El norte está al sur

El Norte está al sur

Otro año termina y miro hacia donde el viejo Joaquín Torres García (1874-1949) sigue de pie, en el jardín de su casa en Montevideo. Me fascina su obra, no puedo dejar de adivinar con la mirada las texturas y trazos de su pintura muchas veces humilde, y eso que durante cuatro años, mientras preparaba mi tesis doctoral sobre el movimiento de arte constructivo que él fundó en Uruguay de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, no hice más que negarlo. Me concentré en la experiencia colectiva del universalismo constructivo. Coloqué su famoso “Mapa invertido”, su “Monumento cósmico” y sus escritos en medio de una colección más amplia, reconfigurada por múltiples artistas que habían trabajado temáticas similares o se habían acercado a él, a su cátedra, a su prédica; y, al acercarse, transformaron lo que querían descubrir. Ahora bien, ¿cuál era mi punto?

Hace un par de meses, en México, tuve la dicha de peregrinar a la “Torre de los vientos”. Es un monumento arquitectónico realizado por uno de los integrantes del colectivo, el gran Gonzalo Fonseca, en el problemático 1968, dentro del marco de las Olimpiadas de verano que se celebraron en ese país. La obra me obsesionó durante años. Tanto que arranqué (nunca hago esto y no lo recomiendo) una fotografía en blanco y negro de un libro prestado de una biblioteca y la enmarqué. Ya ni siquiera sé dónde está ese marco. Y estando en México casi olvido que tenía la posibilidad de acercarme a verlo en persona. Por suerte lo hice. Saqué mil fotos propias, desde todos los ángulos y jugué a la rayuela que forma parte de la obra. También recordé, una vez más, el gesto generoso de un escritor argentino que murió este año.

Le escribí un correo electrónico a Sergio Chejfec (1956-2022) en noviembre de 2016. Le conté que andaba investigando y escribiendo sobre estas cosas que he mencionado. Él me respondió amablemente y me envió un PDF de su artículo que salió publicado en el catálogo de la muestra retrospectiva de Torres, que estaba ese momento en el MoMA. Yo estaba en Guayaquil, él en Nueva York. En uno de esos intercambios le hice llegar, a través de un amigo, mi novela El nuevo Zaldumbide y me la comentó diciendo (entre otras cosas y con un sentido premonitorio) “lo encuentro bastante controversial”. Sus palabras me alentaron y ahora que las he vuelto a leer me sirven como un foco de sentido y atención. He pensado en Sergio Chejfec mucho este año y he querido escribir sobre alguna de sus novelas sin lograrlo. He conversado con otros amigos que lo conocieron (Miguel Molina escribió una bella semblanza en su columna de El Universo); y encuentro señales de una persona plena a la que se le echa de menos.

Ahora, este fin de año, he vuelto a leer el artículo de Chejfec y me queda la sensación de una inteligencia sobrehumana volcada hacia la materialidad de la escritura y las conexiones entre artistas. Chejfec organiza y expande sus ideas en torno a una inquietud que comparto con él: la relación entre texto e imagen en la obra de Torres García. Su texto me permite volver a un lugar que creía conocer. Está alterado pero resulta familiar, como el sentido de la orientación, como las coordenadas.

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