Ovidio Wappenstein: la arquitectura al servicio del hombre

Ovidio Wappenstein: la arquitectura al servicio del hombre

La muerte de Ovidio Wappenstein marca un hito en la arquitectura ecuatoriana: sus construcciones no solo que tienen un sello personalísimo sino que revelan su preocupación por hacer del ser humano el centro del espacio que habita.

Y es que Wappenstein fue, ante todo, un humanista forjado a través de los periplos que tuvo que afrontar junto a su familia para escapar de la persecución nazi, sus encuentros con territorios ignotos y culturas extrañas y sus estudios académicos en el Ecuador, Inglaterra y Holanda.  Con todo ello, más sus permanentes deslumbramientos ante el arte y la literatura, fue dejando su impronta creativa no solo en el cemento y hierro de los edificios que planificó innovando formas y conceptos, sino, fundamentalmente, en el alma de quienes lo trataron y se nutrieron de sus conocimientos y de su desbordante generosidad.

Fotografías: Cortesía.

Aquí la entrevista publicada en Revista Mundo Diners en febrero de 2010:

Entrevista

Por Francisco Febres Cordero

La cita fue en la casa que antes ocupaba La Galería y ahora es, toda ella, el estudio en que Ovidio hace sus trabajos de arquitectura, recibe gente, toma café, lee. La calle Juan Rodríguez sigue igual de bella, rodeada de esos árboles añosos que brindan al caminante una sombra dulce, tierna.

Adentro, todavía hay algunas obras de arte, como si las blancas paredes de la casa no hubieran querido desprenderse de tantos y tantos cuadros que hasta hace unos años se exhibieron allí y permitieron que los ecuatorianos se acercaran a las obras de Omar Rayo, Rodolfo Abularach, Luis López Loza, Alicia Viteri, Fernando de Szyszlo y muchos otros pintores latinoamericanos de renombre que pudieron mostrar allí su creación gracias a la perseverancia de dos mujeres necias en su amor al arte: Betty Wappenstein y Gogó Anhalzer.

Ovidio me invita a recorrer la casa y así constato algunas de las últimas (y perfectas) modificaciones que ha sufrido la edificación: un dormitorio, nuevos baños y un tercer piso abuhardillado, donde se han colocado varias mesas para dibujar planos. Me dice que la casa originalmente perteneció al arquitecto Jaime Andrade quien, además, fue su profesor en la Facultad de Arquitectura y con quien luego desarrolló una profunda y larga amistad.

Ahora Ovidio, que tantos premios ha recibido en su carrera profesional, a sus 72 años es sujeto de muchos homenajes de sus colegas, del cabildo quiteño, de las universidades.

—¿Has buscado premios, Ovidio?

—Los premios no me importan en absoluto. No los he buscado nunca, pero los he recibido.

—¿Lo que sí te gusta es el mundo académico?

—Siempre he creído que el contacto con la juventud le enriquece a uno. Por eso me ha gustado ser profesor. No es cierto que uno como profesor solo dé: también recibe. Y, además, confronta. Y discute. Todo eso es muy enriquecedor.

—¿Dónde has dado clases?

—En la Central, desde 1964 en que comencé como profesor agregado y donde, en el período de 1973 al 75, fui subdecano; en la Escuela Politécnica, donde fui profesor invitado del 79 al 83; luego en la Católica, desde 1999 hasta ahora.

—Pero pongamos algún orden a esta entrevista y comencemos por el principio: ¿dónde naciste?

—En Valencia, España, en un pueblito llamado Canals.

—¿Tus padres eran españoles?

—No, checoslovacos. Mi padre, de origen campesino, viajó muy joven a Estados Unidos y se radicó en Nueva York, donde trabajó limpiando vidrios en edificios. Estuvo ahí en 1912, cuando, después de la tragedia, llegaron los sobrevivientes del Titanic y algunos restos del trasatlántico. Nunca entendí por qué mi papá se regresó a Europa. Lo cierto es que a su regreso empezó la Primera Guerra Mundial, se enroló en el ejército y cayó prisionero. En esa época Checoslovaquia no existía, sino el imperio austrohúngaro.

Como prisionero lo metieron en un vagón de tren que iba hacia el este y terminó cerca del mar Caspio, en una suerte de campo de concentración donde los prisioneros vivían hacinados. Un día les preguntaron quiénes querían ir a trabajar al campo y mi papá aceptó; le destinaron a la finca de un ruso, donde pasó el resto de la guerra.

Como a mi papá siempre le gustó estar informado, se enteró no sé cómo de que Lenin iba a dar un discurso a un pueblo cercano y para escucharlo le pidió prestado un caballo al dueño de la finca. Fue, oyó a Lenin y regresó con el caballo. Era un hombre de palabra. Cuando acabó la guerra hizo el camino de regreso a su casa a pie (en una viaje que me imagino habrá durado muchos días) y se encontró con que era ya un ciudadano checoeslovaco: el imperio austrohúngaro había dejado de existir.

—¿Cómo organizó luego su vida para sobrevivir?

—Viajaba por el sur de Francia, el norte de Italia y España comprando cosechas de frutas para embarcarlas hacia el centro de Europa, donde las vendía. Poco antes de la Segunda Guerra Mundial, se quedó a trabajar en España por un hecho casual que le marcó: un día subió a un tranvía y sacó el dinero para pagar al conductor. El conductor le dijo si no había visto que estaba liando un cigarrillo y le preguntó cuál era el apuro por pagarle. Entonces mi papá pensó “yo quiero vivir en este país donde, más importante que cobrar, es darse el tiempo para liar un cigarrillo”. Así se quedó en España.

—¿Qué tendencia ideológica tenía?

—Era de izquierdas. Obviamente, la idea del nazismo le producía terror. Estuvo siempre muy cercano a los movimientos socialistas españoles.

—¿Cómo así vinieron al Ecuador?

—Pasamos la guerra civil española (yo nací en 1938) y cuando iba a llegar la Segunda Guerra Mundial, mis padres decidieron venir a América. Mis tías, que se quedaron en Checoslovaquia, fueron tomadas prisioneras y murieron en campos de concentración. Dos hermanos de mi padre se adelantaron y lograron salir de Checoslovaquia, vía Italia, y llegaron al Ecuador, que fue uno de los pocos países latinoamericanos que daba salvoconductos y facilidades a los migrantes judíos.

Mis tíos Ignacio y Jacobo llegaron por barco a La Libertad y de ahí fueron en tren a Ambato, donde muchos judíos se quedaban a vivir. Nosotros no pudimos cruzar el canal de Panamá porque estaba bloqueado por una flota de barcos alemanes. Desembarcamos en Puerto Cabello y cruzamos Venezuela y Colombia por tierra, para llegar al Ecuador.

—¿En qué cruzaron?

—En mixto, unos camiones que llevaban carga y pasajeros: en la cabina estaba el asiento del chofer, una banca que permitía que a su lado se sentaran tres pasajeros; atrás había una segunda banca para cuatro pasajeros más.

—¿Qué hizo tu padre a su llegada al Ecuador?

—Él básicamente era un campesino, aunque también había tenido formación universitaria e inquietudes intelectuales. Como todos los emigrantes europeos, comenzó haciendo labores agrícolas y administrando haciendas.

—¿Dónde?

—En Cayambe. Allí trabajó con el señor Friedman. Yo hice el primer grado de escuela en Cayambe.

—¿Y luego?

—Mis padres decidieron venir a Quito para que mi hermano mayor y yo tuviéramos una mejor educación.

—¿En qué escuela?

En la escuela Espejo, donde transcurrió toda mi primaria; luego, la secundaria en el colegio Mejía, y la universitaria en la Central.

—¿Nada de religión?

—Nada. Mi padre se empeñó en que tuviéramos una educación laica; en eso era muy claro: nada de curas ni de militares.

—¿No era un judío practicante?

—No. Era un socialista pragmático.

—¿Y tu mamá?

—Era una profesora de escuela en la antigua Eslovaquia, lo cual era muy meritorio en esa época en que la mujer no tenía casi acceso a la formación, a la cultura. Pero mi mamá no era judía sino protestante.

—¿Qué tal estudiante eras?

—Fui un buen alumno, siempre me fue muy bien. Del Mejía recuerdo a profesores como Fidel Jaramillo, que nos daba historia, o al doctor David Paltán, que nos daba anatomía. En el Mejía estaban los mejores maestros y ser profesor de ese colegio era un honor. Fui, además, muy buen deportista. Hice atletismo, llegué a tener una marca nacional de salto largo, y también jugué básquet junto con Ramiro Escalante. Aparte, leía mucho porque mi padre me inculcó esa avidez por la literatura.

—Pero los Mejías tenían sus rivales, ¿no?

—Claro, los del colegio Militar, fundamentalmente. ¡Qué broncas!

—¿Eras buen trompón?

—Me defendía.

—¿Cuántos hermanos tienes?

—Solo uno, Hermes, que era cuatro años mayor que yo. Su destino fue trágico. Cuando él tenía 16 años nos acompañó a un paseo y, por salvar a un muchacho que estaba ahogándose en el río, se lanzó. Murieron los dos. En el colegio Mejía hay un aula que lleva su nombre y una placa en su memoria.

—¿Había en tu casa limitaciones económicas?

—Claro. Muchos emigrantes que vinieron al Ecuador en situación similar a la nuestra se despecharon y se marcharon sobre todo a Estados Unidos.

—Sin embargo, algunos de los que se quedaron hicieron grandes aportes en distintos órdenes.

—Sí, desde el pan negro, que fue introducido por los judíos, hasta la ciencia, pasando por la industria, la medicina, el arte. Fue una migración que enriqueció a Quito y al país.

—¿Qué te llevó a estudiar Arquitectura?

—Siempre tuve facilidad para el dibujo, pero el mío era un dibujo artístico. Quizás eso me llevó a la Arquitectura, donde tuve grandes maestros como Gatto Sobral, un arquitecto uruguayo que, junto con Jones Odriozola, fue el autor del primer plan maestro de Quito. También tuve como profesor a Jaime Andrade, que daba una materia relacionada con el dibujo y nos llevaba a pintar acuarelas a La Merced, junto al río. Jaime vivía en La Magdalena, que era el fin del mundo, y yo iba allá casi todos los fines de semana para conversar y aprender de ese hombre tan culto que no era nada pedante sino, por el contrario, un ser humano maravilloso.

—¿Trabajabas en la época de estudiante?

—Trabajé con Jaime Dávalos una corta temporada. Él era una persona muy exigente y eso me sirvió. Como se había formado en la Universidad de Columbia tenía otra manera de ver las cosas.

—¿Y fue en la universidad cuando te casaste?

—Así es.

—¿Dónde conociste a Betty?

—Betty había terminando el bachillerato en Estados Unidos y regresó al país. La conocí en una fiesta que hubo en la comunidad judía, en 1959. Nos casamos un año más tarde. El próximo año cumplimos cincuenta de matrimonio. Tenemos tres hijos: Julia que se graduó como profesora de arte; Daniel, fisioterapista, y Susana, socióloga. Somos abuelos de ocho nietos, que son mi debilidad.

—¿De qué vivían al principio del matrimonio?

—(Ríe) Trabajé una temporada con mi suegro, Hugo Deller, en el viejo Hotel Colón, que estaba en la calle Tamayo. Yo me ocupaba de las tareas de recepción y ahí conocí a muchos personajes como Philippe Agee, por ejemplo, ese famoso espía norteamericano y agente de la CIA, quien luego escribió un libro en que cuenta sus misiones en el Ecuador. Agee se hospedaba en el Colón y no solo que le contaba historias increíbles a mi suegro sino que, además, le aconsejaba cuando no debía salir a la calle porque iba a haber “bullas”. En verdad, conocía cada acción que se fraguaba en Quito.

—Aparte de Agee, ¿quién?

—Otro huésped frecuente era el doctor José Antonio Correa, quien trabajaba con el secretario de la Naciones Unidas Dag Hammarskjöld. Se hospedaba en la habitación número 3 y le atendía la Miche, que era la mucama del hotel. Ella sabía en qué parte de la cama le gustaba al doctor Correa que le pusieran la bolsa de agua caliente. Recuerdo que el día en que murió Marilyn Monroe, el doctor Correa bajó las gradas, elegantísimo, impecablemente vestido de esmoquin, se dirigió al bar y pidió un whisky doble en memoria de la bella actriz rubia. Por sí sola ésa era la perfecta escena de una película que hasta ahora está grabada en mi retina.

—¿Llegaban también políticos?

—Claro, por ejemplo, Carlos Julio Arosemena y León Febres Cordero, que eran grandes amigos y juntos se acababan media docena de botellas de whisky, en unas encerronas monumentales, increíbles. Carlos Julio luego vivió en los Apartamentos Colón, donde yo tenía mi oficina.

De vez en cuando golpeaba mi puerta y me decía, arquitecto, ¿leyó el último libro de Saramago? Claro, cuando aquí nadie conocía todavía a Saramago. Estaba al día en literatura. Era un hombre superior: inteligente, ilustrado como no he conocido a otro ecuatoriano. ¡Qué cultura! ¡Y qué memoria! Manejaba su vida personal con mucho cuidado y discreción. Es una pena que un hombre tan brillante haya sido esclavo de la bebida.

—¿Cuándo te independizaste y comenzaste tu carrera de arquitecto?

—Primero trabajé solo y luego tuve un par de colaboradores con quienes hice algunos edificios, como aquel donde queda Paco, en la avenida Colón. Fue un edificio que hice para Sevilla y Martínez, muy especial porque las plantas bajas son almacenes y después sigue la torre con plantas libres. Las columnas son periféricas. Es, a mi parecer, uno de los edificios más interesantes de todos los que he hecho.

Además, claro, muchas casas, la propia, la del amigo, la del familiar. Los edificios vinieron más tarde, como el de Ciespal, en colaboración con Milton Barragán, en 1972; las distintas etapas del Hotel Colón, en Quito; el Mecanos, en Guayaquil, en 1977; el de la Corporación Financiera Nacional, en 1977; el de la Empresa Municipal de Agua Potable de Quito, en 1981; el condominio Colinas El Batán, en 1989; el Hotel Colón de Guayaquil, con trescientas habitaciones, en 1992; el Hotel Colón Miramar, en Salinas, con 80 habitaciones y 100 apartamentos, en 1997, entre otros. Con Ramiro Jácome tuve una sociedad que duró 25 años.

—¿Cuál crees que es tu principal innovación arquitectónica?

—Viene después del viaje a Inglaterra, donde fui con una beca en 1963. Allí tuve la suerte de trabajar en una oficina de arquitectura muy grande, del arquitecto Frederich Gibberd, y colaboré en la planificación de la extensión del aeropuerto de Londres. Estábamos algunos arquitectos jóvenes y allí aprendí mucho. Después de un año fuimos a Holanda, donde tuve una especie de beca. Mi primera hija, Julia, había nacido recién. Al regreso al Ecuador empecé a trabajar con Alfredo León, y luego solo.

—¿Y tus influencias?

—Creo que Le Corbusier tuvo una influencia muy grande en todos nosotros. Pero hay otros como Richard Rogers, un arquitecto inglés muy contemporáneo, que me marcó. Y en España, Santiago Calatrava.

—¿Cuál es tu relación con el diseño interior?

—A veces se lo deja a un lado, pero creo que el arquitecto debe tener muy claro, cuando plantea un espacio, qué va a pasar dentro de ese espacio. Creo que ése es el tema de fondo de la arquitectura: cómo funciona el ser humano dentro de un espacio determinado. El centro de la arquitectura es el hombre y eso no hay que perder de vista.

—¿Y los materiales?

—Pongamos como ejemplo el bloque. El material no es malo, lo malo es el uso que se le da. El bloque ha reemplazado, en la arquitectura tradicional, al ladrillo o al barro, pero se ha abusado de él. Es necesario usar sobre él otros acabados. Hay un concepto estético que se ha pauperizado. El bloque es más barato, más rápido y es una alternativa de eficiencia, pero hay que usarlo de mejor manera.

—¿Has sido también un viajero impenitente?

—Para mí viajar es muy importante. Si no viajo, me siento encasillado. Hay que viajar mientras más, mejor. Es fundamental conocer otros países, otros puntos de vista, otra gente.

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Al dejar la casa en que funcionó La Galería, siento que me invade la nostalgia: en los largos años en que ejercí el periodismo cultural, ese lugar fue un referente obligatorio y, a través de él, yo también pude viajar lejos, hasta los confines de las vanguardias plásticas, conocer nuevas tendencias pictóricas, enfrentarme con obras sorprendentes y anclar en amistades duraderas, como ésta, con Ovidio, que ha sorteado borrascas, tristezas, muertes, pero que también ha acoderado en cariños, en risas y en charlas de las que salieron unas lecciones imborrables.

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