Edición 442
Mi tío Eduardo, el militar, tuvo tantos hijos que se fue del mundo sin conocerlos a todos. Desde entonces era costumbre en la familia que a cualquier hora brotara un vástago suyo, a veces hasta con prole y casi siempre con problemas. Un tipo enorme, musculado y con los párpados hinchados, como los míos, me visitó una tarde: hola, primo, me dijo, como si nada. Se llamaba Eduardo, igual que nuestro tío fecundo.
Mientras compartíamos un café me ahorró la incomodidad del momento yendo al grano: tenía un amigo, cinturón negro en karate, que había escrito una novela y su pedido era que la leyera y lo ayudara a publicar. Así, como soplar botellas. Antes de que yo dijera nada, sacó de la mochila un sobre manila del que resbaló a su otra mano la mencionada novela. Del campo a la ciudad, era su título.
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