Invitado a viajar en el Titanic, puso una condición. Al final, no abordó el majestuoso buque en su fatídico viaje inaugural. Luego, habría de ser uno de los modernizadores de la medicina en el Ecuador, no sin resistencia de sus colegas tradicionalistas.
Los instrumentos que había mandado a fabricar no llegaban. Era todo el equipo de cirugía, con sus bisturíes, pinzas, tijeras, separadores y trépanos. Todo el de laboratorio, con su hermoso microscopio, sus retortas, matraces, pipetas y tubos de ensayo. Todo el de oftalmología, con los lentes para optometría y los aparatos para examinar iris, córnea y fondo del ojo. El de obstetricia y ginecología, con sus fórceps y sus campos estériles. El de anestesia y, sobre todo, el autoclave, aparato decisivo para esterilizar los equipos que usaría en sus cirugías.
El joven médico —que ya tenía otros implementos comprados, como batas, gorras y guantes de caucho, y encajonaba los libros que llevaría— había encargado el instrumental con suficiente tiempo, pero la mayoría no acababa de llegar.
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