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Los pecados del algoritmo

por Ave Jaramillo

¿Cuántas veces pensaste en salir de las redes sociales? El acto, que parece suicida, busca la tranquilidad a la que renunciamos en busca de la mirada de los otros. En esta especie de confesión, el comediante quiteño Ave Jaramillo relaciona redes sociales con los pecados capitales que cometemos a diario.

Pecados de Facebook
Ilustración: ®Beto Val.

He cerrado mi cuenta de Facebook. No lo anuncié con una grandilocuente publicación. Tampoco fue el deseo súbito de convertirme en un apátrida digital, un ser elevado, iluminado y altivo. Fue una violación de mi seguridad la que me llevó a tomar esa decisión, un hackeo que puso en riesgo mi privacidad. Con un sencillo clic, le di punto final a una relación de más de diez años con esa red social.

Como una exenfermiza, Facebook no me quiso dejar ir tan fácilmente. Un mensaje de texto salió de repente, casi amenazante: “¿Estás seguro?” El maldito algoritmo sabía que no soy de fiar. Cuando insistí en que era momento de decir adiós, me lanzó una puñalada: “Recuerda que puedes volver cuando quieras”. Lo leí con voz de mujer, percibí en ella una mezcla de coqueteo y cinismo.

Es muy difícil vencer al Mal que vive en Silicon Valley. Así, casi sin darme cuenta, me zambullí en las redes sociales que han definido las novísimas maneras en las que nos relacionamos con los otros y con el mundo: empezó con una foto en Hi5, un pequeño trino en Twitter para opinar de algo que no conocía, un estado sin sentido en el muro de FB y acabó con historias que duran apenas veinticuatro horas en Instagram (cuánto hemos devaluado lo que llamábamos “historia”). Mis 41 años me han mantenido lejos de TikTok pero sí puedo verme haciendo un trend para ganar seguidores en el futuro. Patético.

Me he preguntado por qué lo hago. Así como me he cuestionado por qué fumo cuando estoy borracho o por qué como McDonald’s cuando estoy con una leona canábica. Siempre me arrepiento al día siguiente, cuando huelo mi ropa con el asqueroso olor de la nicotina o cuando veo mi vientre abultado por las grasas innecesarias de una Big Mac. ¿Por qué paso tanto tiempo viendo vidas ajenas? ¿Por qué peleo con desconocidos cuya opinión no afecta mi vida? ¿Por qué entro en un mundo virtual donde la individualidad se define por la mirada del otro, por un like, por un comentario? Porque me encanta el pecado. Me gusta pecar.

Pecados placenteros

Mi herencia judeocristiana me ha hecho víctima fácil de los placeres efímeros. Yo —un cristiano mediocre, luego “convertido” a un tibio agnosticismo para acabar como un desfachatado ateo— he reconocido que el encanto de la perdición siempre le gana a la vida eterna. Entonces, mi escasa fuerza de voluntad suele resquebrajarse con la satisfacción inmediata, que en el siglo XXI se convirtió en el gusto mínimo que produce escuchar que recibiste una notificación. Como perro de Pavlov, una campanita nos hace salivar por la aceptación.

A eso hay que sumarle que el descontrol te lleva al cálido abrazo del pecado. Ya lo dijo Oscar Wilde en una de sus frases más conocidas: “La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”. La soberbia, la lujuria, la ira, la gula, la pereza, la avaricia y la envidia, los siete pecados capitales, fueron mi zona de confort.

Así, mi pecado favorito, la gula, se alimenta con recetas de TikTok y Pinterest, con las cuales puedo satisfacer mi necesidad por grasas saturadas y cócteles bomba.

La lujuria (que ocupa un segundo lugar en mis preferencias por una cuestión meramente práctica: siempre es más fácil conseguir un bacanal que un polvo) es la reina del Instagram. Fotos donde el trasero ocupa el primer plano, justificada con una frase inconexa que agradece por la eternidad de los abuelos. Fuegos enviados a conocidas y no tan conocidas a la espera de una respuesta que pueda acabar en esas conversaciones efímeras, donde ambos saben que cuando los mensajes desaparecen todo se vale.

El pajarito azul de Twitter es el espacio de la ira, donde puedo desfogar cualquier lado oscuro que guarde mi alma casi sin temor a represalias. Antes, si quería insultar a alguien, tenía que decirlo de frente y me arriesgaba a un puñetazo retaliativo. Ahora no, puedo llenar de improperios el timeline de un expresidente o de un jugador de fútbol con un hashtag como escudo.

La pereza es otro de mis caminos favoritos para escapar del Bien. Estar acostado como una funda de plástico en la cama casi en estado cataléptico es mi forma final. No confundir con el ocio, padre de la creatividad y la paz mental. No, eso es para el Dalai Lama y gente que vibra alto. Lo mío es la inanición espiritual que te da pasar el dedo una y otra vez por la pantalla, observando la irrelevante opinión de los otros en Facebook.

Para la avaricia está LinkedIn; para la soberbia, YouTube, de donde salen engendros que se hacen llamar influencers, y para la envidia… basta mirar cualquiera de las redes para fijarse que no somos ni tan guapos ni tan millonarios ni tan poetas ni tan amados ni tan aventureros ni tan fit ni tan espirituales ni tan suertudos, ni se nos vienen cositas como a todos los demás.

Cuando apagamos el celular estamos solos. Cuando levantamos la mirada de la pantalla podemos vernos en un espejo. Es el algoritmo de Mefistófeles el que define quiénes somos ante los otros y nos dejamos chupar por su estómago oscuro de autocomplacencia. Quién se hubiera imaginado que Satanás iba a tener el rostro inexpresivo de Mark Zuckerberg.

Hoy estoy con la cuenta cerrada, preguntándome si tengo el valor o la entereza de cerrar también mis otras cuentas. Me justifico: “Me sirven para trabajar”. “Tengo fotos que no quiero perder”. “Cómo más voy a chatear con ella”. Pero capaz es muy tarde ya para mí. El trato está firmado y esta separación de Facebook será temporal.

Los excesos siempre me han seducido. La mesura, el equilibrio, la moderación, aquellas virtudes de espíritus más circunspectos nunca fueron de mi agrado. Decir que no traté de buscar la virtud sería mentir, pero acepté con bastante ligereza mi fracaso. Si los siete pecados me atraparon desde niño, por qué habrían de dejarme ahora que soy un rostro que se desdibuja en una versión de la inteligencia artificial.

Al menos, hay muchos videos de gatitos.

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