Edición 433
Por estas fechas cumplo treinta años de ejercicio del periodismo, el oficio más lindo del mundo. Crecí en él convencida de que contar historias era poner un grano de arena para cambiar la realidad de injusticia del país, para visibilizar lo invisible. Convencida de que teníamos una herramienta poderosa para pedir cuentas a quienes nos gobiernan: la palabra. Y que a través de ella podíamos cambiar el mundo y construir uno mejor, con gente más honesta, menos violenta, más consciente de sus derechos.
Aprendí, de maestros sensibles y también exigentes, el rigor del oficio y, junto a otros periodistas de mi generación, aprendimos a no comer cuento. A cuestionar, dudar, preguntar, investigar, a escudriñar en las cosas del poder, a exigir transparencia y acceso a la información. Nunca tuve un jefe que me obligara a escribir a favor o en contra de nadie y, peor aún, de acuerdo al gusto o interés de algún auspiciante o de la pauta publicitaria del diario o de la revista donde publiqué mis textos, crónicas, entrevistas o reportajes. Para mí, y para muchos colegas periodistas
de mi generación, las cosas siempre estuvieron claras: el mercadeo es una cosa y el periodismo, otra.
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