Edición 442 – marzo 2019.
Era, y nadie lo ponía en duda, el hombre más rico y poderoso de su tiempo. Más poderoso que el emperador de Bizancio, que el califa de Bagdad y que el gran soberano chino. Cuando empezó a gobernar, en el año 912, recibió un tributo de 12’045.000 dinares de oro, que equivalían a unos cincuenta mil kilos, además de diez mil caballos y diez mil mulas, mil corazas de cuero y mil tahalíes para que los guerreros de su guardia personal portaran sus espadas. Sus destrezas políticas y militares eran temibles y el esplendor de su corte era legendario.
Córdoba era por entonces, siglo X, la ciudad más grande y reluciente de Europa, con un prestigio y una vitalidad sin rivales. Tenía decenas de mezquitas, abundancia de baños públicos bien surtidos de agua mediante extensos acueductos, una biblioteca con cuatrocientos mil libros, una universidad de fama y un bazar inmenso, bullicioso y surtido con productos llegados de todo el mundo árabe, de los reinos cristianos fronterizos y hasta de las comarcas asiáticas más distantes. Sus habitantes ya eran medio millón, muchos de ellos descendientes de la primera legión de combatientes y predicadores musulmanes que conquistaron la Península Ibérica en el año 711. Abderramán III era uno de ellos.
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