
Este diciembre Alberto Spencer habría cumplido 87 años. Su lugar privilegiado como mejor futbolista ecuatoriano de todos los tiempos está en disputa. El jugador nacido en Ancón cambió la historia de Peñarol y tuvo mucho que ver para que a River Plate lo llamaran para siempre los Gallinas.
En unas páginas leídas hace más de cuarenta años, cuyo título se me escapa y más aún su autor (a veces se me ocurre que debió ser Mario Benedetti), había unas líneas que sí quedaron pegadas en la memoria. Era un diálogo. El primero preguntó: “¿Cómo le irá a Peñarol, hoy?”. El otro le respondió: “Mejor di: ¿cómo le irá a Spencer hoy?”.
Ocurre que cuando uno lee algo así habiendo sido un futbolero, acostumbrado, además, a una historia de derrotas por ser hincha del Aucas (salvo en 2022, aclaremos, cuando salimos campeones por primera vez) y la Selección hasta 2001 era apenas un manojo de ilusiones trágicas, no puede sino emocionarse. Era la validación de aquello que hemos sostenido como una verdad inamovible: Alberto Spencer es el mejor futbolista ecuatoriano de todos los tiempos por todo lo que hizo cuando jugó en el Peñarol de Montevideo durante los años sesenta. Era algo que muchos no necesitábamos ver; nos conformábamos con que nos contaran sus jugadas. Y es que el fútbol, por sobre todas las cosas, comienza y termina como un relato.
Ahora cada vez son menos quienes lo vieron jugar. Las imágenes que quedan son pocas, en blanco y negro; una muestra ínfima de los 446 goles que marcó en los 662 partidos que jugó en los diecisiete años de su carrera, primero en Everest, luego en Peñarol y, finalmente, en Barcelona de Guayaquil. Y aunque se han escrito biografías, siempre viene bien recordar que Alberto Spencer, ese jugador negro que salió de un pueblo de aspecto británico, donde vivían los ejecutivos y trabajadores de la petrolera inglesa Anglo, cambió para siempre el fútbol charrúa.
No es una exageración. Cuando llegó Spencer a Peñarol, en 1960, Uruguay ya contaba con dos medallas de oro olímpicas, dos títulos mundiales y una victoria épica: el Maracanazo de 1950. Jorge Savia, el gran editor de Deportes que tuvo el diario montevideano El País, dijo que muchos no comprenden lo que Spencer realmente significó para el fútbol uruguayo. No son solo los 54 goles que marcó en la Copa Libertadores (48 con Peñarol), marca imbatible, por cierto, sino que con él cambió el dominio en el fútbol uruguayo. Hasta su llegada, decía Savia, era Nacional el equipo fuerte. Cuando llegó, el cuadro aurinegro fue ocho veces campeón nacional, tres de la Copa Libertadores (1960, 1961 y 1966) y dos veces de la Intercontinental, uno contra el Benfica (1961) y otro contra el siempre temido Real Madrid (1966). Eran tiempos en que las finales se jugaban de ida y vuelta y, si era necesario, un partido de desempate, se se disputaba mayormente en terreno neutral. Y en todas ellas, siempre hubo al menos un gol de Spencer.
La marca de los Gallinas
Fue en uno de esos desempates, en la final de la Copa Libertadores de 1966 entre Peñarol y River Plate, en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, cuando Spencer logró modificar lo que los argentinos llaman “el folclore del fútbol”. Sin proponérselo, inventó una tradición identitaria para River: el mote de Gallinas.
Es parte de los grandes relatos que el fútbol provoca por su capacidad de generar pasiones muchas veces irreconocibles en individuos que se pierden en la masa. Cuando fueron al entretiempo, River Plate ganaba 2-0. El presidente del equipo, Antonio Vespucio Liberti, bajó al camerino y les ofreció dos semanas de vacaciones en la Costa Azul. Lo que no imaginaban era que el exceso de confianza les jugaría en contra, sobre todo cuando Amadeo Carrizo, entonces uno de los mejores arqueros del mundo, paró un remate de cabeza de Spencer con el pecho.
Si hay algo que no se puede hacer con los uruguayos es cancherearlos, como se dice en el Río de la Plata, o sobrarse, en el Ecuador. Si se mira el fútbol infantil de ese país, se puede entender algo de su identidad futbolera: la garra, el coraje, la pierna siempre fuerte al balón y, de paso, al rival. En una entrevista que le hice a Paolo Montero, el recio defensor, me dijo que en su país “si mostrás miedo, no jugás”. Ese vigor es, precisamente, el encanto del fútbol uruguayo, aunque le ha costado caras derrotas.
Cuenta la leyenda que lo hecho por Carrizo cambió el partido. El capitán de Peñarol de aquel entonces, Néstor Goncálvez, recordaba que “eso fue el colmo, la gota que derramó el vaso. Porque empezamos a gritarle a Alberto, a motivarlo. ¡Te sobró ese porteño! ¡No puede ser! (…) y Alberto enloqueció. Se puso furioso. A mi juicio, ese error incomprensible en un jugador de tan dilatada actividad, como Carrizo, terminó en convertirnos en un huracán”, según cuenta el diario El País.
Spencer marcó dos golazos, el primero y el tercero de los cuatro con los que Peñarol ganó la final 4-2, uno de media vuelta y el otro era digno de su apodo, Cabeza Mágica y su don natural de suspenderse en el aire. Es quizá la más brillante historia en los 132 años que tiene Peñarol. Pero en Argentina fue lo opuesto. El partido siguiente de River fue en el campeonato nacional contra Banfield. Unos hinchas llevaron una gallina con una cinta roja y se la arrojaron a los jugadores. Pinino Mas, el que estuvo más cerca del animal, le pegó una patada.
El día en que murió Alberto Spencer, el 3 de noviembre de 2006, llamé a Carrizo para que me contara esa anécdota. Dijo que no lo hizo “para compadrear”, sino que “eran cosas que yo hacía porque me sentía en capacidad de hacerlo. Si no, me hubieran echado y no habría tapado veintitrés años en River. Lo volvería a hacer. Pero la verdad (…) fue una jugada rápida en que solo pude usar el pecho. Tantas cosas se han dicho, pero no creo que Spencer lo haya hecho. Solo hablé con él dos veces después del retiro y jamás me dijo nada parecido”.
Dos goles de Spencer cambiaron el argot futbolero argentino. Desde entonces, a River se lo conoce como los Gallinas. Y aunque primero fue un insulto, ahora es el signo de identidad de los hinchas del cuadro millonario, así como los de Boca se dicen Bosteros; los de Rosario Central, Canallas, y los de Newell’s Old Boy, Leprosos. Es como si en Quito, los hinchas del Deportivo Quito se autodenominaran Taxistas; los de Aucas, Longos, y los de Liga, Cauchos, término que en los años de su uso equivalía a lo que ahora es el plástico.
¿Spencer es el mejor?
En una entrevista radial le preguntaron a Alberto Spencer que, si no hubiera sido Alberto Spencer, cuál habría sido el mejor jugador ecuatoriano. Él no dudó un instante: Polo Carrera. La pregunta escondía lo obvio: ¿Cuál era el segundo mejor de la historia? Pero ahora su lugar en el panteón futbolero del país parece estar cuestionado, efecto más de la globalización televisiva y las redes sociales, pero también como un fenómeno propio del fútbol, en que siempre una generación destacará como el mejor de todos los tiempos a quien vio jugar.

Quienes vieron a Pelé sostienen que él fue el mejor de todos los tiempos. Los nacidos en los sesenta dirán que Maradona, aunque algunos se mantengan —por herencia de los relatos— en que fue Pelé. Luego de Maradona, se dice que Messi, quien por cierto tuvo que competir con Cristiano Ronaldo. Pero los maradonianos dirán que no, con todo el respeto del mundo, pero como el Diego no hay.
Ante Spencer, Antonio Valencia, al parecer, se encuentra en una mejor posición, por lo que hizo en el Manchester United, uno de los mejores equipos del mundo, como Peñarol, en su época. Quizá pronto Moisés Caicedo se lo dispute a Valencia, y aún esperamos lo que hará Kendry Páez, calificado como el mejor jugador de mundo menor de dieciocho años. Pero el fútbol, como la vida misma, tiene casos de sobra de muchos que “comenzaron como jóvenes promesas y terminaron como viejos incumplidos”.
Estas disputas —más elaboradas por la prensa y los hinchas, que entendiblemente valoran más el fútbol que vieron que el que les contaron sus padres— ya habían planteado si Álex Aguinaga fue mejor. Tiene sentido esta propuesta porque Aguinaga fue protagonista de la gran génesis de la Selección, en los años noventa. Estuvo en la cancha en todas las inolvidables primeras veces: victoria contra Uruguay, Chile, Brasil, de visitante con Perú y, finalmente, dio el pase de gol —un maravilloso pase de gol— a Iván Kaviedes para que el Ecuador fuera a su primer mundial, el de Corea-Japón 2002.
Spencer, Polo —habría que agregar a Jorge el Pibe Bolaños de Guayaquil y Tito Larrea en Quito— eran los cracks de los años sesenta, una época en que el fútbol ecuatoriano era poca cosa internacionalmente. En una entrevista realizada por Pelé, Spencer dijo que siempre hubo buenos jugadores, pero algo pasaba en la cabeza de los ecuatorianos que nos aminoraba ante los extranjeros. Así, nos conformábamos con alguna victoria, que se calificaba como “hazaña”, como la de Barcelona ante Estudiantes de La Plata, en Argentina (1971); la casi clasificación al Mundial de Inglaterra 66, o el empate 2-2 contra Argentina en Buenos Aires, en la Copa América del 83, cuando el árbitro boliviano, Óscar Ortubé, alargó el partido doce minutos para que Argentina anotara el segundo gol. Mucho más no se puede decir del fútbol ecuatoriano; recién en este siglo, ha tenido algunas páginas brillantes.
Lo que hizo Aguinaga con la Selección no desestabilizó del podio a Alberto Spencer. El fútbol mexicano, muy a pesar de los esfuerzos de sus periodistas para aparecer como una de las grandes ligas del mundo, nunca sedujo la mirada del mundo. Necaxa, además, siempre fue un equipo menor. Lo sabe bien el escritor Juan Villoro, cuando dijo que “corría el rumor de que cuando alguien llamaba al estadio Azteca para preguntar a qué hora juega Necaxa, le respondían: ‘¿A qué hora pueden venir?’”
Quizá en el fútbol ocurra lo mismo que en la literatura. Pueden venir grandes figuras después, pero a Cervantes nunca le arrebatarán del panteón como el mejor escritor de España ni a Shakespeare, el de Inglaterra. Y aunque esto sea solamente fútbol, será muy difícil que alguien pueda desplazar a Spencer como el mejor jugador ecuatoriano de todos los tiempos.

