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Nick Drnaso, notario involuntario (del fin) de su época

por Ivonne Guzmán

Nick Drnaso

A través de sus novelas gráficas, sin habérselo propuesto, Nick Drnaso hace un paneo por algunos de los conflictos más complejos de la sociedad estadounidense. Sus viñetas permiten asomarse a los espacios cotidianos y, generalmente, pasados por alto en los que se está cociendo la implosión de uno de los proyectos políticos y sociales más importantes del mundo.

“Historietistas y artesanos nos sentamos en la mesa de los niños”, dijo en una entrevista reciente Roz Chast —la aclamada caricaturista de The New Yorker—, en referencia a esa especie de destierro al que historietistas, caricaturistas y novelistas gráficos han sido confinados.

En esa mesa, sin la supervisión de la alta cultura y a sus anchas, han surgido algunas de las piezas más potentes de la narrativa contemporánea: Maus de Art Spiegelman o Persépolis de Marjane Satrapi, por poner dos ejemplos al paso. Nick Drnaso ni siquiera soñaba con sentarse en esa mesa olvidada en los confines de la fiesta, pero ahí está desde que en 2018 Sabrina se convirtió en la primera novela gráfica, y hasta ahora la única, en ser considerada en la lista larga del prestigioso premio literario Booker Prize. Sin embargo, eso no es lo más interesante de la obra de Drnaso.

Notario involuntario de su época, Drnaso ha escrito y dibujado una trilogía que capta con una precisión tan deslumbrante como espeluznante la atormentada alma/psique estadounidense. Las 604 páginas que conjuntamente tienen Beverly (2016), Sabrina (2018) y Acting Class (2022) conforman un testimonio que deja la extraña sensación de estar leyendo una radiografía; de estar viendo a través del cuerpo informe de ese experimento social y político que llamamos Estados Unidos.

Las historias y personajes que pueblan las viñetas creadas por Drnaso son los mismos que habitan su entorno: la clase media trabajadora, la masa desperdigada por los suburbios estadounidenses. Él puede dibujarla y hacerla pensar, hablar y sentir de la forma en que lo hace porque es parte de ella.

Apenas ahora puede dedicarse exclusivamente a su obra, porque, incluso después de publicar Sabrina, Drnaso seguía yendo de ocho a cinco a una fábrica de ornamentos con dedicatorias pintadas a mano o haciendo trabajos de portería y limpieza (en la misma onda de Philip Glass que siguió siendo taxista y plomero cuando ya había estrenado su ópera Einstein on the beach). Un notario, en la segunda acepción de la palabra: persona que deja testimonio de los acontecimientos de los que es testigo.

El mismo Drnaso, como una forma de escape de la realidad, siguiendo la estela de millones de sus congéneres en Estados Unidos y el mundo entero, en su adolescencia, fue consumidor voraz del contenido más abyecto de Internet: negacionistas, conspiracionistas, antiglobalistas, célibes involuntarios (conocidos en inglés como incels), supremacistas blancos, misóginos… Una fauna que fue parte de su paisaje durante el tiempo suficiente como para poder retratarla con fidelidad pasmosa. En retrospectiva, hiela la sangre porque ha podido captar, por ejemplo, al hombre promedio que asaltó e intentó destruir el Capitolio durante el infausto 6 de enero de 2021.

Un paneo por su obra

Si leer Sabrina apenas se publicó era inquietante y dejaba la sensación de estar frente a un documento clave para la época convulsa y confusa de los primeros años de Donald Trump en el poder, volver a sus páginas después del ataque al Capitolio es descorazonador. En esta novela Drnaso da vida a diferentes personajes que de una u otra forma alertan —eso sí, sin proponérselo, porque su obra no es moralista ni busca aleccionar— de esa combinación fatal de miedo, escepticismo exacerbado, soledad e ignorancia que se convierten en la chispa que enciende el fuego de todas las desgracias colectivas.

Con Beverly y Acting Class pasa algo similar. Recorrer sus viñetas es enfrentarse a un catálogo de taras que aquejan a la sociedad: la crueldad grupal para castigar al diferente, la desolación que ha pasado a reemplazar a la soledad, la paranoia que incapacita para vivir en sociedad y un largo etcétera. Lo que se agradece a Drnaso es la elegancia y contención con la que es capaz de contar lo horrible, ahorrando al lector las escenas escabrosas.

Como ya empezó a hacerlo en un pequeño ensayo gráfico de su época de estudiante de ilustración en el que da cuenta del abuso sexual que sufrió de niño, que apenas queda sugerido con una puerta de baño cerrada. Drnaso no se explaya en la violencia, no es necesario. El contexto y la temperatura emocional de sus escenas —lograda a punta de color y gestos sutiles— son suficientes e incluso potencian el efecto.

Quizá la única licencia que se permite está en una de las historias que componen Beverly, “Little King”, en la cual un adolescente retraído, que no emite una sola palabra, imagina orgías, desmembramientos o cuerpos abiertos en canal, sin ningún motivo aparente, mientras interactúa con sus padres y hermana. En una entrevista con la radio canadiense CBC, Drnaso cuenta que sin habérselo propuesto ese adolescente seguramente es una especie de alter ego suyo a esa edad, un chico lleno de rabia contenida.

Acting Class es el más críptico de sus tres libros; no obstante, logra asir y mostrar esa especie de terror a la intimidad que caracteriza a la sociedad estadounidense. Las raíces de esta fobia compartida, como Drnaso va planteando panel a panel, se nutren de una incapacidad de ver y entender al otro. La otredad, siempre, como la piedra en el zapato de uno de los proyectos sociales y políticos más importantes de los últimos dos siglos a escala mundial. Esta tercera novela también evidencia una paradoja: mientras se repele al otro, paralelamente se expande, como una epidemia, la soledad.

Así, los diez personajes que entran y salen de escena en Acting Class no tienen más remedio que acudir al simulacro —en forma de improvisadas clases de actuación— para vivir la cercanía y la intimidad. Un parecido demasiado perturbador con la vida filtrada y simulada detrás de pantallas, apps y redes sociales a las que, según la consultora de mercadeo Demand Sage, 302 millones de los 332 millones de estadounidenses están voluntariamente sometidos. Drnaso no juzga, solo junta los elementos y cuenta. De manera soberbia.

Un trauma, un refugio, un arte

Obsesivo, compulsivo, propenso a la autorreclusión y atraído por los abismos de la condición humana: de esta manera se describía a sí mismo Nick Drnaso —con su voz tenue e inquietantemente libre de cualquier inflexión emotiva— en una entrevista con la radio canadiense CBC a finales del año pasado. Todas estas características son la materia prima de su arte y son también los efectos inevitables de un trauma.

Drnaso, como apuntó DT Max en The New Yorker en 2019, se ha inclinado por la línea más clásica en su camino de novelista gráfico al alejarse de la narración autobiográfica —tan común entre sus pares— y crear un universo con gente imaginaria y sus pequeños conflictos. Su narrativa se hermana también con la vena creativa, oscura y de exquisitez estética del cine de David Lynch, esa en la que realidad y sueño se entrecruzan, y no todo es posible de ser explicado; cosas incomprensibles ocurren en ambos mundos creativos.

También tiene una cualidad premonitoria, como la literatura de Philip Roth, que con La mancha humana registró y vaticinó a la vez el tsunami de corrección política llevada al paroxismo por las élites intelectuales estadounidense hasta el punto de borrar todo rastro de sensatez en algunos entornos académicos. Lo que a inicios del siglo XXI parecía una exageración nacida de la imaginación de Roth, más de veinte años después, es pasto de titulares de prensa y fuente de sufrimiento y autodestrucción. En su segunda novela, Drnaso hizo un poco también las veces de oráculo. Por ella circulan algunos de los personajes que ya han comenzado a acabar con las instituciones estadounidenses como las hemos conocido hasta ahora.

Poco antes de publicar Sabrina (durante el breve período en que decidió que no quería que nadie viera ese libro y que no permitiría su publicación), se sinceró con sus padres y su esposa, y sacó a la luz el tormento que lo acompañaba desde que tenía diez años, cuando un vecino adolescente empezó a abusar sexualmente de él.

De todos sus intentos de huir del dolor, dibujar fue la actividad que le ofreció el refugio más duradero y gratificante. Lo primero que empezó a dibujar está en las antípodas de su estilo minimalista actual, pues tenía claras reminiscencias de las esperpénticas portadas de la música heavy metal que escuchaba sin cesar, según contó en alguna de las muchas entrevistas que le han hecho desde su indeseado salto a la fama.

Hasta ahora Drnaso evita hablar de Sabrina y todas las expectativas que su buena acogida en el mundo editorial y entre los lectores puso sobre él. Inmediatamente después de haber sido listado para el Booker, rechazó la notoriedad y lo que él entendió como una imposición de ser el portaestandarte de la novela gráfica en un espacio en el que normalmente esta no tiene cabida.

Incluso llegó a renegar de su éxito. Pasado el impacto, actualmente, entiende el fenómeno que se desató y agradece que haya abierto puertas a un género que aún se mueve en los márgenes. Sin embargo, prefiere pasar la página y concentrarse en su nuevo proyecto, que mantiene en secreto, pero que adelantó en una entrevista con The Guardian, le permite experimentar con la creación de sus personajes como pequeñas esculturas.

Aunque ahora puede dedicarse a tiempo completo a su obra y goza de una modesta fama, quién sabe si Drnaso sigue trabajando en su casa de Chicago bajo esta filosofía que pone en boca de uno de sus personajes de Acting Class: No poner mucha autoestima en ningún trabajo. Porque lo que de verdad importa, y en general, la vida, suele estar en otra parte.

Nick Drnaso
  • Nick Drnaso nació en Palos Hills, Illinois, Estados Unidos, en 1989, hijo de un trabajador de una compañía de telecomunicaciones y una profesora asistente de primaria; su hermano trabaja en una bodega y como chofer de Uber.
  • Durante su adolescencia, buena parte de sus lecturas abordaban asesinos en serie, la tragedia de Chernóbil y otras formas de terror de grueso calibre.
  • Actualmente está casado con una colega historietista, Sarah Leitten, quien, además, es dueña de una florería en Chicago.
  • El radiodifusor de Sabrina está inspirado en el conspiracionista Alex Jones, de Infowars, un programa radial extremista que negaba la matanza de la escuela Sandy Hook en 2012 y que recientemente fue condenado y obligado a pagar cerca de mil millones de dólares en indemnizaciones a los familiares de las víctimas que han sufrido por años el acoso que desató su programa.
  • La editorial Drawn & Quarterly subestimó la acogida que tendría Sabrina e imprimió muchísimos menos ejemplares que los que la demanda mundial exigía. Durante un tiempo la aclamada novela no se encontraba en ningún lado.

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Acerca de Ivonne Guzmán

Periodista desde 1994, especializada en ciudad, cultura y arte. Columnista de opinión desde 2007. Tiene una maestría en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar. Autora del libro «La pintura social. Tres mujeres en el mundo del arte de los años 30» (UASB, 2022) y coautora del libro «Batallas cotidianas. Quito 1808-1822» (Dinediciones, 2023).
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