, ha expuesto en los cinco continentes y en espacios como el Centro Pompidou. Su obra explora el desplazamiento, la memoria y la distancia, creando nuevas formas de mirar lo ausente.
En agosto de 2012 entré por primera vez al taller de Estefanía Peñafiel Loaiza en París. La había visto una sola vez antes de que me recibiera en su casa-taller del barrio de Ménilmontant. Cuando entré, su obra parecía no estar a la vista. No había un cuadro, una escultura, algún objeto que se piense como evidencia del trabajo artístico. Pero en realidad todo estaba ahí; sólo había que moverse, acercarse un poco a los muebles, hacer un esfuerzo por mirar.
Con el tiempo entendí que esa aparente ausencia era una declaración de principios. Conocía poco sobre su trabajo y el eje que lo atraviesa: el Ecuador. Un país que se transforma al ser mirado y releído desde lejos. Un país que, como dice ella, a diferencia de sus vecinos, lleva el nombre de una abstracción, de algo que no existe. Es desde esa condición invisible – donde se midió la Tierra hace trescientos años –, que ella hace aparecer sus rastros.
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