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Marcel Proust: “¡Detente, instante, eres tan bello!”

“¡Detente, instante, eres tan bello!”. Este verso del Fausto de Goethe puede resumir el monumental intento de Marcel Proust por detener no uno, sino todos los instantes posibles de una existencia, la del autor narrador, y contarlos en los siete tomos, que quisieran ser infinitos, de En busca del tiempo perdido.

Marcel Proust
Fotografía: Shutterstock.

No faltan las visiones de conjunto de la obra de Proust, aquellas que han buscado ofrecer una totalidad crítica de esta obra desconcertantemente rica y compleja. No sobran, en cambio, como en mi caso, las visiones de detalle. Dos grandes momentos afines ejemplificarán lo que quiero decir, y solo en esos dos grandes momentos quiero detenerme: “Un amor de Swann”, una novela de 223 páginas dentro de otra, Por el camino de Swann, de 503.

El otro consta al principio de la segunda parte de A la sombra de las muchachas en flor, que ilustra la misma búsqueda obstinada, la misma vibración poética: la tarea imposible de abolir el poder del tiempo con la palabra escrita, que también es efímera.

Por el camino de Swann y A la sombra de las muchachas en flor son dos libros de una inefable belleza. Fueron las obras más trabajadas de la serie, porque el novelista estaba aún en plenitud de facultades y con tiempo disponible para pulirlas. En cambio, a medida que los volúmenes ascendían hacia el séptimo, hacia las postrimerías de la vida del ya enfermo escritor, menos pulimento adquirían, pese a las agotadoras correcciones que Proust enviaba desde su lecho de enfermo a los fatigados linotipistas de la editorial Gallimard. De modo que los dos primeros tomos alcanzaron a poseer la forma casi perfecta a la que el novelista aspiraba.

El mundo y su mente

De esta gigantesca narración de 3500 páginas, quizá la más introspectiva que se haya escrito, se puede desprender toda una visión antropológica del hombre: Proust concede, una y otra vez, un valor genérico a sus observaciones particulares.

Entonces concluye, con la idea palpable, casi, y rotunda, con la frescura de lo recién descubierto, de que el tiempo (la duración) es la sustancia del hombre; de que el combate de la memoria contra el olvido es la tarea que nos procura una conciencia de existir como seres idénticos a nosotros mismos; de que la memoria no solo reconstruye el pasado sino lo recrea: un recuerdo puede ser realidad, fantasía o evocación; de que las sensaciones y los recuerdos dialogan permanentemente con el mundo exterior: la memoria no solo aloja imágenes sino las crea o, más bien, las recrea: el Narrador vive en un permanente déjà vu: el mundo entra y sale sin tregua de su mente. El recuerdo no es un monólogo, sino un diálogo con el mundo.

Un amor de Swann” es una novela dentro de otra, y el más bello texto unitario que jamás escribió Proust. Toda la historia —poco más de doscientas páginas impecables— se concentra en el proceso de enamoramiento, encelamiento y pérdida

del amor que profesa el caballero judío francés Charles Swann por Odette, una bella excocotte con quien, resignadamente, Swann terminará casándose.

El Narrador sin nombre reconstruye toda la historia retrospectiva: “Un amor de Swann”. No creo haber leído jamás un tan delicado y penetrante análisis de los celos ni una tan bella y dolorosa declaración de que el amor es cosa que se pierde. Los carruajes de París van y vienen, de la casa del muy culto Charles Swann a la de Odette, y de la cocotte a la del amante. Nos embriagan las catleyas en las manos de Odette y las que adornan su rubia cabellera.

Escuchamos la música que los une: la frase de Vinteuil. Entendemos el amor loco y el miedo al amor, el amor loco y el miedo a su pérdida. Tememos los defensivos caprichos e infidelidades de la cocotte y los celos del amante. Sobreviene la dolorosa separación. Swann es invitado, esta vez solo, a una fiesta en el palacio de una marquesa. Pesa la soledad, pesa la ausencia de Odette.

Los músicos tocan la música de Vinteuil, la frase de Vinteuil, que atraviesa como un cuchillo el corazón del amante. A pesar de su estoicismo, el dolor termina en autocompasión. Las emociones de Swann oscilan como notas musicales de una partitura secreta. Poseen el ritmo, el movimiento interno de la música.

Describir lo imposible

Pocas cosas ocurren externamente. Todo va por dentro. Las palabras recrean una vida rica en peripecias intelectuales y emocionales. Incomparable musicalidad de la prosa. Percepción musical del espacio y del tiempo, ese tiempo que hubiera querido detenerse en la felicidad amorosa.

“¡Detente, instante, eres tan bello!” Ningún escritor ha logrado, como Proust, describir tan bellamente lo indescriptible: la música (misteriosa forma del tiempo, dijo Borges), particularmente la frase de Vinteuil —tomada de una sonata para violín y piano que algunos atribuyen a César Franck, otros a Fauré— y referirla al mundo de las pasiones. La conciencia de la derrota amorosa de Swann es uno de los momentos más inagotablemente hermosos de la historia de la novela.

La pérdida del amor es una analogía de la muerte. A pesar de que en la novela hay pérdidas, y muy dolorosas, de seres queridos —la tía, la abuela—, no es la muerte el gran tema de la angustia, no es la muerte el gran adversario del ser humano. Es el tiempo, la duración: ese fantasma, ese invisible devorador del hombre.

Por eso, cuando Swann asiste a esa fiesta que es un duelo, lo que percibimos dolorosamente a través de la minuciosa y zigzagueante prosa de Proust es una fantasmagoría: el invisible, destructivo, paso del tiempo, del cual ningún escritor ha sido tan consciente ni tan admirable expositor como Proust. El paso del tiempo solo dejó a su paso los desechos de la pasión.

Pese a una aparente dispersión, hay una profunda unidad. Todos los hilos se amarran al final. El eje de la unidad es la conciencia vigilante del Narrador, tanto en la primera persona como en la omnisciente tercera, a la que confluye el mundo exterior y de la que emanan las reflexiones y las sensaciones. Como los simbolistas, Marcel Proust se niega a solo describir el mundo que lo rodea: inventa objetos dentro de su conciencia.

Marcel Proust
Fotografía: Shutterstock

Críticos franceses como André Maurois han observado que la prosa de Marcel Proust es más bien alemana, por sus frecuentes períodos largos de una página entera

que esperan el punto final. No es un capricho estilístico: esas prolongadas, interminables oraciones cumplen también el propósito, si no de detener los instantes, sí de prolongarlos. La gran paradoja del intento de Proust es que para detener, fijar, los instantes privilegiados, tiene que narrarlos; de este modo, el tiempo transcurrido es un tiempo recordado, pero también el tiempo recordado es un tiempo narrado.

El caso Dreyfus

El fracaso del amor de Swann denuncia, en parte, a la sociedad que le impidió existir. Proust describe una vida social abiertamente frívola. En los tomos siguientes, particularmente en El mundo de Guermantes y Sodoma y Gomorra, asistiremos a un incansable mundo de reuniones de la alta burguesía y la aristocracia francesas del fin de siècle, mundo de chismorreos incesantes, de una orgullosa frivolidad, mundo atravesado, eso sí, como un rayo, por el caso Dreyfus, que dividió a toda la sociedad francesa de la época. Así como el judío Kafka buscó un lugar, aunque sea el más modesto, en el universo, el judío Proust, siempre advenedizo y esnob, buscó (y lo consiguió) ser admitido en esos salones exclusivos, rebosantes de prejuicios y demandantes leyes no escritas.

Examinar el otro pasaje, a comienzos de la segunda parte de A la sombra de las muchachas en flor es sumergirse en la esencia de lo poético. El joven Narrador (alter ego de Marcel Proust) está de vacaciones en el balneario normando de Balbec, frente al mar del Norte. La inteligente y culta señora de Villeparisis organiza un paseo en coche por los campos cercanos al mar. Asistimos, entonces, a algunas de las más delicadas, profundas y apasionadas miradas con que el Narrador se relaciona con el mundo.

El ir y venir de las olas hace que el mar sea el mismo y distinto, como las aguas de Heráclito. Observa, desde el carruaje, a las muchachas en flor, a las jóvenes campesinas, sin la esperanza de volverlas a ver. Las mira de paso. Pretende fijar sus rostros en la memoria, pero vive la angustia del devenir, del tiempo que huye, de la imaginación arrastrada por el deseo de lo que no puede poseer.

Sabe que no volverá a ver esos rostros, y toma conciencia de que la belleza reside, casi siempre, en su fugacidad, y de que esa belleza (que no es más que una serie de hipótesis) está amenazada por la muerte, porque es humana. “¡Detente, instante, eres tan bello!”

La intensidad poética se acentúa con la visita a una iglesia cubierta de hiedra mecida por el viento, agitación semejante a la del oleaje marino, forma visible del tiempo. A la salida de la iglesia, contempla, de nuevo, sobre el puente, a una muchacha de tez morena, una pescadora: “No solo quería llegar a su cuerpo”, piensa, “sino a la persona que vivía en él”. Pero la certeza de no volverla a ver atenúa su deseo de volverla a ver.

Más tarde sucumbimos de nuevo al milagro narrativo y poético. Con esa peculiaridad musical de su estilo, contempla tres árboles que debían servir de entrada a un camino cubierto. ¿Qué son esos árboles? ¿Realidad, lectura, fantasía o evocación?: los árboles contemplados parecen haberse escapado de algún lugar de la memoria y haberle resultado muy familiares en el pasado. ¿Dónde están, a fin de cuentas, esos árboles?: “en aquella dirección interior en donde yo los veía dentro de mí mismo”, responde.

Las cosas residen, por igual, en el mundo real, en la huella psíquica que otro objeto semejante nos dejó, en un cuadro visto una tarde en un taller o en un museo, en un libro leído bajo la luz de la lámpara, en un sueño nocturno. De hecho, una constante estilística de Proust consiste en referir el mundo real al imaginario cultural: una mujer no le recuerda a otra mujer, sino a un retrato de Tiziano o de Benozzo Gozzoli.

Leemos, estremecidos, estas observaciones geniales sobre la percepción y la memoria: “Vi cómo se alejaban los árboles, agitando desesperadamente sus brazos, cual si me dijeran: ‘Lo que tú no aprendas hoy de nosotros nunca lo podrás saber. Si nos dejas caer otra vez en el camino desde cuyo fondo queríamos izarnos a tu altura, toda una parte de ti mismo que nosotros te llevábamos, volverá por siempre a la nada’”.

De donde se concluye que la vida del hombre es un aprendizaje y una responsabilidad: la de registrar el mundo y “no dejarlo caer” de su residencia, la memoria. De la narración de Proust se desprende parcialmente un postulado o, más bien, una serie de postulados, según los cuales “todas las realidades deben ser tratadas como meros ‘fenómenos’, en función de su apariencia en nuestra mente”. Insisto: solo parcialmente, porque los “fenómenos” proustianos son multiformes: residen tanto en el tozudo mundo real como en la proteica mente, tanto en los recuerdos como en los sueños, tanto en los libros leídos como en los deseos y la imaginación.

Y todas las percepciones dialogan con todas, provocando una inmensa red cognoscitiva, un complejo y maravilloso sistema fluvial. Proust asume así la tarea de describir el sentido que el mundo tiene para él (para nosotros), antes de cualquier filosofar. Sus descripciones de la naturaleza son de una sensualidad e hipersensibilidad casi dolorosas. Narra, por ejemplo, el deslizamiento de un rayo de sol sobre una piedra, como si esa caricia fuera la más intensa historia de amor imaginable. Musical es la percepción del mundo y musical es su despliegue y desarrollo.

Proust era un hombre feliz o, al menos, sabía que la felicidad existía en alguna parte y por eso la buscaba. La buscaba en sus recuerdos familiares, en las iglesias que tanto le gustaba visitar, en la música que nunca olvidaba, en sus amores efímeros, en los milagros de la naturaleza que tan apasionadamente observaba, en esos paseos en los que siempre esperaba una revelación, incluso en las aburridas reuniones de la alta sociedad en las que encontraba, esnob más allá de la chismografía, costados interesantes.

Las mismas limitaciones que su asma crónica le imponía, le hacía desafiarlas y aun vencerlas. Amaba, sobre todo, la literatura, su literatura, y en trabajarla como un orfebre renacentista encontró una poderosa razón de existir.

México, junio de 2022.

Proust, a 100 años de su muerte

Marcel Proust (París, 1871) murió en París, en el 44 de la rue Hamelin el 18 de noviembre de 1922, antes de que pudiera completar En busca del tiempo perdido, el gigantesco monumento literario en siete tomos que pacientemente llevaba trabajando desde el verano de 1909. Su primera obra de consideración fue la voluminosa novela

Jean Santeuil, que abandonó hacia 1900. El primer tomo, Por el camino de Swann, fue rechazado por André Gide, lector de la editorial Gallimard.

Con Joyce y Kafka, es considerado una de las grandes cumbres de la novela del siglo XX.

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