Paternidad, primeras impresiones.
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Paternidad, primeras impresiones.

Por Federico Bianchini.

Edición 452 – enero 2020.

Paternidad

Son muchas y muy distintas las cosas que pasan por la mente de un hombre cuando se convierte en padre por primera vez. Pero quizá sea en las sensaciones, y en los detalles que no esperaba de esa nueva vida que lo sorprende, donde encuentra el verdadero propósito de la que será la gran aventura de su vida.

 

Son las 20:15 de un sábado de marzo. Hace calor. Un calor nocturno y agradable. Mi hija tiene veintitrés días y en un rato, a pocas cuadras de mi casa, voy a participar en una charla. Voy a leer un fragmento de mi libro sobre la Antártida. Seguramente Malena vaya con Esmeralda y se siente en una de las sillas puestas sobre la avenida, me salude con la mano y yo las vea de lejos y me emocione mientras hablo.

Tal vez de eso se trate la felicidad.

Pero abro el armario, como si esto tuviera alguna relación con lo que va a venir, y recién entonces oigo el grito.

Lo que sigue no lo pensaré en ese momento. Lo pensaré después, cuando todo haya pasado. En ese momento no puedo pensar, solo oigo el grito. Malena me llama por mi nombre. Grita, pero usa el tono que usamos cuando las palabras no alcanzan. Un tono desesperado. Corro al comedor, le pregunto qué le pasa. Ella, los dos brazos adelante, la bebé encima de mí.

La bebé pesa menos de tres kilos y es pequeña y frágil, muy frágil, sobre todo ahora que intenta respirar y no puede. Me mira con la boca abierta como si intentara tragar. Como si no pudiera hacerlo. Los ojos enormes que en silencio parecen pedir ayuda. No sé por qué hago lo que hago pero intuyo que eso debe ser lo correcto con un bebé que se está ahogando o, al menos, es lo que se me ocurre, así que la doy vuelta y le empiezo a pegar en la espalda. Le pego suave. Malena grita. Yo también grito. No sé qué hacer. ¿Qué hacemos? Le pregunto a Esmeralda si está bien. ¿Estás bien? Ella me sigue mirando. O no me mira. No sé. No sé pero siento una especie de calor que me recorre el cuerpo. No pienso: no es momento de pensar. Le digo a Malena que llame a la pediatra. Rápido. Le meto a Esmeralda la mano en la boca. Ella me chupa el dedo. Que ella me chupe el dedo es bueno. Que se mueva es bueno. Me aferro a esas encías que se agarran de mi dedo. La pediatra le dice a Malena que le dé la teta. Que se fije si puede tragar. Las encías tibias. Pregunta si tiene la cara y el cuerpo violeta. No. Está un poco roja pero no está ni morada ni violeta. La acabamos de bañar, ¿será eso? Puede ser cualquier cosa. Mi dedo. ¿Cómo saber qué le pasa a un ser que no puede decirte lo que piensa ni lo que siente? No solo porque no habla sino porque está asfixiada con algo que no sé lo que es.

Malena agarra a la bebé, yo agarro el teléfono. Veo en su cara una especie de alivio. Entiendo que puedo tranquilizarme un poco, pero en el teléfono oigo a la pediatra que me dice que, mejor, vayamos a una guardia. Urgente. Por las dudas, pero urgente. Aún no tiene un mes de vida. No puede haber errores.

Errores.

Aún no tiene un mes de vida, agarro plata, las llaves y, así, vestido para la charla y la felicidad, la camisa a estrenar, la bebé encima, salimos a la calle. Paramos un taxi.

Subimos al taxi y le decimos al taxista que vayamos a la clínica donde nació Esmeralda. No porque esté más cerca que cualquier otro hospital, sino porque, como peces de pecera chica, nos movemos sin pensar.

El taxista saca un pañuelo blanco por la ventana y empieza a ir rápido, muy rápido. Demasiado rápido. Yo le pongo el dedo en la boca a Esmeralda y ella chupa. No deja de chupar como si supiera que, en este momento, más allá de que yo sea quien la carga, con las encías es ella la que me sostiene.

El taxista saca el pañuelo y toca la bocina y grita: “¡Correte imbécil!”. Toca la bocina y alarga la “e” de imbécil. Sus gritos me llegan lejanos, como si tuviera la cabeza dentro de un balde o me estuviera separando de la realidad. “¡No ven que vamos con un bebé accidentado!”.

Acelera y grita.

“¡Estamos muy nerviosos!”, grita.

¿Estamos?

En ese momento vuelvo a pensar.

El “estamos” me acerca a la realidad. Como cuando en el cine veo un píxel negro en medio de la pantalla y me distraigo de la historia que está siendo narrada.

¿Él también está nervioso?, pienso y me pregunto qué supondrá el taxista que habrá pasado. Se sube una pareja con un bebé, le dicen que van al hospital. Lo más rápido que se pueda, pero el semáforo de Santa Fe está en rojo y dejo de pensar.

El semáforo en rojo y tocando la bocina el taxista agita el pañuelo sin frenar. Sigue su camino mientras yo, sostenido al mundo por las encías de Esmeralda, pienso que eso no está bien, que va a venir un auto o una moto a máxima velocidad y nos va a chocar de costado, vamos a volcar y todo esto va a terminarse de golpe. Y que él, que maneja, debería estar tranquilo, aunque la verdad es que tanto no me importa: contemplo la realidad. Miro por la ventana y no aparece una moto ni ningún auto. Las personas que esperan para cruzar van quedando atrás.

Dice que tiene una hija. El taxista no hace esto por nosotros, no lo hace por la bebé ni por él, lo hace por su hija y, por eso, está muy nervioso y que Dios nos acompañe y que de ningún modo va a aceptar que le paguemos, vayamos, vayamos, que todo salga bien.

Lo dejamos en la puerta. Esmeralda, ahora, me mira. Me mira con una expresión tranquila. Como de intriga. De qué está pasando acá. O quizá sea que yo estoy más tranquilo porque entramos en la clínica y la responsabilidad por lo que le pueda pasar a la bebé ya no es solamente mía, nuestra, sino también (en cierto modo) de todos los están en este lugar.

En la guardia nos llevan a una sala con otras personas que tampoco están bien. Nos llevan de inmediato. No nos hacen esperar, signo de que la cosa es grave. Un enfermero gordo nos pregunta qué pasó, si respira. Le pone en el dedo del pie un aparatito para medirle el porcentaje de oxígeno en la sangre. El aparatito tiene números rojos y a veces dice 80 % y a veces dice 60 %, y cada vez que el número desciende siento una sensación que no podría describir.

En el box de al lado, un adolescente grita que se tomó entera una botella de vodka y alguien, supongo que su padre, lo presiona para que se calle y haga pis de una vez por todas.

Llega una médica con cara de guardia de sábado a la noche, nos pregunta lo que pasó, nos dice que le van a hacer unos estudios y que, para saber qué hacer, primero hay que entender la situación.

Entender la situación.

Seis horas después, el enfermero gordo del principio nos avisa que nos van a trasladar a otro hospital y me pregunta si queremos que vaya una incubadora en la ambulancia. Dice que es más seguro y le decimos que sí. Salimos de la clínica. En otras circunstancias, por el cielo sin nubes, las estrellas y la brisa tibia que atempera la madrugada, diría que es una linda noche. Yo subo adelante, con el enfermero que maneja. Malena va atrás, con Esmeralda y otro enfermero.

El tipo prende la sirena y empezamos a andar. Aunque en la calle casi no hay autos, conduce despacio.

Tal vez es porque no estamos en una urgencia, pienso.

La ambulancia se siente un vehículo muy pesado avanzando en el silencio.

Pienso, quizá porque con un paciente arriba no puede darse el lujo de chocar.

Le pregunto cuál es el diagnóstico. Todavía no sabemos qué es lo que le pasa a Esmeralda, pero me dice que no hay diagnóstico sino un cuadro. Le pregunto cuál es el cuadro y me dice “un ALTE”. No sé de qué habla. Le pregunto qué es eso. Agarrando fuerte el volante, con la mirada al frente, hacia la profundidad de la calle vacía y oscura, dice “riesgo de vida”.

No pregunto más. Me quedo callado, la vista también al frente, sin poder aferrarme a nada.

***

Es sábado a la tarde. Pasaron más de once meses de esa noche en el hospital, pero hace un calor parecido. Estamos en una pileta: Malena sostiene a Esmeralda que chapotea contenta. A unos metros, tres chicas adolescentes juegan con una pelota. Una le dice a la otra: “Cuando tenga a mi hijo, no voy a dejar que”. Por el viento, los gritos o los sonidos del agua no llego a escuchar el final de la frase, pero descubro que nunca en mi vida había pensado en ser padre. Nunca jugué con un bebé de plástico: no sé si porque no me interesaba o no se me ocurría. Tampoco nadie me ayudó a pensarlo.

La potencialidad de la paternidad.

En los días que siguen hablo con mis amigos. Todos me responden lo mismo. De chico, ninguno tuvo un mínimo contacto con la idea. Una referencia, un juego, nada que lo pudiera haber ido acercando de a poco a la experiencia de ser padre.

Un punto ciego como esos espacios detrás del taxi o la ambulancia que no aparecen en los espejos y que al avanzar ignoramos, como ignoramos la posibilidad aterradora de que pase algo, cualquier cosa, que de un momento a otro cambie nuestras vidas para siempre.

 II

Un amigo que dentro de poco será padre me preguntó sobre la paternidad. Lo dijo en broma, de manera coloquial: “¿Y qué onda todo esto de la paternidad?”. Creo que no esperaba una respuesta. Le dije que todo bien, le conté alguna anécdota y seguimos hablando de otra cosa, pero volví a pensar en la pregunta, en lo escaso que es el lenguaje a veces, en lo intransferible de la experiencia.

Como consecuencia del oficio, es algo en lo que pienso bastante: qué cosas podemos decir (escribir) y cuál es la mejor manera de decirlas para que un otro (lector) entienda exactamente eso que nosotros queremos expresar, o qué cosas no podemos decir (escribir) aunque lo intentemos con disciplina: zonas emocionales vedadas a la palabra. Pienso en la sensación de tirarse en un paracaídas. En esos treinta segundos cayendo a doscientos kilómetros por hora en los que uno abre la boca y grita y, sin decidirlo, deja de pensar. En las veinticinco palabras de la oración anterior y en lo lejos que están de la sensación de miedo, éxtasis y furor que sentí mientras caía sin que nada me detuviera.

Pienso en la distancia entre la sensación de mirar un paisaje patagónico y la sensación al mirar una foto de ese paisaje. Pienso en la distancia entre cualquier paisaje y la foto de ese mismo paisaje. Distancias que no pueden recorrerse. Pienso en mi hija de un año y medio y su cara de frustración cuando señala algo y dice “eso” y yo agarro otra cosa. En su felicidad, cuando acierto. En el pequeño aplauso que confirma mi acierto. La distancia entre lo que quiere expresar y lo que puede decir.

“¿Y qué onda todo esto de la paternidad?”. La distancia entre lo que quiero expresar y lo que puedo decir.

Explicarle la sensación de ser padre a alguien que no tiene hijos sería como explicarle el gusto de la mandarina a alguien que nunca probó una. O, quizá mejor, como explicar un sabor picante. No sabría cómo definirlo pero, se me ocurre, tal vez podría acercarme a la idea hablando de los efectos que produce en la boca.

El día que mi hija cumplió un año, después del festejo, luego de que todos se fueran y la casa quedara en silencio, tomé conciencia de que me voy a morir. Quiero decir: quizá haya sido la primera vez que, sin angustiarme, pude pensar en que me voy a morir. Entendí, de algún modo, que todo esto se trata de una continuidad. Nos continuamos. La metáfora de la vida como un tren. Subimos, recorremos cierto trecho y, luego, nos bajamos para dejar que puedan seguir otros: solo queda aceptarlo. Ya lo había escuchado y hasta puede parecer tonto, un poco obvio, pero esa noche lo entendí. Cuesta pensarlo.

La distancia entre lo que quiero expresar y lo que puedo escribir.

***

Abro los ojos. La casa está oscura. Siento frío. Tirito. Oigo el canto de un benteveo por sobre los ruidos de la noche. Me levanto. Antes de hacer cualquier otra cosa: me fijo si está tapada.

Ser padre es correrse a un costado de uno mismo.

***

Hace un tiempo, cuando todavía no imaginaba la posibilidad de tener una hija, fui a la casa de Pablo Puel: escritor y pedicuro. La gente a veces se sorprende de su doble condición, pero esto no habla de Pablo sino de la gente que asocia la escritura a las clases altas, ociosas, alcurniadas. Pablo no tiene la culpa. Tomábamos una cerveza. Hablábamos de la potencia de ciertos relatos, de los elementos que intervienen para que no podamos olvidar las características de un determinado personaje. Recordé la escena en la que, en un cementerio, Hamlet ve una calavera y pregunta de quién era esa calavera. El enterrador le responde: del antiguo bufón del rey, Yorick.

“¿Esta?”.

“Esa misma”.

Hamlet entonces se agacha y agarra la calavera. Trata de recorrer la distancia entre ese hueso y el hombre gracioso, creativo y burlón que lo tenía dentro: distancias que no pueden recorrerse. Con el cráneo en la mano, recuerda cómo el bufón del rey lo llevaba sobre sus hombros cuando él era un chico. Piensa en la carne y los músculos que recubrían esa calavera. Se acuerda de las veces que besó la piel sobre esa carne. Apenas siente el olor a podrido, deja de recordar y apoya la calavera en el piso. Me acuerdo de la inquietud (por no decir el horror) que me provocó esa escena al leerla por primera vez. Cerré el libro para recuperarme, para ponerme a pensar.

Seguimos hablando: es curiosa la manera en la que actúa la memoria. Hay fragmentos perdidos de ese diálogo. Sé que mencionamos otros autores, relatos, personajes: no podría nombrarlos. La charla fluía. Pablo hablaba de sus hijos. De uno de los dos. O de ambos, no recuerdo y tampoco importa, hasta que en un momento hizo un silencio, miró el vaso casi vacío y dijo: “Para qué se tienen hijos si no es para enfrentar el miedo que le tenemos a la muerte”. Y agregó un “no” interrogativo, que de algún modo suavizaba la sentencia. Me miró. Lo miré y levanté los hombros. No tenía, no tengo, una respuesta a esa pregunta. Pensé, pienso, que tal vez sea. Tal vez todo lo que hacemos sea para enfrentar el miedo que le tenemos a la muerte. Pero me inclino también por alguna opción menos neurótica. No lo tengo tan claro.

La mandarina y el picante. La lengua empieza a arder después del primer contacto con el picante y, luego, una sensación que se extiende por toda la boca, llega al paladar y en ocasiones sube y uno siente cómo la piel de la cara se va calentando de a poco.

Pienso en la noche del día en que Esmeralda nació. En el cuarto de la clínica. Malena estaba acostada, muy dolorida por la cesárea. El médico le había dicho que no podía hablar y ella no hablaba. Al principio escribía en un cuadernito aunque después se aburrió y trataba de comunicarse con gestos. Luego de que las enfermeras se fueran, cuando nos quedamos los tres solos, me hizo una seña con la mano. Me acerqué y me senté en la cama. Nos abrazamos durante un rato largo en silencio, sintiendo la felicidad del otro, hasta que ella agarró un vaso de agua de la mesita de luz. Tomó un trago breve y, luego de sonreír, con voz ronca y muy suave, dijo: “¿Te das cuenta? Ahora, nuestra vida tiene un sentido”.

Me sorprendió lo profundo del susurro. Por la emoción que tenía encima no podía pensar demasiado, pero estuve de acuerdo. Dije que sí. Y volví a abrazarla fuerte.

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