Peggy Guggenheim, de colección
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Peggy Guggenheim, de colección

Marguerite Peggy Guggenheim (1898-1979). Fotografía:Flickr.com.

Graham Greene tenía una particular teoría sobre el vicio del coleccionismo. Sostenía que, para el coleccionista, el valor de su propia colección solamente podría ser superado por una cosa: el viaje que produce la adrenalina de la pesquisa. La adrenalina de buscar entre los estantes y depósitos de un librero de viejo, de negociar el precio de un mueble arrumado en el almacén de un anticuario, la emoción de tasar y analizar una pintura buscada por años y por fin encontrada.

Peggy Guggenheim (1898-1979) conocía de memoria ese viaje. Durante su ajetreada vida —que incluyó las dimensiones de coleccionista, mecenas, galerista y excéntrica— se propuso (y lo logró) comprar una obra de arte al día, se empeñó en empujar la carrera de, por lo menos, Djuna Barnes, Jean Cocteau, Jackson Pollock o Vasili Kandinsky, y convertir su palazzo veneciano en un museo de referencia. Peggy Guggenheim se erigió a sí misma en personaje estrafalario, fue testigo de su siglo, construyó un mito a su alrededor y, por si lo anterior fuera poco, empujó con decisión la historia de las artes.

Retoño rebelde de la saga empresarial de los Guggenheim, Peggy redefinió los estándares del coleccionismo: para empezar sostenía que sus colecciones le exigían esfuerzos de tiempo completo, dedicación absoluta y pasiones intensas. Para no dejar cabos sueltos se autodefinía no como una simple coleccionista, sino más bien como un museo en sí mismo. En efecto, con el tiempo, ella misma se convirtió en una leyenda en vida, rodeada de mitos y verdades dudosas.

Los Guggenheim, con intereses principalmente en la industria minera, en fundición de metales y en la banca, acumularon una de las más importantes fortunas estadounidenses de principios del siglo XX. De origen suizo, cuando la familia liquidó la mayor parte de sus intereses empresariales, se dedicó a la protección de las artes, de la medicina y de la aeronáutica (uno de los miembros del clan apoyó los planes de Charles Lindbergh) y otro, quizá de los más destacados, Solomon R. Guggenheim, financió y puso de pie el museo que lleva su nombre, situado en la parte alta del este de Manhattan y diseñado por Frank Lloyd Wright. El padre de Peggy, Benjamín, murió en el viaje inicial del Titanic, en 1912, lo que le permitió la independencia financiera y la materialización de sus caprichos.

Después de sus primeros años en Nueva York, pudo viajar a París a principios de la década de los veinte en compañía de su primer marido, Laurence Vail, un hombre culto, con actividad en pintura, escultura, ensayo y traducción. El París de entreguerras —todos sabemos— fue el epicentro de la bohemia y de la actividad creativa, que incluyó entre sus protagonistas a Marcel Duchamp y a Constantin Brancusi, dos ejemplos de la pléyade artística de la época. Duchamp, con el paso de los años, ayudó a Peggy a distinguir entre el surrealismo y la abstracción y fue un apoyo importante en la construcción de su personaje. De Samuel Beckett, en cambio, asimiló el carácter del arte como materia viviente y, tras un intenso idilio, como apuntó Lawrence Durrell en Mountolive: “Estaba aprendiendo las dos lecciones más importantes de la vida: hacer sinceramente el amor y reflexionar”. Con el bagaje de su educación formal en Nueva York y de su educación sentimental en Francia, Peggy Guggenheim abrió una galería en Londres —Guggenheim Jeune, qué maravilla de nombre— en la que exhibieron los mencionados Cocteau y Kandinsky, además de, por ejemplo, Yves Tanguy.

En paralelo a su vocación de galerista, corrió la pulsión de Guggenheim por la adquisición de obras de arte, no como forma de acumulación, sino como modo de preservación de la memoria. En el sentido, más bien, que Philipp Blom le atribuye a la esencia del coleccionismo: “Toda colección es un teatro de los recuerdos, una dramatización y una puesta en escena de pasados personales y colectivos, de una infancia recordada y del recuerdo después de la muerte, y garantiza la presencia de esos recuerdos a través de los objetos que los evocan… Sin un catálogo, todo coleccionista importante ha de temer que su colección se disperse y, con ella, su propio descenso a la oscuridad”.

De vuelta en París, justo cuando la Segunda Guerra Mundial rompió fuegos, Peggy renunció a su idea inicial de montar un museo y empezó una virtuosa carrera de hacerse de piezas de eminencias como Braque, Dalí o Mondrian. Como a muchos judíos, sin embargo, la guerra la expulsó a ella, a su primer marido, Laurence Vail (que ya se había casado por segunda vez) y a Max Ernst, su futuro segundo marido. Como muestra de su inigualable empuje, de vuelta en Nueva York (en 1942) puso a funcionar una segunda galería —llamada, adecuadamente, Art of this Century— que pronto se convirtió en el centro de gravedad del arte en la ciudad. Su nuevo buque insignia significó también un necesario cable entre Europa y Estados Unidos: además de los artistas de más allá del Atlántico, representó un trampolín para Mark Rothko, Robert De Niro Sr. o Robert Motherwell. Siempre una esteta, además, produjo un catálogo editado por André Breton y diseñado por el propio Max Ernst. Su nombre empezó a brillar.

En palazzo Venier dei Leoni hay lienzos de Picasso, un móvil de Alexander Calder. Además, obras de Max Ernst, Joan Miró, Vasili Kandinsky, Kazimir Malévich, Paul Klee, Piet Mondrian, Fernand Léger, Georges Braque, Mark Rotko, Cyfrod Still, Francis Bacon, Jackson Pollock, entre otros. Fotografía: Shutterstock.

Pasados los avatares de la guerra, Peggy Guggenheim se propuso volver a Europa. Como resultado de su reencuentro con los viejos territorios —esta vez instaló sus legiones en Venecia, en el ruinoso palazzo que antes había ocupado otra excéntrica retratada en estas páginas, la marquesa Luisa Casati— los Pollocks y Rothkos, literalmente, saltaron el charco y encontraron la fama más allá de Estados Unidos. En el prenombrado palacio, con privilegiadas vistas al Gran Canal, el palazzo Venier dei Leoni, Peggy encontró sus cuarteles generales y sus cuarteles de invierno, por así decirlo. Desde la Venecia que antes ya habían honrado Tintoretto, Tiziano o Casanova, Guggenheim exportó su colección —ya una de las más significativas del mundo— a otras ciudades europeas, al tiempo que abrió los salones de su amado palazzo al público.

Peggy Guggenheim: Art Addict Una película documental que mezcla lo abstracto, colorido, extraño y salaz para retratar una vida tan compleja y trabajo venerado.

Declarada ciudadana honoraria de Venecia en 1962, Peggy Guggenheim, con astucia e inteligencia, se preocupó de proteger su legado. Poco después, en 1970 y 1976, en cada caso, donó su palacio y su colección a la fundación que había organizado su tío, Solomon. Recalar en los dominios de Peggy Guggenheim, visitar el lugar de sus obsesiones, vivir momentáneamente sus caprichos, es uno de los oasis de la congestionada Venecia. De la Venecia que, aunque milenaria, Joseph Brodsky reinventó invierno tras invierno, con sus nieblas, aguas altas, jardines y rincones.

En paralelo a sus ejecutorias como propulsora de las artes, esta Guggenheim merece engrosar esta galería de estetas, excéntricos y extravagantes. Conocida por sus caprichos e ímpetus —su intenso affaire con Samuel Beckett es legendario— encarnó el modelo de la mujer audaz, frontal, comprometida con la belleza y sexualmente decidida. Es necesario invocar a su biógrafa canónica, Francine Prose, para entender su verdadero carácter: “Da la impresión de que Peggy Guggenheim nació con la necesidad de enervar a la gente, o en todo caso la desarrolló muy pronto, y este impulso le resultó muy útil para abordar un proyecto vital que consistió en mostrar al público un tipo de arte verdaderamente innovador y a veces incluso inquietante. Su muy personal combinación de procacidad y de apocamiento, de timidez y de necesidad de llamar la atención, la ayudó a establecer vínculos entre el mundo del arte del siglo XX y el mundo del glamur, de los cotilleos y de los medios de comunicación”.

Las cenizas de Peggy están enterradas en una de las esquinas del palazzo Venier dei Leoni, eternamente inacabado y por tiempos desvencijado, junto a las cenizas de sus amados perros.

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