Niki de Saint Phalle
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Niki de Saint Phalle

Por Daniela Merino Traversari.

Fotografías: Shutterstock, Wikipedia y cortesía del MOMA.

Edición 466 – marzo 2021.

Los aficionados al arte que viajen a Nueva York en los próximos meses no se pueden perder la exhibición de la artista franco-americana Niki de Saint Phalle en el MOMA PS1. La muestra se titula Niki de Saint Phalle: Structures for Life y estará abierta hasta septiembre. Como un abre­bocas, aquí nos acercamos al conjunto de la obra y la vida de esta genial artista.

Esculturas monumentales, un tanto infantiles, pero de formas voluptuosas que emanan poder sobre la vida, sobre el sexo masculino, libres por encima de la rígida condición de ser mujer. Colores avasallantes, líneas serpenteantes, formas simples pero seductoras. Su arte es un festival de vida, una celebración al frágil movimiento de existir, de estar vivos a pesar de las cicatrices que llevamos en la psiquis y en la piel tatuadas por el trauma y el dolor.

Niki de Saint Phalle es una artista provocadora. La rebelión está en su san­gre. Su arte es la consecuencia de una educación rígida y radical y de un acon­tecimiento traumático que la empujan a cuestionar intensamente la estructura pa­triarcal y el sistema de creencias en el que había crecido. Estas inquietudes comien­zan a tomar fuerza en la década de los se­senta, años en los que comienza a gestar­se el movimiento feminista. Su material biográfico la ayuda a crear un lenguaje auténtico, cargado de simbolismos y de historia. Su mundo artístico y su mundo personal siempre estarían íntimamente entrelazados. Con el paso del tiempo, lle­garán a conformar un solo universo en el majestuoso Jardín del Tarot.

La artista franco-americana avanza firme sobre un camino que la lleva de la oscuridad a la luz y de la opresión a la li­bertad. Sus obras son su biografía de vida y su vida es el material para la construc­ción de obras que nos conmueven por su voluptuosidad, por su cromática avasa­llante y su cruda belleza, pero sobre todo por una inmensa dosis de verdad que devela violencia y turbulencia. La artista utiliza sus situaciones de vida para crear, para gritar, para buscar siempre la justicia y la verdad.

BELONGS TO ROSY, 1965.
En 1964 comienza una serie de esculturas llamadas NANAS, que son tres figuras femeninas de formas voluptuosas y vivos colores. Se encuentran en Hanover, Alemania.
BUDA, 2008, Yorkshire, Reino Unido.
LOS FUTBOLISTAS, 1993, Museo Olímpico de Lausana, Suiza.
LOS BAÑISTAS, 1984, Fundación Pierre Gianadda, Martigny, Suiza.

El arte como salvación

Niki de Saint Phalle nace en una fa­milia aristocrática de Francia, que data de la época de las cruzadas. Desde muy pequeños, ella y su hermano menor Ri­chard escuchaban las historias legenda­rias y heroicas de los caballeros De Saint Phalle que les contaba su abuelo antes de ir a dormir. Los castillos de la familia estaban repletos con el símbolo del ape­llido, pintado en las paredes y tallado en las chimeneas o los pasamanos junto a criaturas míticas medievales.

Estas historias y figuras se instala­ron en el imaginario de Niki desde una edad muy temprana y pronto ella misma inventaría historias fantásticas como si fuera uno de esos caballeros medievales o la propia Juana de Arco. Su arte tiene este matiz onírico; muchas veces incluye el movimiento y los colores de la fanta­sía. Desde sus Nanas (1964-1973) hasta las ilustraciones de sus libros y sus gran­diosas esculturas regadas por el mundo entero (como las de la fuente Stravinsky afuera del Centro Pompidou en París), observamos esos colores explosivos, la teatralidad de su volumen, de sus gestos acentuados en el aire, como personajes de un mismo guion.

Su madre la había dejado con sus abuelos desde muy chica para poder vol­ver a Nueva York junto a su esposo André Marie de Saint Phalle, quien había perdi­do toda su fortuna en la Gran Depresión de 1929. A mediados de los años treinta, Niki abandona la campiña francesa para regresar a Nueva York a reencontrarse con su familia, la cual no tardó mucho en recuperar su fortuna y vivir el sueño americano en un departamento al lado de Central Park. Niki vive los privilegios de la burguesía neoyorquina en una ciu­dad que es el símbolo de la modernidad americana. Cincuenta años después, di­bujaría, escribiría y utilizaría fotografías pintadas para hablar sobre su infancia y sus aventuras en las calles de Manhattan.

Estudió en un convento católico. Su vida estaba destinada a ser la de una es­posa obediente y subyugada, igual a la de su madre. El padre, por otro lado, un hombre cálido, era muy cercano a Niki. La entretenía con sus historias fantásticas y su gran sentido del humor. Lamenta­blemente esta relación terminaría en el verano de 1942.

A Niki de Saint Phalle le tomará cin­cuenta años contar lo que había sucedido con su padre aquel verano del 42. En su libro Mi secreto, lo cuenta de forma explí­cita. Ese fue “el verano de las serpientes”, animales que veremos en su obra de ma­nera recurrente. En unas vacaciones en el campo norteamericano, Niki se enfrentó a dos serpientes entrelazadas en una roca que bloqueaban su camino. Se quedó pe­trificada y aterrorizada frente a las cria­turas que fueron una premonición. “Ese verano mi padre pondría su pene en mi boca”. Y como toda niña que es abusada sexualmente, Niki enterró ese dolor al fondo de su mente y de su alma. Su pa­dre, que era un importante banquero y un aristócrata, la había contaminado para siempre.

La herida llegaría a lugares muy profundos de su ser, de su historia de vida como mujer y como artista, como esposa y como madre, y se iría develan­do poco a poco en sus obras. Shooting Paintings (1961-1963) es un trabajo que refleja ese deseo de expulsión del dolor, de catarsis, de hacer terapia con el arte. En esta serie, el espectador se convierte en un participante directo en la crea­ción de la obra. Este dispara a la pintura con un rifle y esta explota en color. El lienzo se transforma en un cuerpo ado­lorido que sangra. Esta es su primera obra performática.

Una década después de la violación, Niki, de veintitrés años, descubre que su marido, Harry Mathews, la estaba enga­ñando con una vecina. La artista sufre un colapso nervioso y termina internada en un hospital psiquiátrico. Era imposible para ella seguir reprimiendo el dolor de aquel abuso en su infancia. Esta vez lo vol­vía a vivir a través de la infidelidad de su marido, expresándose en fuertes ataques de ansiedad y depresión. En la desolación del hospital el dibujo se manifiesta como un antídoto contra el dolor. Como un impulso que surge desde muy adentro, como una fuerza volcánica, y esta forma de arte se convierte en obsesión. Esto era lo que necesitaba para atarse a la existen­cia y superar los dolores y las injusticias de su historia. Le salía de sus entrañas el trazar líneas, combinar colores, abarcar el papel con un nuevo lenguaje que la se­ducía por completo. El arte la salvaba, era su ancla, su terapia, su religión. Entró a la clínica psiquiátrica muy perturbada y a las seis semanas salió con la determina­ción de convertirse en artista.

Niki desarrolló un lenguaje propio de manera intuitiva. No le interesó se­guir cursos de arte, pero supo muy bien quiénes eran los artistas de su época y lo que estaba sucediendo en el escenario artístico. Comenzó a pintar frenética­mente y las primeras obras nos mues­tran graciosas figuras en movimiento. Figuras femeninas como su hija Laura, bailando. Estas figuras las encontra­remos a lo largo de su obra. Primero como mujeres sórdidas, ensamblajes de figuras pálidas que dan a luz a decenas de niños de plástico; luego como escul­turas tétricas de novias deformes y, más adelante, como las grandiosas Nanas. Esculturas gigantes y emblemas de la creación. De bustos enormes. Con sus cuerpos pintados de todos los colores, caminando en el aire. Bailando en li­bertad. Proclamando en cada gesto su belleza, su naturalidad, su fuerza que también es su fragilidad. Violentas y sexuales. Enormes porque los hombres son enormes. Ellas entran en el espacio público a regañadientes, pero logran entrar y quedarse para siempre.

EL JARDÍN DEL TAROT, 1978-1995

Todo empezó hacia finales de los años setenta, después de que Niki de Saint Phalle visitara el célebre parque Güell de Antonio Gaudí. Durante diecisiete años, ayudada por varios operarios y por un equipo de artistas, realizó veintidós estatuas. El Jardín se halla en la colina de Gravicchio, en la Toscana de Italia, y ocupa dos hectáreas.

Litografía del bosquejo del proyecto EL JARDÍN DEL TAROT.

Los sueños son todo

Cerca de cumplir los treinta años se separó de Harry Mathews y de sus hijos para dedicarse a su trabajo artístico por completo. Se mudó a París abandonando para siempre la vida de opulencia. En el corazón de Montparnasse se dejó seducir por la pobreza romántica de unos artistas que vivían en comunidad y se enamoró de un escultor suizo que comenzaba a darse a conocer en el mercado del arte francés, Jean Tinguely, quien creaba es­culturas de alambre y de metal, máquinas que no hacían nada pero que apelaban a un irónico comentario sobre el mundo industrial.

Niki admiraba la tenacidad de Tin­guely, quien venía de una familia muy pobre y hacía todo por el arte. Él le dio la seguridad de ser artista. A ella le preo­cupaba mucho no poder dibujar en pers­pectiva, y Tinguely, solucionando de un tajo sus conflictos artísticos, le respondió: “La técnica no es nada, los sueños son todo”.

Eso hizo Niki: soñar sus sueños de arte; y su más grande sueño siempre fue el Jardín del Tarot.

Aquel sueño lo tuvo a los veinticin­co años cuando visitó el parque Güell en Barcelona, del arquitecto catalán Anto­nio Gaudí. Niki perdió la cabeza con las formas orgánicas, monumentales y sen­suales del espacio. Aquella misma tarde se puso a estudiar la técnica de mosaico y collage que cubría las diferentes formas arquitectónicas. Soñaba en construir un lugar así, de figuras gigantescas y colores vibrantes y sabía que podía hacerlo, pero tendría que esperar mucho tiempo hasta madurar como artista.

Otros veinticinco años pasarían hasta que se mudara sola a un bosque en la mi­tad de La Toscana. Las cartas del tarot se­rían su inspiración y haría figuras monu­mentales fundidas en sus preocupaciones feministas, la más impactante de todas: la imponente emperatriz, una Nana de ta­maño gigante y en forma de esfinge.

“Este trabajo fue el amor de su vida”, dice su nieta, “cuando se comprometió a hacer este jardín no quiso ningún aman­te, porque el jardín era su amante”. Gra­cias a la magnitud de este amor, Niki de Saint Phalle pudo demostrar que una mujer era capaz de construir un lugar de semejante belleza y enormidad. Y en un acto feminista de persistencia, cumplió un sueño de arte que justificó todo el do­lor que implicaba su existencia.

La artista comenzó a utilizar el método POP GUN en 1960. El método pasó de ser un acto de rebelión personal a un diálogo que involucró al público sobre la situación política en esa década turbulenta.

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