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Mundo Diners al día

Alfredo Bryce Echenique: "Voy al Perú a dejarme querer"

por Omar Ospina

Bryce Echenique
Alfredo Bryce Echenique ganó varios reconocimientos literarios, entre ellos el Planeta 2002. Foto: EFE
TIEMPO DE LECTURA 12 MINUTOS

Alfredo Bryce Echenique falleció este 10 de marzo de 2026. El escritor peruano cuya figura fue opacada por la grandilocuencia de Mario Vargas Llosa será recordado por sus polémicas literarias, pero sobre todo por escribir tres novelas que marcaron época: Un mundo para Julius, La vida exagerada de Martín Romaña y No me esperen en abril. En 2003, Omar Ospina conversó con el autor.

El currículum da cuenta de su nacimiento en la virreynal Lima el 19 de febrero de 1939, en una familia de la alta burguesía peruana, con ascendencia británica y esa ubicación social y económica que le envió a los mejores colegios ingleses de la capital peruana. Después, en 1964, emigró a Europa, destino casi obligado de los aspirantes a escritores de América Latina, y en La Sorbona se diploma en Literatura Francesa Clásica y Contemporánea.

Un Magister en Literatura en la Universidad de Vincennes, también en París (1975), lo conduce al doctorado en Letras por su antigua alma mater, en Lima, en 1977. Luego regresa al exilio intelectual europeo: Francia, Italia, Grecia, Alemania, y España desde 1984 hasta su regreso al Perú a fines de los noventas, de donde lo vuelve a exiliar la realidad de un país cuya burguesía ya se le hace insoportable y sus políticos bochornosos. 

Lo conocí hace diez años, cuando la Universidad de Cuenca lo tuvo entre los ponentes invitados al Encuentro de Escritores que regularmente se realiza en la ciudad austral. Recuerdo que asistí a su presentación en el Aula Magna, repleta de estudiantes que querían escuchar a ese escritor peruano con fama de bohemio y varias novelas a cuestas, sobre todo Un mundo para Julius (1970), que en 1972 le otorgara el Premio Nacional de Literatura del Perú y en 1974 el Premio a la Mejor Novela Extranjera en Francia.

Su charla, como la de todos los ponentes y conferencistas, debía durar unos veinte minutos, aproximadamente. La suya tuvo entretenido al auditorio de jóvenes y curiosos durante casi dos horas, en las que derrochó simpatía, anécdotas y ese humor entre negro y burlón que exhibe en sus novelas y cuentos y que hace parte de su manera de vivir. 

Ahora estamos reunidos en Quito, aprovechando que sus editores lo invitaron a presentar su última novela, El huerto de mi amada, con la cual acaba de obtener el prestigioso –y jugoso– Premio Planeta de novela 2002. Así que durante un buen par de horas conversamos en el lobby del Swiss Hotel. 

Cuando nos encontramos en Cuenca, en el 93, usted estaba con su esposa española pensando en regresar al Perú. ¿Qué lo había decidido a volver en ese momento?

Bueno, yo tenía la impresión de que Europa y yo, dicho con gratitud, ya nos habíamos sacado el jugo mutuamente, que aún era yo una persona con energía física, buena salud y juventud, digamos, relativa, como para volver a mi país y disfrutar de lo que más he querido: ciertos paisajes y ciertos amigos. El país de uno no son los kilómetros cuadrados que tiene sino los lugares donde uno nació, creció, donde se enamoró por primera vez, donde tuvo los mejores amigos, donde fue al colegio, hasta que uno, claro, deja de ser hijo, deja a papá y mamá, agarra un barco de carga y se larga a Europa y se convierte en Alfredo Bryce Echenique, se convierte en el escritor que pensaba. En realidad, estaba un poco cansado de Europa y a pesar de que Europa me había tratado bien, quería que Perú me diera también algo de eso. 

¿Qué encontró en su país después de tantos años?

Encontré una realidad envilecida, encanallada, grosera, violenta, vulgar, creada por diez años de manipulación de la mente, del hombre y de la educación de los peruanos por una siniestra dictadura que se aferraba al poder y que hizo un daño que tardará décadas superar; tanto es así que el pueblo peruano es el único que pierde un centímetro de estatura al año por mala nutrición, que ha bajado su coeficiente intelectual con respecto a países vecinos como Ecuador, Colombia, Bolivia, Argentina. Ese no era mi Perú ni yo era tampoco ya aquel chico con la fortaleza para ponerme la coraza que tenían los peruanos para no ver la miseria, para no ver la corrupción. 

Y en lugar de ponerse esa coraza para no sentir o ese antifaz para no ver, ¿no había la posibilidad de ponerse más bien la armadura para luchar contra eso desde su trinchera de escritor?

Me la había puesto, pero la herida era muy grande. Sangraba por debajo de la armadura. Y, además, mis amigos estaban deshechos, habían perdido la alegría de vivir.

Esa realidad que usted pinta, ¿lo desarraigó otra vez?, ¿lo obligó a salir de nuevo? ¿Cuánto tiempo se quedó?

Yo me quedé tres años y medio; lo intenté mucho y tengo allí a mi compañera, una chica que me quiere. Fue ella quien me dijo: ‘Alfredo, tú te vas, y así tendremos un lugar en Europa y otro aquí’. ¡Mira qué mujer tan valiente!

¿Es peruana?

Sí, es peruana.

¿Joven o era una antigua novia?

Es una relación que ya dura ocho años, la más larga de todas mis relaciones. Yo le llevo 17 años. Lo que pasa es que antes fue novia de Julio Ramón Riveyro.

¿Han sido muchas relaciones?

Algunas. Pero esta es la mejor.

¿Y usted se siente joven?

Joven y feliz. Estoy a punto de tomar el avión a Lima. Siempre querré volver a Lima aunque ahora lo que quiero en Europa es terminar un par de libros o tres. Pero me voy a Lima a dejarme querer, no a arreglar la Patria, esas cojudeces…

¿Será que no tiene arreglo?

Que lo hagan los chicos, los jóvenes. Nosotros hemos sido una generación que ha luchado mucho dentro y fuera de nuestros países.

La clase dirigente peruana refleja o es parecida al resto de la clase dirigente latinoamericana. ¿Qué pasa con ella? ¿Algún día encontrará un modelo propio o seguirá pagando servidumbre a modelos extraños a nosotros, a nuestra cultura, a nuestra idiosincrasia? 

Yo creo que el problema es que nunca ha sido una clase dirigente, ha sido una clase dominante. El único país que tuvo una clase dirigente fue Chile, el más pobre de todos; cuando todavía no eran concientes de lo del cobre, construyeron una nación. Fíjate en la inteligencia de los chilenos, que ni Pinochet nacionalizó el cobre. Nosotros vendemos todo. No tenemos ninguna empresa que haya creado riqueza, hemos encontrado montañas de oro y nos las hemos comido.

¿Nos las hemos comido o nos las hemos dejado robar?

Nos las hemos robado en complicidad con los socios y para el país no ha quedado nada. Creo que este es el gran drama; más que la corrupción es mala administración, no hay pensamiento de lo que es el país. Jorge Basadre, el más importante historiador del Perú, dijo que el nuestro no era un país sino un territorio lleno de gentes desconcertadas.Pero yo creo que esas clases dominantes están de salida y hay ahora un mestizaje étnico-cultural, violento todavía, pero que busca sus expresiones incluso culturales. Desgraciadamente ignora la historia del Perú porque Fujimori se encargó de borrar la memoria histórica también. Pero esa gente es mucho más emprendedora, más trabajadora, más solidaria. Funciona familiarmente en la microempresa y le falta solamente protección estatal. 

Esa nueva clase dirigente mestiza, moderna, ¿está pasando por las concepciones ideológicas de Sendero Luminoso, se han permeado de eso o tienen relación con ese movimiento?

Han sido muy concientes de eso. En cambio los anteriores nada; se han vuelto peores, odian más todavía al pueblo peruano, el miedo no les ha enseñado nada. Yo creo que estamos enfrentándonos a un nuevo Perú, también a un nuevo Ecuador, a una nueva Colombia, solo que en el Perú quizás sea más grave pues son más agudas las contradicciones y las dificultades incluso geográficas. Pero es verdad también que nuestros nuevos cholos, por decirlo de alguna forma, son gente que ya no pretende ser igual al señorito que a su vez quería ser francés, y luego ha sido socio minoritario de los desafortunados intereses americanos en América Latina que han apoyado dictaduras y todo. 

Usted es parte de esa clase, para decirlo con sus palabras, dominante, de esa burguesía limeña o peruana que se refleja en sus libros. Esa confrontación con esa clase a través de su literatura, ¿le ha puesto en un brete, lo ha malquistado con esa clase que es la suya?

Mira, son tan irresponsables y tan ignorantes que ni leen y cuando son tus amigos dicen: ¿ganaste plata, no? Pero tampoco he venido a acusar, a señalar. He mostrado un mundo. 

Entonces, no ha encontrado usted repulsa ni rechazo sino más bien envidia de que haya ganado dinero por reflejar esa realidad...

No, no; muy pocas veces. En el año 72 volví por primera vez al Perú, cuando se acababa de dar el premio Nacional de Literatura a Un mundo para Julius, fui al club y entré muerto de miedo; almorcé tranquilo con dos o tres amigos del colegio y luego fuimos al bar donde estaban todos los borrachines de las grandes familias, y pensé “aquí me linchan”. De repente, uno dijo: “¿Y para qué ha venido al Perú? ¿A este país de mierda donde se ha acabado el vino, el caviar, se ha acabado todo?” Y otro dijo: “¡Hombre! Ha venido a echarnos otro vistazo para matarse de risa y escribir otra novela”. ¡No me digas que no estuvo simpática la cosa!

Alfredo, en casi todas sus novelas hay un personaje único que se va configurando como una especie de arquetipo. ¿Es algo usted ese arquetipo?, ¿es una especie de alter ego suyo?

Yo creo que son personajes apoderados de mi sensibilidad más que de los hechos que me hayan sucedido. Yo he inventado, he creado, he dado vida a situaciones en un tono que es muy emotivo al contar, al hablar; es un cuento hablado el que yo cuento al escribir, que busca crear, inconscientemente creo yo, una relación muy fraternal con el lector hasta volverlo cómplice. Es la sensación de que siempre estás contando la historia de tu vida, pero en la realidad esto ya se ha visto también en la literatura picaresca, en El lazarillo de Tormes por ejemplo.

¿Usted encuentra por ahí sus raíces literarias? Porque allí hay mucha ironía, mucho sarcasmo, mucha picardía.

Sí, sí, ya lo creo. Y una vez me sorprendió mucho en España que importantes catedráticos y críticos me invitaron a un congreso sobre novela picaresca, y yo pensé “a título de qué”. Y ahora me explico: mi literatura tiene mucho de literatura picaresca.

Un crítico, un antologista suyo, decía que usted tiene profundas raíces no solamente en la literatura picaresca sino también en Cervantes y que de alguna manera su literatura es oral, tiene una especie de oralidad, más que de escritura física.

Creo que mi literatura y la ironía de Cervantes y todo eso está muy ligado, porque yo soy muy alejado del genio inmenso pero cruel que podía ser, en cambio, Quevedo.

¿Cómo escribe? Es decir, ¿necesita una disciplina, un rigor, o escribe a saltos y a brincos?

Hay un rigor. Una disciplina que es el encierro, pasar meses de trabajo, aislarse mucho, leer y releer mucho. Incluso cambio mi vida diaria en la que hago mucho deporte, nado y camino mucho y hasta me hice socio de un club deportivo. Sí, me encierro y escribo con horarios drásticos.

También hay fama de que usted es un bohemio. ¿Esos momentos son escape de esa bohemia, o la bohemia es un escape de ese rigor y de esas exigencias?

Yo creo que la bohemia que he vivido me ha cansado un poquito también. Me producía una cierta culpabilidad, y entonces me escapaba a escribir.

¿Esos momentos de encierro creativo eran una especie de contrición?

Sí, tenían algo de eso. Aunque no me he puesto al día de mi reputación ante mí mismo.

¿Escribe mejor desde lejos? ¿Es buena la distancia para percibir la patria? 

No lo creo. Pero nunca lo había comprendido hasta que escribí El huerto de mi amada. En Lima escribí muchísimo y empecé la novela; ya estaba caminando sola cuando llegó un invierno limeño, esos que te matan de tristeza, y entonces me escapé hacia el sol de las Canarias y allí avancé; y cuando llegó el verano, nuevamente volví corriendo a Lima y la terminé.

Usted ha tenido amistad con Gabriel García Márquez, con Fidel Castro, pero también con Mario Vargas Llosa. ¿Cómo ha conciliado esos afectos? 

No, mira, al contrario de ellos, yo a pesar de que he tenido distanciamientos nunca me llevaron hasta el pugilato. Unos y otros se pelean, pero se ven y se respetan mucho, a veces se disparan un par de balas, porque, bueno, estarán muy dolidos y muy resentidos. Pero son dos personas muy diferentes, dos temperamentos muy distintos. Yo creo que tanto el uno como el otro han vivido vidas muy distintas, no hay que olvidar que Vargas Llosa también apoyó a Fidel mucho, en un principio hasta los 60, 70. Mira que en La Orgía perpetua hay una frase en la que dice: ‘dos temas sobre los cuales no transigiré en toda mi vida: Fidel Castro y Flaubert’.

Usted fue castrista, también

Este último incidente (los fusilamientos) me parece muy desafortunado…, yo estoy profundamente contra Fidel Castro, me ha desilusionado, es un tirano y un criminal y está llevando a Cuba a la ruina. La va a dejar igual que Haití.

Esos fusilamientos, que según el régimen son una respuesta a provocaciones muy graves de los Estados Unidos, ¿usted no los justifica por ese lado, no hay ninguna razón?

No, no creo. Estoy de acuerdo con Susan Sontag, a quien respeto, no la conozco, no le tengo cariño, no sé quién es, solo que es una escritora, una intelectual muy responsable y muy valiosa pero le criticaría que no hablaba de lo que estaba haciendo su país en esos momentos.

¿No será que la izquierda le está pidiendo a la revolución una perfección que ningún régimen tiene? ¿No estamos queriendo utópicamente una revolución perfecta que es imposible?

No, yo en eso estoy de acuerdo, pero en lo que estoy totalmente en contra es en la pena de muerte. Pudo haber otras salidas más imaginativas que fusilar.

¿Vive ya de su literatura, de sus trabajos literarios?

Yo te diría que vivo de todo lo que sale de la computadora. Vivo de artículos, conferencias, cursillos, de todo. La novela me ha ayudado mucho, por supuesto, en algo que ninguna conferencia va a pagar, pues. El poder comprarme un departamento en Barcelona y que me quede un poquito de plata para buscarme un piso en Lima, para dedicarme a escribir. Ya he prescindido de la enseñanza.

Muchos años en Francia fue profesor. ¿Qué recuerda de esa época en Nanterre? 

En Nanterre, sí… recuerdo sobre todo la época de la revolución, era muy agradable, las clases no acababan de las aulas y había que seguirlas.

Era mayo del 68 y todas esas cosas maravillosas y románticas...

Todos juntos y revueltos.

¿Qué nos pasó, qué pasó con mayo del 68 y nuestra generación?

Fue una rebelión psicológica, un drama psicológico, multitudinario, internacional además. Se dio en Berkeley, en Praga, en distintos países, en España levemente por la dictadura, en Francia. Pero sobre ella se dijeron muchas tonterías, se escribieron muchos libros que hoy no dicen nada. Yo siempre le oí decir a Alain Touraine una gran verdad: “Mayo del 68 no tiene mañana”, es decir no tiene futuro. Pero de ahí han nacido los movimientos ecológicos, los movimientos por el respeto a la mujer en el trabajo, todo eso se planteó en el 68. La relación distinta en la pareja, en la que el hombre asume responsabilidades que antes solo la mujer tenía. Todo esto... los ríos profundos que desde el 68 siguen corriendo.

Podría decir que mayo del 68 marcó un cambio en la actitud del ser humano, al menos de Occidente. ¿No fue una desilusión, sigue siendo una esperanza?

Fue una desilusión para los que pensaron que eso iba a acabar con el sistema.

¿Cree usted que luego del boomla literatura latinoamericana entró en un bache, en una especie de decadencia?

No, creo que más bien entró en un período de autocrítica, de silencio; la anterior había sido tan de escritores comprometidos que se pronunciaban a favor de la invasión de Praga o en contra de la invasión de Praga, a favor de la revolución cubana, o en contra. Eran dueños de la verdad… De repente, todo el mundo da ideas, se viene abajo el socialismo real, el capitalismo es una mierda, lo que nos espera es peor, no sé qué ¡carajo!, es para pegarse un tiro. Todo eso fue una generación perdida, pero yo creo que en este momento la literatura latinoamericana empieza a tener nuevamente muy buenos escritores. En Barcelona hay cantidad de escritores chilenos, colombianos, mexicanos, que aparecen con mucha calidad. 

¿Por dónde va la preocupación de esta nueva generación? Ya no es la ideológica, no es la política…

A simple vista es más individualista, cada uno va con su sentido de humor o con su falta, generalmente es gente irónica y no hablan del desencanto.

Ya no quieren arreglar el mundo...

No, ya no quieren arreglar nada.

Usted maneja un estilo lleno de digresiones, de idas y vueltas, de retruécanos, una espiral lo llama alguno de sus críticos, y con un enorme apego a la memoria, esa memoria que hace que su literatura sea un poco a saltos y a brincos, que le pone algunas dificultades al lector. ¿Esas digresiones son un recurso estilístico para tomar distancias o es una cosa muy propia, una manera de ver las cosas?

La digresión está desde el Quijote, es fundamental en la literatura oral. La literatura oral lo que trata es de reproducir la ilusión de la oralidad en lo escrito, y la oralidad está llena de digresiones.

En algunas obras pone excesivos problemas al lector. Parecería que usted, como Borges un poco, escribe para lectores cultos, no para una masa inculta que infortunadamente es la mayoría de América Latina.

Bueno, es que no se trata tampoco de escribir para la masa y mantenerlos en masa embrutecida; sí, nuestra literatura debe hacer subir a esa masa, ponerle desafíos.

Algunos críticos ven en usted influencias: Hemingway, Proust, obviamente Cervantes. ¿Esas influencias son ciertas, se mantienen, o se han sacudido para encontrar lo que usted llamaba un tono propio?

Yo creo y espero que sí, pero parece que de lo que no me he sacudido es del placer de volvérmelos a encontrar, de releerlos.

Excepto los grandes nombres, nuestros escritores son prácticamente desconocidos de un país a otro. ¿A qué se debe ese desconocimiento?, ¿es culpa de la clase intelectual?, ¿es la clase política la que ha frenado esa integración?

Yo creo que es una mezcla de circunstancias. Pero también el hecho de que las editoriales han dividido la cosa para dominar mejor el mercado.

¿Quién podría sacarnos de esa dispersión? Ya vimos que los políticos son incapaces, los economistas también. Podrán los intelectuales…

Yo pienso que sí, los propios escritores, piensa tú en Vargas Llosa o en García Márquez, saltaron la frontera.

Pasemos al periodismo. ¿Qué ha sido para usted? Una tregua entre dos novelas o una actividad que le sale de adentro como su literatura y que la necesita para sentirse vivo?

Mi periodismo es un periodismo que no da noticias… Es crónica, reportaje muy literario a veces, artículos que parecen cuentos. Yo creo que está ligado a mi especialidad literaria, que no establece nunca una línea, que no logra encontrar la línea divisoria de los géneros.

Usted parece preferir la creación de personajes, la oralidad, el sujeto y no el paisaje. Muy raras veces aparece la arquitectura limeña, pero el paisaje no está en su novelística, ¿por qué?

Porque yo veo que más bien el paisaje emana del estado de ánimo del personaje, pero no tiene camas, no tiene calles donde vivir, no construye escenarios.

Alfredo Bryce Echenique apura el último sorbo de su cerveza helada y se va a su habitación a hacer sus maletas. Esta tarde sale para Lima ‘a dejarse querer’. 

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