Odio.
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Odio.

Por María Fernanda Ampuero.

Ilustración Maggiorini.

Edición 430 – marzo 2018.

Firma-AmpueroNada hizo un trabajo más eficiente y duradero como el sistema que nos ha condenado a las mujeres a odiarnos a nosotras mismas. Yo, que he hecho un esfuerzo feroz para no comerme el cuento, para quererme como soy, para querer mis lonjas y mis muslos que son, a fin de cuentas, trocitos de mí misma, de vez en cuando escucho en mi oído la voz enferma, antigua, que me acompaña desde tan niña, que dice “no eres guapa porque no estás delgada”, “no eres guapa porque estás canosa”, “no eres guapa porque tu piel tiene imperfecciones”, “tienes que ser guapa para que te quieran, para que te hagan caso, para triunfar: es la única manera”.

Es la única manera.

Yo misma, digo, que soy feminista y que soy consciente del daño que la maldita industria de la belleza hace a las mujeres de toda edad, a veces me pillo pensando que la delgada, joven y tersa es la única belleza y que, como yo no la tengo, moriré sola, fracasada, obesa mórbida y los vecinos alertarán a la policía cuando mi cadáver comience a apestar. Los días buenos me doy una cachetada, paro de pensar esa estupidez y me digo: “eres una mujer increíble”, pero hay días oscuros, días propicios para la autoflagelación, en los que le doy la razón al maldito sistema y me desprecio: me cambiaría por cualquiera, cambiaría mi cuerpo por otro. Esos días deseo tanto ser distinta que siento que voy a morir de pesar.

Piensen lo que estoy diciendo: a veces odio tanto mi cuerpo que quisiera destruirlo.

Sé que no soy la única, sé que todas las mujeres que conozco gastan una energía y un tiempo inimaginables en odiarse a sí mismas, en hacer un listado de sus defectos —nunca de sus virtudes, nunca de las fortalezas, nunca de su belleza irrepetible— y sé también que esa inseguridad nos vuelve unas muñecas frágiles, fáciles de romper, un poco idiotas: manipulables. Sé que hay mujeres que no disfrutan de la maravilla del mar sobre su piel desde hace años, que se morirían antes de dejarse ver en pantalón de baño o que evitan el contacto sexual para no tener que desnudarse frente a alguien, que sienten asco de sí mismas, pues.

Qué perversa genialidad hacer que nos odiemos, hacernos creer indignas, feas, incompletas, demasiado gordas y demasiado viejas, imperfectas: una mujer así jamás tiene una tregua, no tiene tiempo para pensar en que le pagan menos o que con lo que gasta en cosméticos y tacones y ropa de moda podría pagar una carrera universitaria. Una mujer así, presa de un mandato imposible, una compulsión que nunca se va a acabar, está gastando cada uno de los valiosos segundos de una vida humana en pensar que no es como debería ser, sintiéndose un error, siendo infeliz. Una mujer así, enajenada y reducida por esa obsesión, se puede aplastar como a un insecto.

No quererte es el principio del daño. Pensar que eres fea y que probablemente te mereces el maltrato y los abusos por no ser más hermosa es entregarte en bandeja de plata al mundo para que te descuartice.

Pienso en todas aquellas niñas que están naciendo en este momento y me pregunto en qué exacto momento de sus vidas las arruinarán para siempre, en qué momento mirarán las fotos de las revistas y verán que no se parecen a las modelos o escucharán a su mamá decir que las gordas son vagas y descuidadas, que las que no se maquillan son dejadas, que el pelo rizado hay que alisarlo, que las uñas, que los poros, que los dientes, que los pelos, que la cintura, que los pechos, que la piel. Pienso en cómo esas niñas felices, satisfechas nada más con estar vivas y poder jugar, empezarán un día a mirar sus piernas y sus barrigas con asco y un pozo de desprecio hacia sí mismas se irá formando en su interior. Me llora el corazón. Pienso que yo fui una de esas niñas y que ese odio es un sentimiento que, aunque luche todos los días contra él, me acompañará hasta que me muera.

Pienso también en qué suerte tienen las niñas a las que sus padres les enseñan a valorar el conocimiento y los sentimientos, la bondad y la reflexión, frente a la imposible perfección física. Sí, a aquellas a las que les dicen que lo importante es que sean felices porque la felicidad es la más incontestable de las bellezas. De ellas será el mundo y espero estar por ahí para presenciarlo.

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