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Ni “palacio” ni “de Najas” la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores

por Gonzalo Ortiz Crespo

Palacio de Najas
Fotografías: Juan Reyes.

Hay quienes llaman Palacio de Najas a la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. Pero ese es un nombre inapropiado y no debe usarse. Si se quiere usar el apelativo de palacio debería decirse Palacio de la Cancillería y, si no, Casa o Casona de la Cancillería.

La sede del Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana del Ecuador es un conjunto de dos edificios emblemáticos de la arquitectura del siglo XX: uno, estilo francés, de los años treinta y otro, moderno, del inicio de los sesenta. Representan dos épocas de la arquitectura, dos concepciones del espacio y, a pesar de ser tan diferentes, forman un conjunto funcional que se destaca como una buena muestra de la fusión de estilos y de la reutilización de ambientes, característica de la ciudad de Quito, Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Ambos edificios tienen como autores a connotados arquitectos, que han dejado su impronta en la historia edilicia de la capital, Francisco Durini en los treinta y Milton Barragán en las décadas finales del siglo XX. Son construcciones que han estado al servicio del Estado y del pueblo ecuatoriano: la totalidad de los 62 años de vida del edificio moderno y 87 años de la vida del edificio antiguo, pues este fue residencia privada por muy pocos años.

El edificio antiguo

Cuenta Alfonso Ortiz en su Guía arquitectónica de Quito que “A inicios de la déca da de 1930 el señor José Najas, comerciante libanés establecido en Quito en las primeras décadas del siglo XX, compró la casa que pertenecía al señor Gustavo Freile situada en la zona de expansión del Quito de esa época. El señor Najas, casado con la francesa Susanne Deladéle, encargó la ampliación y remodelación del inmueble al arquitecto Francisco Durini. En estos años la casa tomó el nombre de palacio Najas o villa Susana, en honor a sus dueños, quienes la habitaron hasta 1935”.

Nótese, pues, los pocos años, cinco, que la pareja Najas-Deladéle vivió en esta casa. Según relata la propia Guía arquitectónica: “Entre los años 1936 y 1937 se transformó en casa presidencial en el Gobierno del ingeniero Federico Páez y desde 1940 se convirtió en la sede principal del Ministerio de Relaciones Exteriores”. Es decir que ya ha sido sede del ministerio por más de ochenta años.

Ortiz describe que Durini planteó el proyecto de remodelación y ampliación de la antigua casa Freile “como casa de departamentos: en el piso superior residía el señor José Najas y su esposa, mientras que en el piso inferior residía su hermano junto con su familia”. Los dos ingresos de esta casa, el de la avenida 10 de Agosto y el lateral desde la calle Carrión, “conducían a un vestíbulo central a doble altura, donde se ubicaba una gran escalera imperial.

Desde este vestíbulo central se accedía a los dos departamentos de distribución funcional semejante: los salones principales y comedor hacia el jardín posterior, y la zona de dormitorios y salas íntimas hacia la avenida 10 de Agosto (…). La casa, construida en su totalidad en ladrillo, se destaca por su cubierta tipo mansarda francesa con estructura de madera y cubierta metálica”.

También apunta que esta casa, cuya tipología corresponde “a la de villas o palacetes que se levantaban al norte del casco urbano en las décadas de 1920 y 1930”, tiene “un estilo neoclásico frecuentemente usado por Durini, con elementos típicos de la arquitectura francesa”, y que “fue uno de los más importantes y fastuosos de la época (…). El jardín posterior, rico en diseños, incluía una pequeña piscina, una pileta y esculturas de bronce de excelente factura”.

“Posteriormente, al ser ocupado por el Ministerio de Relaciones Exteriores”, dice la Guía, “el palacio mantuvo su carácter distinguido y señorial. En especial en los grandes salones que han servido más de medio siglo para importantes reuniones y recepciones del círculo diplomático y cultural”. Añade que “en el interior se testifica una gran riqueza en el uso de materiales de acabados: mármol en pisos y escaleras, hierro forjado en antepechos y pasamanos, madera tallada en puertas, ventanas, zócalos, cenefas y artesonados, molduras de yeso pintadas, etc.”.

Detalle del interior del Palacio de la Cancillería.

Sería un error creer que esa riqueza de acabados corresponde a los cinco años en que vivió el señor Najas. En el Archivo Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores se conserva el testimonio de cómo el Estado ecuatoriano, a través de sucesivas compras y contratos, dio a la sede de la Cancillería la majestuosidad que ahora tiene. Por ejemplo, en febrero de 1948, con poder dado por el canciller José Vicente Trujillo, el encargado de negocios del Ecuador en París, Gonzalo Vela Barona, firmó un contrato con la famosa casa Baccarat en París para la adquisición de ocho lámparas tipo arañas, catorce apliques y ocho candelabros, de distintos tamaños y número de luces, más los respectivos bombillos y cadenas.

Más tarde, el canciller Antonio Parra Velasco autorizó la firma en Quito de un contrato adicional con un representante de la misma casa para adquirir tres arañas, cuatro apliques y una linterna más. Aquellos contratos con el embalaje, el transporte y los seguros superaron el monto de los 35500 dólares (equivalente a 382000 dólares de 2020).

Otro ejemplo es el contrato de agosto de 1947 con el escultor Luigi Milani de Carrara, Italia, para la provisión de los escalones de mármol “lustrado a espejo” para la escalera central, con sus laterales. Dicha escalera era hasta entonces de madera y fue reemplazada con este material, que era (es) de mármol verde Issorie. Al mismo escultor se adquirieron piezas sanitarias, pisos y zócalos para los baños de hombre y de mujeres en mármol de Carrara, el cual, como se sabe, es blanco. Y más tarde se compró la chimenea del que hoy conocemos como Salón de los Libertadores: la famosa chimenea de Hércules, réplica de una del Palacio de Versalles.

Un tercer ejemplo, y último (para no detallar en demasía), son los contratos con Neptalí Martínez, insigne ebanista de Quito, para que confeccione el zócalo en madera del que entonces se llamaba Salón comedor (actual Salón de los Próceres) o para que fabrique juegos de muebles Luis XV. En los contratos se especifica que el ministerio le proveerá el tapiz para sillas, sofás y butacas, importado de Europa, igual que las cortinas, que duraron más de sesenta años.

Por cierto, la propiedad original adquirida por el Estado al señor Najas no se extendía hasta la calle Páez. Ya en 1948 la Cancillería buscaba comprar el lote adyacente, de propiedad de Lucindo Almeida Borja, adelantando gestiones, como lo relata un informe del embajador José Nájera del 31 de diciembre de ese año, para obtener las partidas presupuestarias respectivas por 655 000 sucres (equivalentes a 522000 dólares de 2020). Tras la compra del terreno, se extendió el jardín a todo el perímetro de las calles Carrión, Páez y Roca.

El edificio moderno

Al acercarse la XI Conferencia Interamericana de Cancilleres, que debía celebrarse en Quito en 1960, se hizo necesaria una reforma sustancial del edificio pues el ministerio no solo era el organismo encargado de organizarla, sino que debía actuar como secretaría de la conferencia.

Las deficiencias del local eran obvias: las oficinas seguían funcionando mal acomodadas en los dos pisos de la parte dedicada a dormitorios de la antigua Villa Susana, espacio incómodo e insuficiente. Por ello, el Gobierno de Camilo Ponce Enríquez incorporó en 1957 la remodelación del edificio al plan de preparación de Quito para la XI Conferencia Interamericana. Se descartó la demolición de todo el edificio y se optó por una solución mixta: conservar la parte de los salones y derrocar el bloque frontal para dar lugar a un edificio nuevo de oficinas frente a la avenida 10 de Agosto.

Cuando ya se tuvo un proyecto más desarrollado, elaborado por el arquitecto Milton Barragán Dumet como su tesis de grado, se previó un subsuelo y seis pisos. La construcción se inició en noviembre de 1958 y, ya en febrero de 1960, Ponce lo inauguró. Más tarde se añadiría un séptimo piso a cargo del arquitecto Juan Espinosa.

Interior del Palacio de la Cancillería.
Los materiales de acabado son de mucho valor.

¿Conviene llamar Palacio de Najas a la sede del ministerio?

Periodistas, e incluso algunos diplomáticos, suelen referirse a la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana con el fácil apelativo de Palacio de Najas, pero la verdad es que es un nombre del todo inadecuado.

En primer lugar, aquello de palacio tiene un sabor muy poco republicano. Palacio es una casa destinada para residencia de los reyes o de familias nobles, y el Ecuador se proclamó república, de manera que no tenemos ni reyes ni nobles. En segundo lugar, en Quito, se llaman palacios a las sedes de los tres poderes: el Ejecutivo (Palacio de Gobierno), el Legislativo (Palacio Legislativo) y el Judicial (Palacio de Justicia), y esto sí tiene raigambre republicana pues destaca que son (o fueron, porque el de Justicia fue derrocado por el correato) los edificios que alojan a los más elevados poderes de la nación.

Por otro lado, el posesivo “de Najas” no viene al caso. Como hemos visto, el señor Najas no fue el inicial propietario sino el señor Freile y, aunque fue quien encargó al arquitecto Durini la remodelación de su residencia, no vivió en ella sino cinco años, pasando de inmediato a propiedad y uso del Estado: primero como residencia presidencial y luego como sede de la Cancillería. El 96 % de la existencia del predio ha tenido función pública, y no cabría llamarlo con el nombre de quien lo ocupó 4 % de su existencia y que no lo dejó como es ahora. Un dato adicional: en ese pequeño período en que fue de uso privado tuvo otro nombre: Villa Susana, en honor a la esposa del comerciante. Pero luego la pareja, que no tuvo hijos mientras vivió en el Ecuador, vendió el edificio y se fue a Argentina, donde el marido hizo negocios, envejeció y murió.

Es contradictorio que un edificio público lleve el nombre de un privado, que no fue autoridad y vivió por pocos años en el país.

Un sentido histórico muy superior tiene el rol público que el conjunto de los dos edificios ha tenido un tiempo veintidós veces superior, además de las inversiones que el Estado ha hecho para embellecerlos y mejorarlos, e incluso ampliar el lote a su tamaño actual. Por todo eso me parece que hay que desterrar el uso de “Palacio de Najas” para referirse a la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. Si se quiere usar el apelativo de palacio debería decirse Palacio de la Cancillería y si no Casa o Casona de la Cancillería.

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Autor

Acerca de Gonzalo Ortiz Crespo

(Quito, 1944) es periodista, historiador, novelista y político. Miembro de las academias de la Lengua y de Historia. Autor de 18 libros y coautor de 31”.
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