Optó por lo imposible…
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Optó por lo imposible…

Por Jorge Ortiz.

Edición 439 – diciembre 2018.

Fue, según opinaron muchos de los asistentes, un gesto indelicado, de poco tino, que desagradó al presidente Harry Truman y le hizo sentir incómodo. Y es que allí, en plena ‘alma mater’ presidencial, el Westminster College de la Universidad de Fulton, en Missouri, el ex primer ministro británico Winston Churchill había lanzado una denuncia descarnada y rotunda, con palabras fuertes, contra uno de los aliados fundamentales de los Estados Unidos, que había sido decisivo en la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial: la Unión Soviética.

“Desde Stettin, en el Báltico, hasta Trieste, en el Adriático, una cortina de hierro ha caído sobre Europa. Detrás de ella han quedado todas las magníficas capitales de la Europa Central y del Este: Varsovia, Berlín, Praga, Viena, Budapest, Belgrado, Bucarest, Sofía…”. Era el 5 de marzo de 1946, la guerra —con la capitulación del Japón— había concluido ocho meses antes y el mundo de la postguerra estaba siendo diseñado, y en cierta forma repartido, por los Estados Unidos y la Unión Soviética, los dos países que habían emergido como las mayores potencias planetarias. Hablar así, como lo hizo Churchill, de ese aliado estratégico no parecía ser un gesto de la diplomacia más pulcra y prolija.

Incluso la ocupación de Alemania, la potencia vencida y escarnecida, había sido acordada por americanos y soviéticos, dándoles participaciones generosas a la Gran Bretaña y a Francia. Así, el territorio alemán fue dividido en cuatro zonas de ocupación, y Berlín, la capital del imperio caído, fue también partida en cuatro. Y toda la Europa que quedaba hacia el este, incluidas las viejas y señoriales capitales imperiales que había mencionado Churchill, habían quedado bajo control soviético, ocupadas por el Ejército Rojo y bajo la égida de Stalin. Pero Stalin quería más.

Quería, en concreto, Berlín. Fue entonces cuando, con su habilidad siniestra y sin resquicios morales, diseñó un plan infalible para forzar a americanos, británicos y franceses a irse y dejarles a ellos, los soviéticos, toda la ciudad, con su simbolismo inmenso y su importancia estratégica. De lo que se trataba era de sitiar la ciudad, como en las despiadadas guerras de la Edad Media, para que no entraran alimentos, medicinas ni combustibles y, así, forzar una rendición total por hambre, enfermedad y frío.

Berlín, 1948.
Berlín, 1948.

Hace setenta años, en la segunda mitad de 1948, Berlín quedó, en efecto, al borde de la inanición: el Ejército Rojo cortó los accesos por carretera, ferroviario y fluvial al sector occidental, que quedó aislado en medio del territorio bajo dominio soviético. Lo único que permaneció abierto fueron tres corredores aéreos. Truman tenía dos opciones. La primera era que americanos, británicos y franceses rompieran por la fuerza el bloqueo. Pero eso significaba la guerra. La segunda era abastecer de todo, con aviones, a los habitantes de Berlín, durante meses o años. Pero eso era imposible. El presidente Truman optó por lo imposible.

Durante 323 días, del 24 de junio de 1948 al 12 de mayo de 1949, los aliados occidentales efectuaron 277.506 vuelos para abastecer de comida, ropa, medicinas y carbón, incluso maquinaria y materias primas, a los dos millones y medio de habitantes de Berlín. Fue un aterrizaje cada 102 segundos, día y noche, lloviera, nevara, tronara o relampagueara. Para sobrevivir, la ciudad necesitaba cinco mil toneladas diarias de suministros. Hubo días en que esa cifra se duplicó (como el 16 de abril de 1949, en que hubo 1.398 vuelos, que llevaron 12.940 toneladas de víveres). El sector occidental, bloqueado, llegó a estar mejor provisto, en todo, que el sector oriental, que tenía sus vías abiertas con el bloque soviético. Esa imagen era devastadora para el socialismo, por lo que, once meses después de haber empezado el bloqueo, Stalin ordenó suspenderlo. Churchill tuvo razón: una cortina de hierro había caído sobre Europa. La Guerra Fría estaba empezando.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Ana Cristina Franco

Alzar la voz

Por Ana Cristina FrancoIlustración: Luis Eduardo ToapantaEdición 460-Septiembre 2020 Dije mi primera palabra a los nueve meses de haber nacido y desde ahí ya no

En este mes

La pandemia en el reino del revés.

Por Sandra Yépez Ríos. Edición 460 – septiembre 2020. Brasil es el segundo país más afectado por el coronavirus en el mundo. Ante la crisis,

Arte

Jaime Andrade en cuatro tiempos.

Por Milagros Aguirre Andrade. Fotografías: Daniel Andrade y archivo JAH. Edición 460 – septiembre 2020. I La infancia es un lugar feliz que habita en

BOCATA

El dolor y la angustia sí golpean al corazón

Fotografía: ShutterstockEdición 460-Septiembre 2020 Aunque las emociones no se originan en este órgano —como metafóricamente se idealiza—, el impacto nervioso que generan podría alterar la

También te puede interesar

Mundo

Ruanda, milagro o espejismo

Han transcurrido poco más de dos décadas y, pese a todo pronóstico, las heridas del genocidio de Ruanda parecen haber cicatrizado. Están, sí, se palpan,

Historia

Caballero noble y de principios.

Por Jorge Ortiz. Edición 449 – octubre 2019. Las noticias que llegaban de Oriente, de la lejana y prisionera Tierra Santa, eran confusas e incompletas,

Historia

Hay que reabastecer a la tropa

La orden fue dada, en persona, por el primer cónsul de la Francia revolucionaria, Napoleón Bonaparte: el general André Masséna, al frente de un contingente

Mundo

Las calles de Baltimore

Lo que sigue no será un “recorrido turístico” en el sentido clásico de la expresión. Lo que sigue es una peregrinación que antes tuve por

Historia

Pedro Traversari Infante: el sueño de volar

Por Daniela Merino Traversari /// Se atrevió a volar. Literalmente./// Crecí escuchando retazos de la historia de Pedro Traversari Infante, mi bisabuelo. Él fue el primer