No me olvido, Manabí
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No me olvido, Manabí

Respira y canta.

Donde todo se termina abre las alas.

Blanca Varela, Así sea.

 NoOlvidoManabi

 

Por María Fernanda Ampuero

Yo soy porque ella es. Ella es porque él fue. Él fue porque ellos fueron. Y nos gusta pensar que yo soy, ella es, él fue y ellos fueron por una cosa, una cosa magnífica: Manabí. La tierra de mi abuelo Francisco: Tosagua. La tierra de los sueños de mi mamá, de sus vacaciones felices, de su abuela amorosa, comelona y cocinona, de su gente sonriente, fraterna, descomplicada, bella, pobre pero espléndida.

Para mi mamá era llegar a Manabí y sacarse un disfraz muy grande y muy pesado de una vida que no le gustaba mucho y quedarse ligera y suelta, como un pájaro que por fin descubre la ventana abierta de un galpón, para ser quien ella era realmente.

Manabí era, es, la luz de mi mamá.

Y es también la geografía a la que le debo mi generosidad con los extraños, mi fascinación por el mar y sus confines, mi buen comer, este carácter de mujer costeña, tan indomable como enamorado.

Cuando pienso en el paraíso, pienso en esa tierra y en ninguna otra, porque los paraísos, supongo, también los heredamos de nuestros padres. Mi mamá podía —y puede— hablar horas, días enteros, de Manabí. Del desayuno: pan de almidón y mantequilla blanca y pescado y huevos pasados y mangos de chupar y salprieta y bistec de carne y queso y verdes asados y galones de jugo de naranja y café pasado. Ojo que he dicho y, nunca o. Todo. En Manabí es todo. A lo bestia. Mucho. Apachándote. A carcajadas. Como hermanos del alma. Abrazos rompecostillas. Jarana de principio a fin.

Recordar esos desayunos hace que a mi mamá, más de 50 años después, le brille la cara como a una niñita. Supongo que huele, desde la cama de la memoria, una remesa de los míticos panes de almidón de su abuela salir del horno de leña. Supongo que quiere levantarse y comerse uno más, uno solo. Y abrazar a esa abuela manabita una vez más, una sola.

Mi mamá recuerda el mar de San Clemente, de San Jacinto, de San Vicente. Un mar como ningún otro, porque ella y sus hermanos eran niños y la vida era libre, asalvajada, como con el mundo recién hecho y todavía no cargaban ningún dolor sobre sus espaldas. O sí, tal vez ya había heridas frescas, pero no lo sabían. ¿Cómo ha de ser eso de meterte en el mar cuando nunca has sido infeliz, cuando la vida promete seguir siendo buena, cuando mañana habrá más desayunos manabitas?

¿Cómo ha de ser eso de ser feliz en Manabí?

Mi mamá lo sabe y por eso no deja de contar la historia, las historias. Y no cansa, la he escuchado doscientas mil veces: los señores con sombrero, tan elegantes, a caballo; las arañas de los cuartos que en su imaginación crecen hasta ser jurásicas; la vez que le pidió a su papá que, por favor, la dejara allí para siempre, con su abuela, en Manabí.

Y mi abuelo, Francisco Velásquez, Papapancho, un hombre mítico por su bondad, a quien el día de su entierro, concurridísimo, unos lagarteros le cantaron el pasillo Manabí y todo el mundo bebió y cantó —como se debe, carajo, era manaba, carajo— y sus nietos, niños guayaquileños al fin y al cabo, sentimos el llamado de la sangre, de la salprieta, del mar, de la punta, del pan de almidón, porque desde ese día empezamos a cantar este himno también con los ojos embarrados en lágrimas.

 

Tierra bella cual ninguna,

Cual ninguna hospitalaria,

Para el alma solitaria,

Para el yermo corazón:

Vivir lejos ya no puedo

De tus mágicas riberas,

Manabí de mis quimeras,

Manabí de mi ilusión.

 

Te levantarás, Manabí. Eres el paraíso de mi mamá: nuestro paraíso. Nos levantaremos, Manabí. El país te necesita tanto como tú lo necesitas a él. Te levantaremos, Manabí. Yo te necesito, Manabí. Mía como mi madre. Te levantaré, Manabí.

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