Los caballeros del punto fijo: el paso de los geodésicos por el Ecuador
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Los caballeros del punto fijo: el paso de los geodésicos por el Ecuador

En mayo de 1735 los académicos franceses con su equipo de apoyo partían desde Francia rumbo al Ecuador, un destino al que no llegarían sino diez meses más tarde. La expedición fue la primera con la que España abrió las puertas de América al mundo y a la curiosidad científica.

La Ciudad Mitad del Mundo es el lugar más visitado de Ecuador, es el monumento que celebra la ubicación equinoccial de nuestro país. Fotografías: Shutterstock, Geografíainfinita.com y Wikipedia.org.

De entre las cosas que hay que destacar, una de ellas es cómo sus labores científicas tuvieron el efecto de dar visibilidad a Quito en el mundo de las academias. Gracias a esto fue cómo la Audiencia salió del anonimato propio de unas periferias dejadas de la mano de Dios, llegando a ser un centro privilegiado de la mirada de los científicos. De hecho, la ciudad llegó incluso a tener su propio meridiano, un privilegio que solo pocas urbes ostentaban. Los académicos llevaron una ingente cantidad de información que circuló por las academias. Uno de los grandes logros fue que sus cálculos geodésicos sirvieron para que el metro empezara a ser usado como patrón universal de medida. Como se sabe, en plena Revolución francesa, el Directorio, proclamó su equivalencia a 1/10 000 000 de la distancia del polo al ecuador.

Ciencia ilustrada

A los académicos hay que verlos como genuinos representantes de la ciencia europea de la época. En calidad de tales se empeñaron en incrementar al máximo el conocimiento del mundo. Querían abarcarlo, clasificarlo, ordenarlo y volverlo inteligible. Su proeza estaba animada por la urgencia de formar un saber integral y coherente del mundo, de manera que pudiera ser contemplado a partir de una sola mirada. Afrontaron el gran desafío de medir la desmesura del mundo y de comprender lo que a primera vista parecía incomprensible. Su curiosidad les instaba a emprender el descubrimiento de esas tierras ignotas situadas casi en las antípodas. Como otros coetáneos suyos, se impusieron el reto de desgarrar la placenta protectora que los había mantenido confinados en su zona de confort y ajenos a esa exterioridad que los rodeaba. Podemos decir que sus aventuras formaron parte de la Edad de Oro de las exploraciones y de los descubrimientos modernos.

Para el hombre europeo de la época, lo ilimitado se había vuelto un objeto altamente codiciado y para conseguirlo no escatimaron en riesgos. De ahí que La Condamine hubiera emprendido el viaje de retorno, usando no una vía cualquiera, sino la del Amazonas. Ellos respondían a esa urgencia de desplegar el mapa del mundo, de acopiar conocimientos y de proceder al descubrimiento de todas esas verdades que por falta de interés y de ojos expertos yacían ignoradas. De este modo fue cómo ciencia y viaje pasaron a ser términos íntimamente relacionados. Las exploraciones fueron las que permitieron que el conocimiento se multiplicara exponencialmente. Si antes de que este tipo de empresas se generalizara, apenas si se habían identificado pocas plantas, minerales o animales, los exploradores desvelaron la inmensa e inabarcable diversidad del planeta. La expedición no solo se limitó a medir y a establecer el grado de meridiano, sino también a herborizar, cartografiar y, en definitiva, visibilizar el país. Los geodésicos contribuyeron decididamente a promover nuevas formas de pensar y de fijarse en ese fascinante y nuevo objeto de interés que era la naturaleza. Su presencia ayudó a resquebrajar esa sólida cultura barroca y creó las condiciones para reflexionar en términos más terrenales que celestiales.

Un aspecto que hay que resaltar de la visita de estos sabios es la experiencia con “el otro”, esto es con la diferencia. El salir de la burbuja de Europa y llegar a un mundo desconocido y ajeno a su cultura y a su medio suponía un choque psicológico de alta tensión. América era un gran cúmulo de extrañezas: las selvas tropicales o las altas cumbres andinas ofrecían espectáculos turbadores para el alma. No se diga si el encuentro se producía con esos pueblos “salvajes” que se situaban en las antípodas de sus registros culturales. Los naturalistas albergaban el firme propósito de deshechizar esos otros mundos y reinterpretarlos con sus parámetros culturales. Para la ciencia el viaje de exploración tenía resonancias religiosas. Siguiendo la estela de los viejos misioneros del siglo XVI, una planta clasificada y nombrada era tanto como bautizarla y conferirle un lugar en el “reino” de la ciencia moderna. Pero este encuentro con la diferencia no solo era en una dirección, sino que también operaba a la inversa. Si bien los geodésicos llegaron a Quito a ver, lo cierto es que también fueron vistos con curiosidad por una población poco acostumbrada a tratar con esos hombres extravagantes, venidos de ultramar. Los americanos vieron en ellos comportamientos raros que a sus ojos les parecían estrambóticos. Hay que ponerse en el papel de la gente de la época ante el espectáculo que ofrecían esos instrumentos extraños y ante esas cosas que hacían, a las cuales no les encontraban el más mínimo sentido. ¡Medían la velocidad del sonido, calculaban la inclinación de la eclíptica, miraban embobados el ir y venir del péndulo, etc.!

Los geodésicos no encontraron en Quito un desierto cultural. La ciudad, lejos de ser un erial, contaba con un plantel de hombres cultos que habían procurado ponerse al día. Los centros universitarios estaban dando pasos agigantados a efectos de dar de baja una ciencia dogmática que todavía tenía como referente al omnipotente Aristóteles. En sus aulas ya se defendía el sistema heliocéntrico de Copérnico y se explicaban autores modernos que contradecían las opiniones de los antiguos. Los franceses encontraron en los jesuitas unos partners con los cuales pudieron entenderse y hablar el mismo lenguaje científico. Quito también contaba con la Academia Pichinchense, una corporación que congregaba a las élites cultas más abiertas a las novedades del siglo; a los open mind de la época, en definitiva. Los geodésicos coincidieron con los Maldonado, una familia ilustrada que estaba perfectamente al tanto en matemáticas y otras disciplinas. De hecho, Pedro Vicente participó de alguna manera de la empresa de los franceses. Con ellos aprendió geodesia y cartografía, fruto de lo cual fue la elaboración de la famosa Carta de la provincia de Quito, un mapa que siguió utilizándose hasta bien entrado el siglo XIX. Aquí también hay que destacar el encuentro con la familia Dávalos de Riobamba. Con gran sorpresa, La Condamine se topó en la hacienda Edén con un auténtico oasis cultural: libros modernos en varios idiomas, tres hijas que traducían a la perfección obras escritas en francés y que, además de eso, cultivaban la música y la pintura. Estas habilidades las habían aprendido solas y sin tener maestro alguno. Desde luego, esto no quita que en la Audiencia hubiera una ignorancia generalizada y poca sensibilidad hacia el conocimiento. Para muestra de la pobreza cultural, baste recordar cómo Caldas rescató en Cuenca una inscripción que los geodésicos habían mandado a esculpir en mármol y que, con el tiempo, había terminado usándose como piedra de lavar.

Observaciones astronómicas y físicas hechas en los reinos del Perú, Jorge Juan y Antonio de Ulloa (1713-1773). Se deduce la figura y magnitud de la Tierra y se aplica a la navegación.

Calamidades, desdichas y amoríos

La vida de los geodésicos en tierras quiteñas fue muy conflictiva y estuvo llena de pesadumbres. La Condamine ya empezó mal la misión cuando se ganó la animadversión del quisquilloso presidente, por no haber tenido la cortesía de ir a saludarlo. Más tarde la compañía se vio involucrada como presunta autora de un delito de contrabando de ropas y otros objetos. Sobre ella, incluso, recayó la sospecha, muy verosímil, de ser espías al servicio del rey de Francia. Los problemas económicos fueron un constante quebradero de cabeza que entorpeció sus labores. Por si fuera poco, en ciertas poblaciones su presencia provocó malestar. Tal como relata un viajero de la época, hubo sitios donde las mujeres los apedrearon inmisericordemente. La relación con los indios tampoco estuvo exenta de conflictos. En todo momento tuvieron que hacer frente a sus manías, sus miedos y supersticiones. Estos desmontaban las señales que con esfuerzos inauditos se habían colocado en las montañas. Resulta curioso comprobar cómo actitudes parecidas siguieron perviviendo 150 años más tarde con la segunda misión geodésica del año 1901. La instalación en el Chimborazo de la primera señal, que debía ser la base para las mediciones geodésicas, alborotó a los indígenas de la zona. Para resolver el entuerto y apaciguar los ánimos no tuvieron más opción que llamar al obispo de Riobamba para que diera el visto bueno y bendijera el monolito.

La estancia de los caballeritos franceses también estuvo marcada por los infaltables líos de faldas. Senierges murió asesinado en Cuenca, a consecuencia de sus devaneos amorosos con Manuela Quesada, una mujer prometida con un hombre poderoso e influyente. En la misma ciudad la testosterona de los sabios continuó causando estragos. Fruto de los furores eróticos de La Condamine fueron dos hijas que tuvo con una mujer algo casquivana y de mala reputación. Sus retoños, según el chisme que consigna Humboldt, habían seguido los pasos de la madre. La sangre del geodésico circula hoy profusamente en el austro ecuatoriano. Siglo y medio más tarde y, a raíz de la segunda misión geodésica, los franceses siguieron incontenibles en sus empresas de conquista. Paul Rivet, el famoso gurú de la etnología y fundador del Museo del Hombre de París, enamoró a Mercedes Andrade Chiriboga, una mujer casada, a la cual llevó a vivir a Francia. La cultura y la inteligencia, desde siempre, han sido buenos recursos para seducir y excitar las pasiones amorosas en incautos de ambos sexos. Las aventuras y peripecias de los geodésicos no estarían completas si no hiciéramos referencia a la romántica aventura que protagonizaron Isabel Grameson con Jean Godin. Tal fue el amor que la quiteña profesó por el académico que, cuando este último partió a Europa vía el Amazonas, ella no dudó en seguirlo. Para ello contó con sus hermanos y con un séquito de sirvientes que ya jamás volvieron a Quito. La historia tuvo un final feliz: al cabo de veinte largos años, la pareja se reencontró en la remota Guayana y terminaron viviendo en Francia.

Conflictos y desgracias

Las relaciones entre los académicos no fueron del todo buenas y más bien los conflictos y las disputas estuvieron a la orden del día. Godin, el jefe de la expedición, fue la oveja negra. Acusado por sus colegas de malversar los fondos de la empresa fue depuesto de su cargo. Tal fue el rechazo que generó que varios de sus compañeros apenas si le dirigían la palabra. Llegó un momento en el que, incluso, se negaron a compartir la información con él. El ruido de este conflicto llegó hasta París, una circunstancia que determinó que Godin fuera expulsado de la Academia de Ciencias. Pobre, aislado y humillado, no tuvo más remedio que emplearse como profesor de matemáticas en la Universidad de Lima. Incluso entre La Condamine y Bouger hubo tensiones, pero no fueron a mayores. Los académicos españoles, por su parte, también se mostraron contrariados hacia los franceses debido a que se sentían ninguneados y tenidos como segundones.

Aparte de esto, la expedición tuvo un importante costo humano. Casi todos sufrieron los estragos del clima, de los insectos y de las agotadoras jornadas de trabajo en medios manifiestamente hostiles. El joven Couplet fue el primero en sucumbir, víctima de fiebres palúdicas. A este le siguió Senierges y luego el relojero Hugot. Este último pasó a mejor vida por la caída sufrida cuando arreglaba el reloj del campanario de la iglesia de Sicalpa. Morainville, al parecer, se extravió en la selva y nunca más se volvió a saber de él. El propio La Condamine regresó medio sordo y con fuertes dolores reumáticos que lo acompañaron hasta su muerte. Finalmente, el botánico Jussieu estuvo aquejado de melancolía, una dolencia que terminó causándole un severo cuadro de locura. Probablemente, hay que atribuir la causa de sus males a la pena que sintió por la pérdida de su herbario y de sus escritos, fruto de años de trabajo en América.

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