Talento o gusto: los premios literarios

A la mesa con el Nobel

Cierto día, un periodista le disparó a Neruda: “Maestro, si le pusieran en una mesa el Premio Nobel y en otra la presidencia de Chile, ¿cuál escogería?”. Sin dudarlo el poeta respondió: “Me iría a otro restaurante”. Sin embargo, obtuvo ese premio mientras que su contemporáneo Jorge Luis Borges no.

La literatura nunca es solo literatura. La política, a lo largo de la historia, le ha clavado sus garras, coloradas o verdosas, para utilizarla como propaganda. Y la Academia difícilmente podría ser una excepción.

Gustavo III de Suecia la fundó en 1786 con la intención de difundir el sueco y reglamentarlo. Desde entonces, con la divisa “talento y gusto”, sus miembros se han empeñado en mantener “la pureza, el vigor y la majestad” de la lengua. Desde 1901 se encarga de otorgar el Premio Nobel de Literatura, uno de los cinco originales, que se estableció como última voluntad del industrial Alfred Nobel.

Nobel
Alfred Nobel (1833-1896). Ilustraciones: Shutterstock.

Aunque la Academia ha desclasificado documentos para descorrer el velo de sus decisiones, a muchos les quedan sospechas de que pesa más el gusto del juez que el talento del ganador. En pocas palabras: ni están todos los que son ni son todos los que están.

Un ejemplo es Tolstói. El novelista ruso fue uno de los favoritos entre 1902 y 1906. Nunca ganó —también fue nominado para el Nobel de la Paz, que tampoco se lo entregaron—. La explicación ofrecida casi un siglo después fue que por aquellos años la institución seguía el principio de “pureza” de Alfred Nobel y que el autor de Ana Karenina supuestamente lo contrariaba por su “animadversión hacia la cultura” y defensa de “una vida natural desprendida de cualquier relación con la alta cultura”. Es de suponer que, si esas acusaciones eran ciertas, el escritor no se ofendió demasiado.

Esa fue la primera gran polémica sueca, no la última: para ellos el poeta inglés Algernon Swinburne no mereció ganar por “escandaloso e hiriente” y el francés Émile Zola por “desalmado y groseramente cínico”, adjetivos que contrastan con un hombre que se metió en honduras por escribir Yo acuso, manifiesto en defensa de Alfred Dreyfus, condenado injustamente a cadena perpetua.

Nobel de literatura
Bob Dylan (1941) “Por primera vez en la historia del Nobel de Literatura, la gente no corrió a las librerías sino a las tiendas de discos”.

Los ganadores también generan polémica: hace poco legiones de fanáticos se despellejaban a favor y en contra del premio a Bob Dylan; mucho antes, en 1954, Hemingway se quejó de que habían tardado demasiado en concedérselo —“¡ya era hora!”, comentó al enterarse de la noticia—, mientras Churchill, que lo recibió en 1953 “por su dominio de la historia y descripción biográfica, así como por la brillante y exaltada oratoria en defensa de los valores humanos”, difícilmente podría competir en este campo con Huxley u otros contemporáneos, pese a la enormidad —seis tomos— de su Historia de la Segunda Guerra Mundial.

Claro, algún premio había que darle a uno de los artífices de la derrota nazi: el Nobel en alguna ciencia sonaba absurdo y el de la Paz, un despropósito, al fin y al cabo, era un personaje que había movilizado cañones y sobre todo dijo “no recordar” los hechos fundamentales de la hambruna de 1943 en Bengala que mató a tres millones y medio de personas como consecuencia directa de sus políticas. Solo quedaba la literatura, como siempre…

León Tolstói (1828-1910)

La Academia Sueca se limita a decir que sus decisiones responden a criterios meramente culturales, pero los hechos parecen desmentirla. Por eso, la explicación sobre la ausencia de Borges entre los ganadores ―por “demasiado exclusivo o artificial en su ingenioso arte en miniatura”― no convence a muchos y todo apunta tanto a sus ideas políticas, lejos de las “aceptables”, como a sus burlas acerca de la obra de Artur Lundkvist, miembro de la Academia y marxista convencido.

Un planeta de premios

En 2021 la escritora de novelas policiales Carmen Mola ganó un millón de euros por el Premio Planeta. La bomba explotó al descubrirse que ella no estaba viva, tampoco muerta. Sencillamente no existía: sus novelas habían sido escritas a seis manos por Antonio Santos Mercero, Jorge Díaz y Agustín Martínez. El feminismo en el mundo de las letras fue el más indignado porque el premio de una mujer se lo entregaban no a un hombre, sino a tres. El Planeta no convenció una vez más.

Antes, Sabato y Delibes habían dicho que se lo “ofrecen” a escritores famosos, por lo que no habría una real competencia entre todos los que envían sus manuscritos. La editorial jamás se pronuncia al respecto, mas se han dado casos en que Wikipedia menciona el nombre del triunfador antes de que se hiciese público el dictamen —Ángeles Caso en 2009— o en los que la ganadora que concursó con un seudónimo es invitada a la premiación, sin que se hubiese abierto el sobre con su identidad —Soledad Puértolas en 1989—.

Nobel de literatura
Ernest Hemingway (1899-1961)

Y es que, así como la política influye en el Nobel, la economía hace lo propio en el mundo editorial. El Premio Planeta se enfoca, por lo general, en autores buenos para el negocio: vendibles, llamativos; lo importante es que den empuje a la industria justo antes de Navidad, fecha que es una máquina de electrochoque para las librerías.

Los dueños de editoriales medianas o pequeñas reconocen que, pese a todo, este premio hace que se mueva el mercado de la literatura y que, para criticar o alabar, se compren libros. El Planeta empezó a entregarse en tiempos del franquismo cuando no había industria editorial activa, así que su fin era darle fuerza.

En Francia el mayor premio es el Goncourt que, a diferencia del Planeta, solo otorga un cheque por diez euros, pero haberlo conseguido eleva carreras para siempre. Aun así, los jurados han sido cuestionados por sus ideas, tanto que los mismos ganadores los atacan.

El de 1956, Romain Gary, por ejemplo, con el paso de los años empezó a recibir críticas duras porque sus textos, según el criterio académico, estaban fuera de lugar —“trasnochados y románticos en exceso”—. Seguro de que podía demostrarles su equivocación, creó el heterónimo Émile Ajar y publicó con él.

Los mismos enemigos de Gary elogiaron pronto al nuevo escritor por su frescura y en 1975 le entregaron el Goncourt sin sospechar nada. Una vez revelada la verdadera identidad, poco antes de su muerte, la polémica se hizo mayúscula por el chasco de los críticos, la burla de Gary y las connotaciones legales de un premio que, según las reglas, cualquier escritor solo puede ganarlo una vez en la vida.

Winston Churchill (1874-1965) “Suele olvidarse que antes que nada, el político británico fue un gran corresponsal y articulista”.

El caso ecuatoriano

El Premio Nacional Eugenio Espejo se ha concedido, según los vaivenes políticos, cada año o dos a personas cuya obra contribuye al desarrollo de la cultura en el Ecuador.

En tres categorías ―aunque han existido más―, representantes de la literatura, las ciencias y la cultura en general obtienen, además de un diploma y una medalla, una fuerte suma de dinero y una pensión vitalicia que en caso de fallecimiento del titular podrá reclamarla el cónyuge o los hijos menores de edad. Esta última parte es la más importante considerando que, al tratarse de un premio para una vida dedicada al arte, casi siempre es necesario esperar hasta el final para entregarlo.

Efectivamente, en la lista de veintinueve literatos ganadores ―incluyendo los del período 1975-1984, cuando el Eugenio Espejo no tenía categorías separadas―, apenas cinco han llegado a disfrutarlo entre dieciséis y veinte años, y los más desafortunados, menos de uno, entre estos Juan Valdano, ganador de la edición de 2020, que se quedó apenas a ocho días de cumplirlo.

Los avatares de este reconocimiento han transformado más de una vez las categorías, el sistema de juzgamiento y el período de entrega, pero sobre todo el premio en sí mismo: a veces ha tenido pensión vitalicia, “temporal (…) que se concederá únicamente a los premiados que carecieren de los recursos necesarios para vivir dignamente” (¿?) o ninguna.

La explicación tanto de las mutaciones como de su tardía llegada parece tener un origen práctico: el Estado que, a menudo, hace aguas en su presupuesto no quiere ni puede mantener a un artista que arranca en su carrera y que podría exigir un emolumento entre treinta y cincuenta años. Aunque duela aceptarlo, la cultura es lo último en lo que gastaría un país que casi siempre está haciendo milagros para llegar a fin de mes.

Entonces, ¿el problema de un premio, de este o de cualquiera, es ético o estético? Tal vez un poco de ambos. Sin embargo, los premios son necesarios: la cultura es subversiva porque se hace en soledad, contra todo, y a menudo en medio de la pobreza, trabajando durante las mañanas en oficios tristes para desangrarse sobre un papel o un lienzo en las noches; cualquier galardón mueve al mundo cultural que consigue la venta de miles de volúmenes o la organización de eventos por la curiosidad de un público ansioso por conocer al nuevo ungido; si este decepciona es lo de menos, su triunfo impedirá que el dinero necesario para sacar de las sombras a los buenos se esfume en manos de un Estado sin brújula o en el mundo empresarial que exige el fruto para invertir en la semilla.

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