De una infancia entre gatos, árboles y obras de teatro caseras a los aplausos en el Festival de Cine de Venecia —donde obtuvo el reconocimiento al mejor guion de la sección Horizontes—, convirtió la fragilidad en un lenguaje cinematográfico propio. Con su filmografía, la directora ecuatoriana traza un mapa del cuerpo, la memoria y los sentidos.
Un árbol atravesaba del piso al techo el centro de la casa en Quito en la que Ana Cristina Barragán vivió su infancia. Alrededor de este gigante silencioso que observaba todo, una niña de seis años inventaba mundos mientras se dejaba fascinar por los secretos de la naturaleza y el afecto de sus gatos, Gobolino primero, Tulipán y muchos otros después. Ana Cristina creció en un contexto donde lo visible y lo invisible convivían: la ciudad, la naturaleza, la complejidad de las emociones y una curiosidad desbordante que se traducía en pequeñas “investigaciones” sobre animales que alquilaba a su abuelo paterno por unas monedas.
Su infancia fue un laboratorio de sensibilidad. Mónica, su madre, la recuerda como una pequeña muy creativa, que le gustaba llevar la batuta en los juegos y con un talento natural para inventar historias. Su padre Fernando filmaba todo con una videocámara de VHS, cada ocurrencia, cada obra de teatro improvisada en el salón de la casa. La niña empezó pronto a dirigir las escenas con una autoridad incipiente. Le decía a su hermana Fernanda, la protagonista, dónde pararse, qué gestos mostrar y a su padre, el camarógrafo, cuándo cortar, qué ángulo utilizar. Era un juego, pero aún sin saberlo, también un primer ensayo de lo que sería su cine.
Has llegado al límite de artículos gratis para este mes.
Si eres suscriptor de la edición impresa solicita tu acceso.
Si no lo eres, elige tu plan
Revista digital
DESDE- Acceso ilimitado a todo el contenido digital de revistamundodiners.com
Revista impresa + edición digital
DESDE- Revista mensual impresa + acceso ilimitado a todo el contenido de revistamundodiners.com
- Envío incluído


