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OJO EN LA HOJA.

por Leisa Sánchez

Edición 461 – octubre 2020.

Será larga la noche

Santiago Gamboa

Alfaguara, Bogotá, 2019

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Esta es una novela escrita en clave de presente. Inmersa en la Colombia del posconflicto. Una novela que busca profundizar en la realidad de un país que acaba de salir de una larga noche bélica y que, por voluntad de sus gobernantes actuales (o por la voluntad de la mitad del electorado), decidió volver a llevar la guerra a los pueblos y las veredas campesinas. Esta es la Colombia sobre la que escribe Santiago Gamboa.

En Será larga la noche nuevamente el autor hace un guiño a la novela negra, un género que le es familiar. Es un relato que se lee con fluidez, algo que todo lector agradece. El argumento central gira alrededor de una investigación periodística y judicial a cargo de la periodista Julieta Lezama y el fiscal Javier Jutsiñamuy. El relato se inicia con un ataque armado en una carretera de la zona del Cauca, presenciado por un niño que se vuelve testigo incómodo. Aparentemente, otro de los cientos de actos de violencia armada que se dan en Colombia. Sin embargo, a partir de este asunto acompañamos a los protagonistas en la búsqueda del niño extraviado y por el camino encuentran oscuros personajes de iglesias evangélicas, fuerzas paramilitares, residuos de la guerrilla, en un gran fresco con muchos escenarios.

Por supuesto, la novela básicamente es un alegato literario, no un análisis político. Su propuesta busca acercarnos a las múltiples dimensiones de un hecho delincuencial aparentemente inane, del cual surgen poderosas imágenes gracias a la habilidad del escritor. Es una novela recomendable para quien quiera percibir una de las muchas facetas de la Colombia actual. (Roberto Rubiano)

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La ruta de los hospitales

Gloria Peirano

Alfaguara Kindle, Buenos Aires, 2019

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Hay dos escenarios: los hospitales y un vehículo. Y dos personajes: la madre y la hija. La primera arrastra a la segunda por los hospitales donde trabaja. Se desplazan en un auto por Buenos Aires, de un hospital al otro. Todo el relato lo asume la madre que, en segunda persona, atribuye a su hija gestos, conversaciones (todas con marcado acento argentino en su escritura), estados de ánimo y, sobre todo, silencios.

La autora (la hija) nos lleva por un angustioso camino donde dos vidas unidas por la sangre acuden como huérfanas a llamados del inconsciente para explicarse a sí mismas. La lectura resulta cercana a una sesión terapéutica a la que asiste el lector, sin que previamente cuente con los antecedentes. A lo largo de la novela se irán revelando los datos que darán una forma cada vez más definida al conflicto que las embarga.

En el sórdido ambiente de los hospitales (tan cercanos a la muerte) es donde, desde los diez años, la hija debe esperar a que la madre realice su trabajo como dietista, o como se las llama hoy, nutricionista. Y es allí también donde se acumulan las ausencias por las que la hija reclama.

Reiterativa en su narración, a pesar de su localismo con tenues referencias al peronismo, la historia nos lleva por caminos que resultan siendo familiares. Aunque Peirano termina por agobiar al lector con una especie de cerco donde la enfermedad del alma puede resultar peor que la poliomielitis o la tuberculosis. Su estilo literario es original, pero agotador. Algunas sentencias pueden ser ciertas, pero se ubican insistentemente en la otra orilla del lector universal. (Renato Ortega Luère)

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

Tatiana Tibuleac

Impedimenta, Madrid, 2019

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Escrita en rumano, esta novela de extraño título narra una historia familiar oscura y llena de dolor, lo que crea vínculos de empatía con el público lector porque es en las familias donde ocurre lo terrible. Con el recurso de la retrospección, la esporádica presencia del monólogo interior y el despliegue de la prosa lírica, la novela de la revelación moldava Tatiana Tibuleac nos permite penetrar en la mente de un artista atormentado que evoca la infancia y adolescencia en la casa familiar. La ascendencia polaca, las lenguas cruzadas, la marca de ser minorías, la pugna entre lo regional y lo global son ejes que atraviesan estas páginas, donde la figura de la madre adquiere plenitud e intensidad.

En la memoria familiar existen varias pérdidas; la más dolorosa es la de la pequeña Mika, cuya partida había paralizado a la madre y recluido al joven Alexsy en un centro, por perturbación mental. La novela arranca con la odiada madre aguardando al hijo en la puerta del centro: pasarán juntos el verano y, al final, él recibirá un obsequio añorado. En medio de cerveza y comida que madre e hijo comparten junto con ansiolíticos y ataques de pánico, la revelación del cáncer terminal que ella padece es un giro que modifica de raíz la relación filial.

Es sólido el joven personaje masculino, cuya evolución asombra, pero convence. Los hechos más recientes en su vida no son claros y el ocultamiento es un recurso que la novelista maneja muy bien. Conocemos que Moira, el primer amor de verano (donde está Eros, está Tánatos) no será eterno, o lo será en la medida en que nunca se olvida lo que se ha amado. (Cecilia Velasco)

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Acerca de Leisa Sánchez

Su gran motivación e interés periodístico son los temas históricos y culturales.
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