
Cecilia Guerrero es dueña de Darwin’s Ecogarden, una finca de permacultura ubicada en la isla Santa Cruz, en el archipiélago de Galápagos, Ecuador. Lo que está por leer es la historia de una mujer que dejó la docencia para dedicarse a cultivar plantas en uno de los lugares más turísticos del mundo.
De La Alameda a Santa Cruz
1969. Cecilia Guerrero tiene apenas 12 años. Viaja en el Lina A, un barco de Metropolitan Touring, en el que recorre las islas Galápagos junto a Marjorie Jurgens, su madrina de Primera Comunión. Enamorada de todo lo que ve, se promete que algún día regresará. Lo que no sabe en ese momento es que volverá seis años más tarde, pero no como turista sino para trabajar como maestra, conocer al amor de su vida, ser mamá y convertirse en la pionera de la agricultura orgánica en la isla Santa Cruz.
Cecilia nació en Quito y creció cerca del parque La Alameda. Sentada en la entrada de Darwin’s Ecogarden, la finca orgánica de 3 hectáreas que maneja desde hace 20 años, cuenta que esa cercanía con el parque de su infancia la conectó con la tierra y con las plantas, pero que el encargado de que ese idilio perdurara hasta hoy fue su esposo Segundo, un agricultor galapaqueño que murió de leucemia hace dos décadas.
“Él me enseñó a amar las plantas y a la naturaleza. Cuando estaba vivo veníamos a la finca los fines de semana y sembrábamos productos para nuestro consumo, porque los que venían del continente a veces llegaban dañados o maltratados”.
En aquel primer huerto familiar había legumbres, plátanos, naranjas y yucas. Después de la muerte de Segundo, Cecilia y Javier, su hijo mayor, armaron el primer invernadero de la finca, pensando en comer productos más orgánicos. “Nos quedamos con la idea de que muchas veces el cáncer se activa por los químicos que hay en la comida, así que decidimos darle un giro de 180 grados a nuestras vidas y empezamos a comer más sano”.
Hace 4 años, Cecilia se jubiló de la docencia y decidió dedicarse por completo a la permacultura. Mas, una década antes su trabajo en la finca ya no se limitaba solo a sembrar y a cosechar para el consumo familiar, sino para distribuir sus productos orgánicos en toda la provincia. Como su fuerte era la pedagogía y no la agricultura, tomó cursos y recibió capacitaciones, muchas fueron presenciales y otras, virtuales.
Ahora Cecilia sabe que en Santa Cruz lo que mejor se dan son los cítricos, sobre todo naranjas y limones; y los que más trabajo cuestan son los vegetales, incluso si están dentro de un invernadero. También descubrió que las islas están llenas de plantas comestibles. Su favorita es la begonia, pero nunca le dice que no a un mastuerzo, a una violeta, a un geranio, a las flores de tilo y a las de albahaca; plantas que vende a colonos, restaurantes, hoteles, como el Finch Bay, e incluso a barcos que navegan todo el año por las islas.
Un menú de plantas
En la parte alta de Santa Cruz, donde se asienta la mayor cantidad de fincas de la isla, no se escucha el canto de los lobos marinos y no se ven iguanas ni piqueros de patas azules. Aquí lo que sí abundan son las tortugas terrestres y las vacas. Y lo que se oye en terrenos como los de Cecilia es el cacareo de las gallinas y el gruñido de los cerdos.
Con los sonidos de estos animales como fondo musical, Cecilia empieza el recorrido por Darwin’s Ecogarden. Es la mañana del primer miércoles de octubre y, aunque el cielo luce gris y cubierto de nubes, el calor y la humedad se pegan al cuerpo. Los galapaqueños dicen que este es solo el preámbulo del inicio de la temporada más caliente en Galápagos, una época que empieza en diciembre y se extiende hasta finales de mayo.
“Lo bonito de estas caminatas en la finca -dice Cecilia- es que uno aprende a perderle el miedo a la naturaleza, incluso a los insectos. Todo mientras conoce y saborea plantas comestibles que luego terminan en una ensalada, un postre o en un coctel”.

El menú de esta mañana comienza en un invernadero donde se cultivan germinados. De entrada, Cecilia ofrece ramitas de hinojo, cilantro y apio. Al salir, está servido el primer plato fuerte. En su mano, la anfitriona sostiene begonias blancas y rojas, estas últimas tienen un sabor más cítrico. Y como si estuviera en la cocina de su casa, dice: ¡Sírvanse, con confianza! Camina unos pasos, se agacha y arranca unas ramas de mastuerzo amarillo, el segundo plato de la mañana tiene un sabor dulzón con un delicado dejo picante.
Los demás platos están servidos dentro de otro de los invernaderos de la finca: hojas de mastuerzo rojo, con un sabor más picante que el amarillo; hojas de espinaca malabar, que saben a melloco; ajíes arcoíris, color rojo, amarillo y violeta -que ningún comensal se atreve a probar- y ramitas de orégano; Cecilia dice que están entre sus mimadas, porque son muy generosas en época de cosecha. Algo parecido dirá minutos después cuando invita a probar flores de albahaca morada, cebollín, boca de dragón, rosas y hojas de violetas.
Como en todo buen menú, en este no podían faltar los postres. En medio de la finca hay un bosque poblado de árboles y plantas, de donde salen algunos manjares. Entre la cosecha del día hay limones, guabas, cocos y carambolas. Los comensales se sorprenden por la cantidad de agua que guardan los cocos y por el dulzor de las otras frutas. La garúa comienza a caer, mientras Cecilia no se cansa de decir: ¡Sírvanse, con confianza!

