Hace poco me encontré con un amigo al que no había visto en algún tiempo. Estaba sentado, tomando café, se había afeitado desde la última vez que lo vi, se rebajó un poco el cabello y había cambiado la montura de los lentes por una más colorida. Nos saludamos efusivamente. Él se puso de pie y nos dimos un abrazo, en el que lo sentí más fuerte que de costumbre.
No dudé en hacerle un comentario al respecto. Nos sostuvimos de los antebrazos —yo a él de unos bien torneados y ejercitados y él a mí de unos bien flácidos— como para echarnos una buena mirada de frente y le dije: “¿Qué has hecho?, estás guapísimo”. Riéndose sonoramente me contestó: “Me divorcié” . Yo también me reí, pero me quedé bastante sorprendida, porque pensaba que hace poco se había separado y en mi inocencia siempre he creído que las parejas se separan para no divorciarse sino para arreglar lo que anda mal. No había sido el caso de estos amigos. Él me dijo: “Divorcio, separación, da lo mismo, lo importante es no seguir amargándose la vida mutuamente”.
Poco a poco me sentí cada vez más incómoda en la conversación, pero me puse en mi papel de frívola a preguntar si salía con alguien y por eso hacía tanto ejercicio, cuando de casado no hacía casi nada; si ya se había acostumbrado a vivir solo de nuevo; y lo más importante, qué harían con sus hijos. Se reía con mis preguntas y no me dio ningún detalle, aunque parecía disfrutar de mi interrogatorio porque era como haber vuelto a nacer, pero soltero. De pronto me di cuenta que de algún modo extraño la conversación tendía a parecer un leve flirteo.
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