Los panteones de Quito en el siglo XIX

EDICIÓN 486

La historia de los cementerios de Quito es la historia de sus habitantes y sus costumbres. Un relato de los primeros panteones de Quito, cuyo origen se remonta a 1535.

Panteón de El Tejar, acuarela anónima, mediados del siglo XIX.
Panteón de El Tejar, acuarela anónima, mediados del siglo XIX. Fotografías: Cortesía Alfonso Ortiz Crespo

A menudo, al ingresar un individuo a una sociedad, se realiza una ceremonia de iniciación, a veces ligada a un proceso de purificación. En algunas religiones esta purificación se encuentra asociada al agua. Así Jesús, antes de iniciar su vida pública, se acercó a orillas del río Jordán y pidió a su primo Juan que lo bautizara.

Los cristianos para pertenecer a la Iglesia reciben el agua purificadora, sea en la cabeza o por inmersión. Para los católicos la ceremonia debe realizar el cura en el templo parroquial, el cual dispone de un espacio llamado bautisterio, ubicado generalmente al ingreso, donde sobre la pila bautismal se derrama el agua bendita sobre la cabeza del recién nacido. Salvo excepcionales circunstancias —si el niño está en peligro de muerte o no hubiera un sacerdote cerca en mucho tiempo— se ejerce el sacramento con un “bautismo de socorro”.

El primer sacramento de la Iglesia introducía al cristiano al misterio de la muerte y resurrección de Cristo, con la promesa de la vida eterna. Al morir, igualmente, se lleva el cuerpo a un lugar sagrado, el cementerio, donde esperará la resurrección de los muertos y la promesa de la vida eterna. Por esto, las leyes canónicas establecían que los cementerios estuvieran ligados a los templos parroquiales o conventuales.

El primer cementerio debió ubicarse en la primera iglesia levantada en Quito, a partir de 1535, cuando el cabildo entregó el terreno del lado sur de la Plaza Mayor al cura de la villa, Juan Rodríguez. Allí debieron enterrarse los primeros quiteños o en la vertiente norte de la barranca que se abría tras ella.

En la revuelta de los encomenderos contra el rey, el primer virrey del Perú, Blasco Núñez Vela, fue depuesto y enviado prisionero a España. Logró escapar y organizó un ejército con vecinos de Quito y Popayán, enfrentándose a Gonzalo Pizarro y sus hombres en la llanura de Iñaquito el 18 de enero de 1546 —día de Santa Prisca—, siendo derrotado y muerto. En el sitio de su degüello se enterraron muchas víctimas de la batalla, erigiéndose un humilladero, y la cabeza del virrey fue exhibida en una picota en la Plaza Mayor.

Piadosos vecinos solicitaron la venia del vencedor y reintegraron la cabeza al cuerpo, el cual recibió cristiana sepultura en la iglesia de la plaza, realizándose solemnes exequias presididas por Pizarro, quien sin ambages hizo colocar un cojín para hincarse sobre la tumba del difunto.

Vencido Gonzalo en Jaquijaguana y restablecida la lealtad al rey, se instituyó el 18 de enero de cada año la celebración de un oficio fúnebre solemne, en el mismo sitio de la muerte del virrey, en sufragio de quienes habían perecido defendiendo la autoridad real, a la que debían concurrir la Audiencia y los cabildos eclesiástico y civil.

Panteones para cada clase social

Al llegar los jesuitas a Quito la autoridad eclesiástica les entregó el 31 de julio de 1586 la parroquia de Santa Bárbara y, en compensación, la Audiencia adjudicó Santa Prisca para que se erigiera y construyera una nueva parroquia. La iglesia perduró, mal que bien, hasta que desapareció con el terremoto de Ibarra de 1868. Luciano Andrade Marín dice que, al iniciarse hacia 1953, la construcción del edificio de la Superintendencia de Bancos, frente al parque de La Alameda, se encontraron centenares de osamentas humanas.

Otro lugar de entierro se dispuso tras el hospital de la Santa Caridad y Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo, establecido en 1565, más tarde llamado de San Juan de Dios, en la pendiente norte de la quebrada de Jerusalén. El sitio se conoció hasta inicios del siglo XX como el Camposanto, espacio de inhumación de muchos de los que morían en el hospital.

A más de estos sitios, se disponía de lugares de enterramiento en las iglesias conventuales, como testimonian las lápidas empotradas en los muros del claustro principal de San Francisco. Estas losas sellaban las entradas a las bóvedas de enterramiento de ricas familias quiteñas. La gente común se enterraba en los cementerios parroquiales.

Luego de la Catedral, levantada a partir de 1562 en el solar de la primera iglesia en la Plaza Mayor, se crearon las parroquias indígenas de San Sebastián y San Blas, en los extramuros y sus cementerios debieron usarse exclusivamente para su feligresía. Poco después se erigieron las parroquias de San Roque, San Marcos, Santa Bárbara y Santa Prisca, donde se enterrarían sus parroquianos.

Cementerios fuera de la ciudad

El cementerio de San Diego con El Panecillo despoblado y desnudo como fondo, 1902.
El cementerio de San Diego con El Panecillo despoblado y desnudo como fondo, 1902.

Para 1786 una cédula real recomendaba la construcción de panteones fuera de las ciudades; confirmada en 1789 y ratificada en 1804, aducía razones de higiene. Este mismo pensamiento lo desarrolló en 1785 el doctor Eugenio Espejo cuando redactó sus célebres Reflexiones sobre las viruelas.

El gran tema que le preocupa es la condición sanitaria de la ciudad: la disposición de las basuras y la deposición de los cadáveres en los templos y cementerios intraurbanos:

“La medicina de tan grave, pernicioso y universal daño, está en que se hagan los entierros de los fieles difuntos fuera de la ciudad, y no dentro de los lugares sagrados de ella. Allá en la parte posterior de todo el recinto de la que se llama Alameda, hay una caída plana que forma ya el principio del Ejido, y está muy a propósito para que se forme en ella un cementerio común donde se debería enterrar todo género de gentes”.

Las autoridades locales no siguieron las recomendaciones del ilustre galeno ni acataron las ordenanzas reales. La propuesta de Espejo se retomará ocho décadas después, al construirse ahí el cementerio de los protestantes, tema del que nos ocuparemos próximamente. Fueron más bien dos órdenes religiosas las que en 1828 abrieron panteones públicos, primero los mercedarios en su recoleta de El Tejar y luego los franciscanos en la de San Diego.

¿Cómo enterraban los quiteños a sus muertos?

Las costumbres de enterramiento de los quiteños nos las refiere el naturalista norteamericano James Orton, quien visitó Quito en 1867:

“Los quiteños entierran en la oscuridad de la noche, con antorchas que arden tenuemente. Las canciones fúnebres que entonan, mientras la procesión serpentea por las calles, son extremadamente quejumbrosas, y constituyen la muestra más conmovedora de la música ecuatoriana. El cadáver, especialmente de un niño, a menudo se lleva sentado en una silla.

La clase adinerada encierra a sus muertos en nichos en el lado del Pichincha, hipotéticamente hasta la resurrección, pero realmente durante dos años, cuando, a menos que se haga un pago adicional, los huesos son arrojados a un pozo común y el ataúd quemado. Para evitar esto, unos pocos se pueden permitir embalsamar al difunto. ¡Uno de los ciudadanos más distinguidos de Quito mantiene a su padre momificado en su hacienda, y anualmente lo viste con un traje nuevo!”

¿Debemos tomar como cierta esta última afirmación? Recordemos que entonces el cristianismo se oponía a las prácticas destinadas a la conservación del cuerpo humano, pues este merecía consideración como reservorio del alma. Por otro lado, ¿cómo podían conseguirse en Quito sustancias químicas específicas para esta operación? La formolización de cadáveres no se practicará hasta mucho después, ya que esta técnica se desarrolló en Europa en el último tercio del siglo XIX. Si fuera cierta esta historia, sería interesante indagar cómo lo hicieron.

La velación se hacía en uno o más días, luego, se llevaba el cuerpo amortajado en una parihuela cubierto de una manta mortuoria al templo para la misa de réquiem y en la noche se trasladaban al sitio de inhumación, depositando el cadáver en un ataúd.

La recoleta franciscana de San Diego al pie del Pichincha. Sobre ella se aprecian los pabellones con nichos del cementerio, poco antes de su derrocamiento a finales del año 1867. Foto de autor no identificado.

En 1866 los franciscanos resolvieron suprimir el panteón de la recolección de San Diego. Los motivos aducidos fueron que los enterramientos generalmente iban acompañados de borracheras y escándalos que interferían con la formación de los estudiantes, y la renuncia voluntaria a los beneficios económicos que producía el panteón, con el objeto de llevar una vida más acorde con el espíritu de la orden.

La autoridad eclesiástica autorizó la clausura el 12 de mayo de 1866, pero la medida contrarió al Gobierno, iniciándose una pugna encarnizada entre los religiosos y el Poder Ejecutivo, involucrándose dignatarios eclesiásticos, el Legislativo y las autoridades municipales. El pleito llevó a que la policía violentara las puertas del cerrado panteón y amenazara al guardián con el extrañamiento en caso de seguir oponiéndose a la exhumación de cadáveres.

El litigio terminó cuando el guardián, el P. Camps, dirigió una explicación documentada del problema a la Cámara de Diputados el 14 de septiembre de 1867. De ahí se procedió al derrocamiento del panteón y las osamentas fueron depositadas en osarios construidos expresamente en el templo.

Pero este panteón de San Diego no debe confundirse con el cementerio de la Hermandad de Beneficencia Funeraria, creada por el dominico Fr. Mariano Rodríguez en 1851, desvinculada en 1888 de la orden y convertida en 1907 en Sociedad Funeraria Nacional. En 1868 la hermandad compró una quinta colindante por el sur con la recoleta franciscana, abriéndose al servicio en 1872 como cementerio público y adoptando el nombre de San Diego por la vecindad con la recoleta franciscana.

En 1901 una cartilla sobre “lugar natal” preguntaba:
—¿Cuántos panteones hay en Quito?
—Seis: de San Diego, del Tejar de la Merced, de San Sebastián, de San Blas, de San Marcos y de los protestantes.

Así, a inicios del siglo XX, aún se mantenían tres cementerios parroquiales, los cuales desaparecerían poco después; el de San Sebastián en parte ocupado con nuevas construcciones y los otros, convertidos en parques.

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