Patria sin dueño.
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Patria sin dueño.

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.

Edición 439 – diciembre 2018.

Firma-Huilo

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Día primero: mientras espero un bus sin tanta carne humana, dejo que mis ojos brinquen entre rótulos, transeúntes, puestos de comida con esmog. Por último, aterrizan asqueados y compasivos en el lomo de una perra vagabunda. Un esqueleto sarnoso con la lengua palpitante que en un concurso de desdicha humana y canina ganaría por unanimidad. Una especie de roma cuartomundista en fase terminal, con las tetas vacías raspando la suciedad hirviente del suelo. Guardando la reglamentaria distancia con el posible puntapié de algún vencedor o alguna pedrada de rabiosa vecina, la perra se detiene, estira su cabeza como si buscara algo en el aire: un mensaje telepático, un recuerdo, un presentimiento perruno. Con el hocico abierto y la lengua palpitando fuera, se encamina titubeante hacia el borde de la acera. La doble y ancha avenida es un torrente de autos, buses, camiones, motos, todos sin frenos. ¿Qué diablos atisba la perra al otro lado de la avenida? En cuanto a basura, este lado aparece más pródigo, incluso en la esquina hay un promontorio en el que pudiera hundir el hocico. Al frente, ni siquiera aparece un perro, por si tuviese necesidad de un desdichado polvo. Repentinamente, el tránsito se interrumpe por unos segundos y la perra, como si se lanzara al mar, los aprovecha para cruzar la avenida. Apenas le falta unos tres metros para llegar a la acera opuesta, que sigue desolada. Un taxi pirata, mejor dicho, su chofer, necesitado de cobrar a la puta existencia aunque fuera con una perra, apunta los pitones y acelera a fondo. Mis ojos solamente ven un destello a ras del suelo y un menudo relámpago tragado por el humo. En cambio, oigo en esa jungla de pitazos un estruendo seco y un gemido fugaz, casi imaginario. Vía aérea y seguramente en piezas aunque todas dentro del pellejo, la perra es casi devuelta al punto de partida. Allí, queda tirada como un mugriento animal de peluche. La sola evidencia de que sigue en este mundo son sus aullidos. Más bien un solo aullido largo, entrecortado y con vocales abiertas, como si más que la carcaza hecha pedazos le doliera el alma. Un aullido humano, como si antes de estirar la pata recordara el magma de todas sus desgracias, todo el chorro de rómulos y remos paridos y abandonados en su vida de perra callejera. Nadie la ve, pero todos deben oírla porque ese es el canto de las sirenas de los perdedores.

Una moto, que con su bramido taladra el asfalto, pasa afeitándole: la perra se despierta casi de un golpe y, gimiendo como si le apuñalaran, remolca con las dos patas delanteras, borrachas, sus patas traseras que le cuelgan como un par de rabos adicionales. Llega a la cuneta, se derrumba, y, como todo mundo, se ovilla en su propia sangre.

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30 días después: viéndola bien, se trata de una esquelética perra forrada de cuero sarnoso y ocho tetas desinfladas que van raspando el suelo. Algo de perra salchicha tiene su alargado cuerpo, su calavera algo de lobo, su legañosa mirada la desolación de los San Bernardo. Sus patas son un tanto largas como si en su enredado matorral genealógico también hubiera un afgano, y en su rabo muñido una pizca de pelo que podría ser secuela de pastor inglés. En cuanto a las orejas sin discusión son de murciélago. Perra con pretérito indefinido y ascendencia de rata. Perrasindueña. Tal cual la patria. De allí que, en adelante, ese será su nombre: Patria. Lo que es la vida: cerca de la vejez cambiará el basurero, la pedrada pública y el taxismo, por casa y comida y por un amo viejo, friolento y solitario. Bechitos, bechitos, mi Patria tricolora. Pero no en la boca, pendeja.

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