La niña que no sabía tejer
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La niña que no sabía tejer

¡No es así el punto de croché!, Anamaría, por Dios, ¿cuántas veces tengo que explicarte cómo se hace? ¿Eres inútil o qué? ¡Qué capacidad para no poder aprender!

Y podían ser infinitas veces las que tuviera que explicarme la enfurruñada profesora de tejido y croché, que yo definitivamente no podía. Y tanto pasaron a mayores mi tristeza y frustración, que mi tía mayor con vocación incansable de educadora se atrevió a ir al colegio a cantarle un par de claras a la profesora.

Eso de las actividades manuales nunca se me dio. Pinto el mismo paisaje que pintaba a los cinco años, soy incapaz de armar un rompecabezas y peor de hacer un origami y, por eso, la profesora de tejido con su ira a flor de piel se me viene siempre al recuerdo. Viví atormentada durante ese año, porque desde esa visión poco pedagógica, el poder dominar el tejido y el croché era un atributo fundamental de una niña formal en Quito a mediados de los años ochenta.

Una buena niña tejerá a la perfección. ¿Y los niños? Sí, los niños irán a clases de carpintería, porque eso calza con los roles naturales de cada uno. Las mujeres tejerán para vestir a sus hijos, ellas maternales desde el principio de los tiempos, y los niños, que serán los futuros proveedores, aprenderán a construir sus sillas, mesas, casas, porque así los estableció Dios cuando creó a Adán y Eva. ¿Estuvo claro?


¿Y si a Juanito le gusta tejer? ¿Y si a Sol le gustaría construir una silla en el taller de carpintería? ¡Nada! Niñas al tejido y niños a la carpintería, y cuidado con protestar. Reglas son reglas.

Pero por suerte los tiempos corren y en las olimpiadas pasadas, el medallista olímpico británico Tom Daley se volvió famoso, no solo porque ganó la medalla de oro en clavados, sino porque en cada rincón, mientras esperaba por sus competencias, se lo veía concentradísimo en su tejido de croché. Además, Daley es un influencer con 1,4 millones de seguidores en Instagram, donde publica fotos de sus creaciones (sacos, chalecos, muñecos, etc.) y los subasta para obras de caridad.

¡Qué fantástico, pensé yo! ¡Cómo la profesora de croché del sexto grado no se entera de esto! ¿No habrá forma de viajar en el tiempo y hacerles entender en el año 1987 que el tejido no es un elemento sustancial de la “feminidad”? O mejor, ¿que la feminidad no tiene elementos esenciales? ¿No habrá manera de que se sacudan de sus ideas vetustas al ver que un medallista olímpico —sí, un hombre— es un experto tejedor y que las mujeres no necesitamos saber tejer ni media puntada para ser alguien en la vida?

Ya ven, ya ven… a esos nostálgicos de los tiempos pasados, y que creen que todo el pasado fue mejor, les cuento que no. Que, por ejemplo, había quienes sufríamos de verdad con algo tan banal e intrascendente como una clase escolar de manualidades y que quizá alguno de mis compañeros varones tenía el talento de Tom Daley y nunca lo descubrió por la terquedad de aquella visión escolar que calzaba a la perfección con los estereotipos de género. Quizá también nos perdimos de alguna gran escultora en madera, porque en la clase de carpintería una niña fue mal vista y jamás admitida.

Ahora, les confieso que amaría ser una buena tejedora porque dicen que es la mejor terapia para despejar la mente, pero, ya ven, ni la rabia más empecinada logró que el olmo diera peras.

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