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Ojo en la hoja

por Redacción Mundo Diners

Edición 457 - Junio 2020.

Piscis Bar blues y otros cuentos
Patricio Viteri Paredes
Letras Claves, CCE, Quito, 2019

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Para leer estos cuentos hay que estar bien sentado, con los nervios a prueba de todo. Es recomendable no leerlos en la cama, por la noche, porque quitan el sueño. Son cuentos oscuros que describen lo más oscuro del ser humano, remueven la frágil tranquilidad e invitan a tomar partido por esos turbios personajes que son producto de esta sociedad en descomposición, de la que todos somos parte. Suceden en Washington, París, Madrid o Quito. El personaje, narrado impecablemente, casi siempre en primera persona, se interna en esa psicología casi patológica que el sistema intenta tapar a toda costa pero que brota en cada esquina, en cada puerta cerrada, en cada ordenador.

Personajes amargados, lóbregos, sombríos, desfilan por crueles veredas. Por momentos, la narración conducirá al lector a reconocerse en lo atávico del morbo y el “pecado” que habita en cada uno, junto a la divinidad y la indulgencia. Son lo mismo esos corredores de niebla y silencio, de soledad infinita, que los amores intensos y los paraísos vislumbrables. La angustia y el miedo que provocan las historias son superadas gracias a la forma estética-poética de narrar, como en La caída: “Hoy me he despertado oscuro. De nuevo la aflicción cercándome. Y así he salido a la calle, como si otro me hubiera sacado a pasear, como si mi cuerpo perteneciera a algún enajenado”.

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O en el microcuento Huellas: “Cuando salió del apartamento, olvidó el rastro de un perfume en los dedos del cadáver, una última mirada en el espejo del recibidor y la hermosa sombra de sus piernas en el umbral de la puerta”. (Jennie Carrasco)

Lo bello y lo triste
Yasunari Kawabata
Emecé Editores, Buenos Aires, 2004

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Tal vez lo bello sea el amor, y lo triste su remembranza. Y es esa nostalgia del amor extraviado lo que motiva esta novela. “Los recuerdos son solo fantasmas y apariciones”, se defiende Kawabata a todo lo largo de su sutil y delicado hilván, y nos sorprende con una historia inmersa en el simbolismo de una cultura que busca sobrevivir frente al avasallamiento que —tras la apertura de las fronteras de Japón en el siglo XIX— produjo un sacudón en una isla que tan celosamente se había guardado.

Oki, un novelista, narra su visita al amor de su vida, Otoko, ahora una reconocida pintora. Ahí conoce a la joven Keiko, discípula y conviviente de la artista. Estos son los personajes que reviven un triángulo amoroso cuyo escenario es la antigua capital de Japón, la misteriosa y bella ciudad de Kioto.

Las pasiones del amor, la posesión y la sexualidad, los celos y la venganza, los extremos del sentimiento humano se entremezclan prodigiosamente con reflexiones en torno a la literatura y la pintura japonesa y universal, en un torbellino de sensaciones tan vívidas para los personajes como para el lector.

Su palpitante sensibilidad, muy característica de este Premio Nobel, nos permite entrar en el mundo japonés y observar con hondura, sencillez y detalle las relaciones humanas, donde los minutos cuentan, prolijamente revelados en potentes diálogos y en poéticas imágenes de la naturaleza. Su prosa es siempre intrigante, elocuente y fluida, nada extraño en este insomne escritor y gran provocador desde la vivencia de una soledad bien ligada a su historia personal. (Renato Ortega Luère)

Salvar el fuego
Guillermo Arriaga
Penguin Random House, México, 2020

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Arriaga, el guionista de películas inolvidables como Amores perros y Babel, se ha hecho del Premio Alfaguara con esta novela de casi setecientas páginas en la que exhibe potencia, dominio y, claro, defectos.

Dos personajes destacan: Marina, una coreógrafa cuarentona casada y madre de tres, sumida en un ambiente intelectual adinerado y artístico; y José Cuauhtémoc, un parricida literal, cuyas decisiones fluctúan entre la inteligencia y la irracionalidad, de férrea formación y talento literario nato. A lo largo de las páginas, la historia de violencia, crimen y venganza que circunda a personajes secundarios vinculados con el narcotráfico y el crimen común va entretejiéndose con una historia de amor cuya verosimilitud podríamos cuestionar.

Una gran riqueza radica en la apropiación del lenguaje popular mexicano, enriquecido por el spanglish y el metalenguaje del narcotráfico, la policía y conexos. Es de destacar también la estructura que Arriaga ha creado, con varias voces, distintas tipografías, y la selección de ciertas escenas, narradas más de una vez desde distintas perspectivas. Al dominar el cómo se narra bien una historia, Arriaga va dejando enigmas cuya resolución atrapa al lector, aunque parece un fallo el lenguaje flojo de la narradora en primera persona, la coreógrafa burguesita que pierde los modales en la cama con su amante asesino.

No escasean las referencias artísticas, dancísticas, cinematográficas, pictóricas y literarias. El parricida obra de una manera que se refleja en el título, pero me parece que ese crimen bien merecía un tratamiento más hondo. (Cecilia Velasco)

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