No es fácil ser Gil
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No es fácil ser Gil

No son pocos quienes dicen que Pedro Gil es el mejor poeta vivo del Ecuador, y tampoco son pocos los que no se atreven a negarlo. Su vida, sin embargo, es su verdadera obra, la tierra de donde han brotado todos los versos.

“Si naciste pa’ martillo, del cielo te caen los clavos”.
Rubén Blades

Fotografías Leiberg Santos.

Un año de encierro, para los relegados del mundo, no es mucho. Hay quienes encuentran en el encierro una huida. Huyen de la violencia, del vicio o, simplemente, del desamparo. ¿Cuántos genios duermen tras las rejas?, ¿cuántos sucumbieron ante la infamia?

Pedro Gil (Manta, 1970) ya no huye. En su reclusión voluntaria ha encontrado, por fin, la paz. La Comunidad Terapéutica Juntos Podemos, frente al mar de San Jacinto, en Manabí, es el hogar del que por décadas fuera el enfant terrible de la literatura nacional. La fama de poeta maldito se la dieron los colegas, seguidores y enemigos, forjadores de un mito alimentado por la crudeza de su obra y la fatalidad que trazó su vida.

Desde lo hondo del lumpen ha producido más de una docena de libros, entre poesía y cuento, que constituyen la obra de uno de los personajes más polémicos y memorables de la última generación de escritores ecuatorianos.

Una valiosa recopilación de lo mejor de su poesía se publicó a finales del año pasado, editada por María Isabel Silva y el sello de la Casa de la Cultura, y bajo el título Los poetas duros no lloran. De esta selección, que abarca desde su primer poemario (1988) hasta sus últimos textos de 2019, tomamos los siguientes fragmentos para destruir y reconstruir la leyenda del poeta en su propia voz.

*

Madrugada de un 18 de mayo/ ahí está mi madre,/ fresco aún el crisol de su entrepierna,/ sudando y pujando dolores/ para que luego venga yo/ llore sude escriba El Poema.

Creció a una cuadra de la playa, en el calor de un vientre de caña guadúa. Manta, parroquia Tarqui, en las calles del barrio San José, que en la crónica roja se llama Siete Puñaladas. Él prefiere llamarlo Calle Luna Calle Sol, como la canción de Héctor Lavoe. A los seis años, para Pedro Gil el mundo eran los borrachos, las putas y los ladrones que iban a parar a la cantina de vómitos y pobreza del Negro Víctor.

No estoy solo en el mundo, me acompaña todo lo que veo. “Empezaba a sentir el dolor por los otros: los hijos de las prostitutas, de las lavanderas; empezaba a tener una sensibilidad tremenda”. El niño Pedro iba a la escuela en las mañanas y por las tardes llenaba los vasos de aguardiente en el negocio de Víctor Gil y Monserrate Flores, sus padres. A escondidas de ellos, regalaba su ropa “a los niños que en verdad vivían en la miseria”. Tuvo cinco hermanos vivos y seis más que fallecieron “de las enfermedades de esa época”: la viruela, el sarampión y la indiferencia de los gobiernos de la dictadura. Luego de un tiempo en la cárcel —Pedro no cuenta por qué, “mi papá era alcohólico, pero buena persona”—, Víctor Gil encontró trabajo en el cementerio de Tarqui y se llevó a su hijo a cavar tumbas con él. El sepulturero vive de la muerte/ un muerto es un trabajo.

Pedro llegó a la literatura por su hermano mayor, su favorito, Ubaldo Gil. El recordado editor de Mar Abierto puso en sus manos un ejemplar de Crimen y castigo. Diez años tenía apenas, y pudo reconocer en su lectura la desesperanza que lo ahogaba: “Me identifiqué con el protagonista porque todo me entristecía. Pero no era una tristeza por mí, sino por la gente. Padres que les daban palo a sus hijos, no los mandaban a la escuela, los mandaban a pescar, les desgraciaban la vida desde pequeños. Niñas violadas por sus hermanos, jóvenes que aparecían muertos…”. Mis ojos han visto el fin del mundo.

*

¿Cómo era Monserrate?

—Era solitaria y muy triste. Lloraba mucho, tal vez por los seis hijos muertos. O por mi papá, alcohólico, irresponsable. Tenía mucho dolor, el dolor del campesino, el dolor vallejiano de las mujeres andinas. Se quiso suicidar en abril, yo nací en mayo. Tal vez, toda esa tristeza la absorbí yo. Creía que no me quería, pero resultó que era al que más quería. Sino que ella decía: “Vas a fracasar porque eres débil, pasas leyendo, te dan tristeza los otros; tienes que ser duro”. La vida la trató duro también.

Monserrate Flores hacía todo. Trabajaba en las fábricas botoneras, atendía la cantina y cosía los uniformes para la escuela de todos sus hijos. Pero Pedro no quería estudiar; quería ser poeta. “Primero fui mal estudiante, mediocre, hasta que un día dije: ‘no pues, si me gusta leer voy a estudiar’. Terminé siendo el mejor bachiller del colegio. Tuve buenos maestros”.

Ubaldo Gil guio al genio prematuro hacia la publicación de sus primeros poemas. Antes de cumplir los veinte, ya conocían y alababan su obra Hernán Rodríguez Castelo y Miguel Donoso, de quien fue tallerista desde la adolescencia.

Pedro se compara con Ubaldo, con cierta envidia y no poca nostalgia: “Él fue inteligente. Era diferente a mí, cuidaba las amistades. Yo era amigo del ladrón, del delincuente, del asesino. Cuando él murió, hace siete años, me quedé huérfano”.

Yo no he estado preparado para una vida doméstica. Si hubiera sido un buen padre, tal vez estuviera panzón y no hubiera escrito lo que he escrito. No me arrepiento de lo que he escrito”.

Me perdí en un callejón donde solo había/ droga y amigos con caras/ y almas cortadas. El alcohol y la marihuana lo sorprendieron entre el juego inocente con los vecinos y los primeros hurtos callejeros. “Tenía todo un mundo por delante, pero no, ya estaba en el destino que yo mismo había creado”. Por ese tiempo Pedro leía a Jean Genet, el maldito por excelencia. “Marcó mi vida para siempre, Genet. Él era huérfano, ladrón, mendigo, pero tenía obras maestras”.

Monserrate descansa en el cementerio de Tarqui, abrazada a sus hijos. Nunca salieron de Siete Puñaladas.

mamá ya no sufras:
papá regresará pronto
y nos defenderá
de los drogados
y arreglará la cantina
y mi niñez;
y los ñaños estudiarán
y seremos otros
y…

*

Cuando Pedro tenía dieciocho años nació su primera hija, Kenia, y a los veintiuno nació su hijo, Damián. “Fui un padre irresponsable, ahora me han abandonado”. Una sonrisa triste le marca las arrugas alrededor de los ojos. “Yo no he estado preparado para una vida doméstica. Si hubiera sido un buen padre, tal vez estuviera panzón y no hubiera escrito lo que he escrito. No me arrepiento de lo que he escrito”.

A regañadientes ingresó a la universidad y cursó dos carreras: “Fui en contra de mi voluntad, yo nunca quise estudiar. En la Universidad Eloy Alfaro de Manabí estudié Literatura. Salí casi a tropezones. En Derecho llegué a segundo, pero no me gustaba”.

Mientras tanto, su vida privada se debatía entre el amor y el vicio. “He tenido cinco compromisos. Las mujeres —no sé si por su sensibilidad, el alma femenina es muy linda— han querido salvarme, pero yo las he defraudado”. Pedro nombra a las mujeres que lo amaron y el amor le remoja los labios, todavía sedientos.

nunca salí a buscar empleo
porque el empleo agota,
salí a buscar amor,
porque el amor es inagotable.

Por esa época empezaron los encierros. “Leía mucho y bebía mucho, ya tenía síntomas de desequilibrios, empezaba a escuchar voces. La familia creía que estaba endemoniado, pero Ubaldo, como era preparado, estaba más atento y sabía que todo era influencia de los libros”. A los veinticinco ingresó a la penitenciaría de Guayaquil, desde donde fue transferido al centro de atención psicológica El Buen Samaritano. Tras un año de aislamiento, estuvo de vuelta en las calles.

Fue por amor que, cuando cumplió los 34, logró apartarse de las drogas y viajó a estudiar Psicopatologías del Adicto en Olavarría, Argentina. “Vivíamos con los adictos, asesinos, eran menores de edad y criminales. Tengo un libro que nunca publiqué, La noche de los gatos, que cuenta que ellos hicieron un motín. Tengo mucho que escribir, pero cuando consumo se me van las ideas, se me pierden los libros”.

Luego de completar el curso, recibió una beca para formarse como misionero en Cali, Colombia. “Ahí uno ve cosas raras, sacar demonios… Pero me gustaba, porque no eran fanáticos; estudiaban psicología, teología. Eso sí, éramos ‘bibliocéntricos’, o sea que no podíamos leer otra cosa más que la Biblia. Yo leía literatura a escondidas hasta que, en un distrito donde me mandaron a evangelizar, me encontraron a Camus debajo del colchón. Y para los cristianos era satanás, pues”. Pedro recibió su diploma, pero se le negó el derecho a practicar la vida de misionero. “Me hicieron un favor, porque ya me estaba agotando”.

Para 2008 había vuelto a las andadas. La muerte lo encontró desprevenido entre los escombros de su casa, en Siete Puñaladas, y casi se lo lleva. Unos dicen que se metió con la novia de X; otros, que estaba “bien drogado” y quisieron robarle. Pedro no lo recuerda. Luego de días alucinando con Victoria, su querida hermana muerta, en un cuarto de hospital, corroído por la gangrena que casi le arranca la pierna, sobrevivió al ataque que dio nombre a uno de sus mejores libros —17 puñaladas no son nada (2010)— y convirtió su nombre en leyenda urbana. “Lo que sí sé es que el mundo de las drogas es infame. Me vendieron, yo estaba solo y alguien les dijo dónde estaba. Eran tres”. Los hombres que lo apuñalaron aparecieron muertos tiempo después. “Ahí vino el mito de que yo los mandé a matar. No es así, son creencias”.

En el fondo es un buen muchacho…/ Pero en el fondo del mar,/ con una piedra atada al cuello.

*

“Yo soy un adicto —dicen los psiquiatras— en etapa terminal. A los 41 estuve trece meses en el psiquiátrico Sagrado Corazón (Quito). Los médicos decían que tenían que quitarme la literatura, que eso me iba a volver más loco. Me había dado psicosis paranoica. Es duro, no es un juego la locura”.

A Gil le diagnosticaron esquizofrenia paranoide. Pronóstico: incurable. El único tratamiento que le ha servido es el encierro. “Salgo un día, me descuido y bebo. Hubo un tiempo en que tuvieron que ponerme custodio porque, si me tomaba el primer vino, me iba, armaba relajo, no daba el recital. Esa es mi realidad. Pero hay una frase que repito siempre, la dijo Clarice Lispector: Escribir es una maldición que salva. Escribir es lo único que justifica mi vida”.

Yo busqué hacer poesía, no con drogas sino a pesar de las drogas, de la miseria en que viví.

De su experiencia en el Sagrado Corazón nacieron dos libros más, Crónico (2012) y El príncipe de los canallas (2014), inspirado por José Ibáñez, el médico psiquiatra que lo ayudó a salir de la crisis:

“Él me dijo: ‘tienes que ver lo que otros no ven y escribir lo que otros no escriben’. Antes de morirme quiero dejar el testimonio de lo que pasa en el lumpen, en la indigencia, por qué llega un hombre a dormir en la calle. Los encierros me han servido hasta para conocer a seres humanos desdichados, sin esperanza, que existen. Son seres invisibles, de los que no se habla”.

*

Las estrellas son pequeñas/ para abrigar mi frío y mi vergüenza.

¿Lograbas escribir cuando estabas “afuera”?

—Cargaba unos cuadernitos y anotaba ideas, pero terminaba de escribir siempre encerrado. En la calle no podía. He pasado más tiempo encerrado que afuera. Las veces que he salido son quince, veinte días, pero borracho de verdad. Dormía en la calle, en los mercados centrales, como mendigo, pero estaba atento a las imágenes. La fama me llegó temprano, pero yo tengo claro que no la busqué. Yo busqué hacer poesía, no con drogas sino a pesar de las drogas, de la miseria en que viví.

Su última recaída lo tuvo dos años en la indigencia. “Es, de verdad, el dolor más grande que he pasado en mi vida. Dormir en la calle y todo lo que se ve en la vida nocturna. La podredumbre del ser humano, hasta dónde desciende el hombre”. De las batallas vividas en ese último período ha sacado el impulso para seguir escribiendo. Su próximo libro, anticipa, será “una confesión total de lo que es vivir en la calle”. Lo ha titulado Recaídas, y está en proceso de edición con una cartonera mexicana.

En febrero cumplió su primer año en recuperación en la comunidad Juntos Podemos. Las paredes crema de su cuarto están tapizadas con los rostros de sus artistas favoritos, un collage en el que conviven las letras, el cine y la música: Jean Genet, Sylvia Plath, Anne Sexton y Clarice Lispector; Marlon Brando, Sophia Loren y Al Pacino; Rubén Blades, Héctor Lavoe, Willie Colón y Celia Cruz. Están, además, retratos de gente querida: su hermano Ubaldo, su maestro Donoso Pareja, María Isabel, por años su compañera y editora.

Algunos amigos todavía le mandan libros y algo de dinero. Las tardes sale a caminar por la playa o se sienta a leer en una pequeña terraza con vista al mar. El verano anterior recibió la noticia de su primera nominación al Premio Nacional Eugenio Espejo. “Me satisface que me hayan tomado en cuenta, pero sé que nunca lo voy a ganar”. En mayo cumplió 51 años.

—¿A qué le temes, Pedro Gil?

(Silencio)

—A la muerte ya no le tengo miedo. No, porque yo sé que he hecho una obra. ¿Sabes a lo que le tengo miedo? A la agonía. Yo siempre he tenido miedo es a la agonía. A que se me reviente la esquizofrenia, a andar como loco en la calle. A que me dé algún problema cerebral de tantos golpes que he recibido. A estar en una cama parapléjico. A la agonía de la indigencia, de andar en la calle con una fundita pidiendo comida. Es humillante, yo no quiero eso. Lo que busco es la paz interior, la serenidad, la recuperación. Creo en Dios, quiero estar en paz con Dios. Dejar ese sentimiento de odio, que es un veneno para el alma. Quiero la serenidad, el equilibrio. Si consigo el equilibrio, consigo la belleza.

Pero Pedro Gil no está maldito. “Jean Genet decía que ser escritor maldito es estar alejado de la gracia divina”. Sus maestros —Cesar Dávila Andrade, Charles Bukowski, Edgar Allan Poe, Víctor Hugo Viscarra— conocieron el fuego y se dejaron consumir. Pedro no: “Es como que me están diciendo ‘vas a morir en la calle, vas a morir drogado’. Es un estigma, una marca, un sello que yo quiero romper. Quiero morir limpio”.

Pedro cree, ¿sabe?, que Dios tuvo un propósito al arrojarlo a la miseria del mundo: “No es maldito de maldad, sino de autoflagelación. Lo decía Truman Capote: Dios nos dio el don de escribir, pero también nos dio un látigo. Para mí el látigo es el dolor intenso que provocan las historias reales, el cual tengo que exteriorizar en la poesía”.

Yo no nací
para morir en La Poza.
No, yo me muero como nací.
Sano,
robusto desde los pezones de mi madre.

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