El impacto emocional que sufre una persona cuando fallece un animal de compañía es equiparable al de la muerte de un ser humano. La clave para superarlo está en la despedida, mediante un ritual o cierre adecuado.

Sentimos exactamente lo mismo que cuando fallece un familiar o alguien muy cercano: dolor inmenso, tristeza, vacío interior (desesperanza, angustia…). Sin embargo, cuando el ser querido que parte no es una persona, sino un animal de compañía, hay detalles que marcan la diferencia y pueden llevarnos a una situación todavía más dolorosa.
Se trata del duelo no reconocido, y tiene que ver con reprimir las emociones, para no mostrarlas ante amistades, compañeros de trabajo o entorno social. “Solo es un perro”, “solo es un gato”, “puedes comprar o adoptar otro”, son frases que se pueden escuchar de quienes no lo consideran importante o no muestran empatía ante el fallecimiento de una mascota. A todo esto, se suma un agravante que es el sentimiento de culpa, pues en muchos casos se ha tenido que tomar la decisión de eutanasiar al animal por enfermedad u otras causas relacionadas con la pérdida de su calidad de vida.
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