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El niño robado

por Huilo Ruales

trotamundos 1
Ilustración: Miguel Andrade.

A los diez años se lo llevó el Maracaná, un charlatán trotamundos que vendía talismanes, pócimas y ungüentos milagrosos. Nunca supo si se lo regalaron, como su amo lo diría, o se lo rapiñó, como otros advenedizos usurpaban guacamayos, tamarinos, ranas cantoras.

Lo hizo rapar a mate, lo vistió con uniforme de lona y botines de conscripto. Listo, secretario, le dijo, ahora sí nos vamos a conquistar el nuevo mundo. Desde entonces, lo acarreó por las ferias más sonadas de la Amazonía y el callejón andino. Bajo la humedad del trópico o el frío tempranero de los pueblos altos, fue aprendiendo los oficios requeridos por su amo y, de paso, fisgoneando la locura del mundo.

Cinco años le duraba ya esa vida de siervo y asistente de charlatán, cuando un domingo de mayo su destino dio un vuelco inesperado. Era la última jornada en la gran feria de Rondonia, al norte amazónico de Brasil. El clima y las buenas cosechas habían permitido inusitados niveles de concurrencia. Millares de campesinos acogotados de dinero se lo gastaban como si supieran a ciencia cierta que al día siguiente se acababa el mundo. También al Maracaná le salpicó tal bonanza, por lo cual aquel domingo andaba eufórico, brindando con clientes, guardias, colegas y hasta contrincantes de feria. Ya para la noche había perdido la cabeza. Su imberbe secretario, como una sombra, lo siguió de tumbo en tumbo por comederos, cantinas y burdeles, hasta que boquiabierto y con los ojos salidos, presenció la reyerta en la que su amo terminó convertido en harnero de tanta puñalada.

Con cierta sensación de huérfano satisfecho de su repentina libertad, se quedó pasmado delante de los tereques heredados. Por ventura, un par de expoliadores se los llevaron a cambio de cuatro billetes verdosos. Entonces sí, huyendo del desamparo y sin regresar la vista, desandó lo que en esos años había rodado. Guiándose por el olfato, trajinó largos meses por la geografía andina y amazónica, hasta que llegó a su pueblo, donde encontró intactos a los suyos.

Aquellos días fueron los más felices de su vida pretérita y futura pues, recuperar la pertenencia era resucitar, era emerger del mar siglos después de un naufragio. Sin embargo, como se contagia de un virus, empezó a sentir la tonta congoja de estar lejos. De sentirse ajeno en su propio mundo, en su propia casa y hasta de sí mismo. Allí, todo estaba en su lugar, todo era diáfano, hasta los misterios, hasta el dolor y el regocijo. Allí, nada tenía que hacer, por ejemplo, la zozobra. Y era zozobra, justamente, lo que sentía. Una desazón de convicto con exceso de libertad que le impedía dormir como en la infancia, como dormía la familia, incluidos los mayores.

Un año después su madre amaneció dormida para siempre. Entonces sí, armado de esa congoja y de su soledad, cerró los ojos y el corazón y, con una caja llena de plantas, serpientes luminosas y monos de bolsillo para costearse el viaje, volvió para siempre al infierno de las ferias y la conquista del nuevo mundo.

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