Skip to main content

No más Nick Cave cuando lavo los platos

por Ana Cristina Franco Varea

Por Ana Cristina Franco

Edición 458-Julio 2020

Ilustración: Luis Eduardo Toapanta

Firmas001a 1
Franco458 1

Extraño caminar por la Amazonas. Ir hasta mi oficina sin prisa, un poco como detective, un poco como fantasma, un poco como extranjera, como colegiala fugada, como recién jubilado, como abuela tomando el sol o como perro callejero: como una persona extraviada o como un prófugo o un náufrago. Extraño encontrar las carpas de libros viejos, mirarlos, hojearlos, leer ciertas partes, olerlos, encontrar a Huidobro por un dólar y algún otro título tipo Los fósiles o Cómo se abrió camino el ser humano entre los monos. Yo era fanática de esos libros inútiles de páginas amarillas con ilustraciones sobre la evolución o preguntas filosóficas básicas. De qué año serían, ¿de los sesenta? No sé, pero en ellos se explicaba de manera rupestre, con lujo de detalle, el origen del universo o el color de las plantas; el cuerpo humano, “el hombre”. Libros patriarcales y homocentristas, sí, pero tan divertidos que empecé a coleccionarlos. Me fascinaba cómo se explicaban en ellos las cosas más elementales, explicaciones disfrazadas de ciencia, porque yo sabía que en realidad esos libros eran poesía pura y dura. Entonces, calladita, con libro en mano, me metía en una de esas cafeterías que más parecían imaginadas que reales, pedía un café y me ponía a leer como quien ejerce una travesura. Como una infiltrada, robándole tiempo al tiempo productivo.

[rml_read_more]

Al lado de vagabundos y señores enternados que jugaban ajedrez o vendían falsas reproducciones de arte. Luego caminaba, con prisa, sin prisa, pero en un tiempo prestado en el que jugaba a ser otra. Me bastaban alegrías minúsculas como ver letreros de hoteles en los que nunca entraría e imaginar sus decadentes habitaciones y sus fantasmas. Recorría la calle bajo el solazo. A veces fumaba. Entonces venía la segunda parte del plan: el almacén chino. Ropa reciclada, bolas transparentes con luciérnagas dentro, tantas cosas fantásticas y brillantes, encantadora e inútil basura, chanchos rosados. Salir con las manos llenas de algunas pendejadas que me hacían secretamente más feliz. Los vendedores ambulantes y el cielo azul, El Ejido, la oficina, un café de máquina, los dieciocho proyectos escritos en el pizarrón. La ordinaria y añorada “normalidad”. No sé qué espera la gente, ¿qué nos salgan alas después de la pandemia? ¿Acaso vamos a aprender a traspasar paredes, a volar y a cosechar tomates? Harta de escuchar los muertos por la radio, del gel pegoteado en las manos, de los amigos en las pantallas. Ahora todo parece profundo y detenido, misterioso como una hacienda a las seis de la tarde, como el medioevo, como cuando nadie despierta de la siesta, el árbol de guayaba es el único pedazo de vida en mi metro cuadrado de cemento y privilegio. Al diablo la nueva normalidad. Que vuelva lo de antes. ¿Qué esperan, que súbitamente dejemos de ser los mismos pendejos de siempre y aprendamos a bordar? ¿Que de la noche a la mañana regresemos a los tiempos del matriarcado? ¿Creen que, así como así, vamos a dejar de ser corruptos y ladrones para convertirnos en niños índigos? ¿Vamos a desarrollar telepatía y aprender twerking? ¿Nos va a salir un halo lila en la coronilla y vamos a levitar? ¿Vamos ascender a la quinta dimensión mientras los muertos se acumulan en las calles? Se olvidan de que somos humanos, que soñamos y cagamos, que estamos hechos de ideas y estiércol, de sangre y preguntas, que somos depredadores por naturaleza. No quiero lavar un plato más. Y cambiaría mi ascenso a la quinta dimensión por el ajetreo de las mañanas en el Fiat, por llegar con un postre a una reunión, aunque nunca fui a una reunión y menos aún con un postre, por una biela en la tienda, por volver a conversar con otro asqueroso y bello ser, por sentir la respiración agitada y enferma del mundo, del planeta en su inmensa y maravillosa vulgaridad. En fin… por volver a sentir cada rayo de luz de este mundo de mierda.

Imagen de perfil

Acerca de Ana Cristina Franco Varea

Guionista, realizadora audiovisual, escritora y actriz. En abril del 2023 publicó “Diario Blanco”, libro de No-Ficción. Actuó y dirigió, “Queremos Tanto a Helena”, el primer mediometraje que conforma la película “Los Canallas” por la que obtuvo el Premio Colibrí a Mejor Actriz y el Cenit de Bronce a Mejor Película. Es directora y guionista de “El invento de la Soledad”, cortometraje de ficción (2022)
SUS ARTÍCULOS