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Nativos americanos en las élites de Europa

por Paulina Gordillo Tejada

Miles de nativos americanos se embarcaron hacia Europa durante la conquista y la época colonial: si bien la mayoría viajaba como esclavo, un nutrido grupo pertenecía a las élites indígenas o eran mestizos legítimos que iban a exigir privilegios y fundar linajes dinásticos que perviven en la actualidad.

Nativos americanos
Encuentro de Hernán Cortés y el cacique Moctezuma.

La llegada de Colón al Nuevo Mundo no solo provocó la europeización de América, sino también una irremediable, lenta y poco reconocida americanización de Europa. En esta incipiente globalización en la que las personas, las ideas, los animales, los alimentos, las mercancías y hasta los virus circularon a escala planetaria, los indígenas y los mestizos jugaron un papel clave, aunque poco difundido por la historiografía tradicional.

De todo lo que se ha escrito y reseñado, de entre todas las crónicas de Indias que se han rescatado y estudiado, sigue habiendo algunos hechos que, por su aparente naturaleza anecdótica o su escaso interés antropológico, apenas se reflejan en los libros de historia.

Uno de ellos es que, contrario a lo que se suele pensar, no solo un puñado sino varios miles de indígenas, de manera forzada o voluntaria, se embarcaron hacia el Viejo Continente para servir de guías, intérpretes, informadores, esclavos, curiosidades, trofeos, artistas, aprendices, herboristas, cocineros, nodrizas o evangelizadores.

También cruzaron el Atlántico decenas de miembros de las distintas noblezas indígenas para exigir ante el rey los privilegios que su rango y su colaboración con la conquista merecían, al igual que un significativo número de mestizos legitimados que, gracias a la fortuna de sus padres, pudieron integrarse a las élites de varias ciudades españolas.

En busca de reconocimiento

A lo largo del siglo XVI, un gran número de caciques o curacas de distintos reinos indígenas visitaron la Corte de los Habsburgo, buscando el reconocimiento de su estatus, la confirmación de sus privilegios y la integración a la nueva sociedad en formación.

Se han documentado numerosos casos de reconocimiento de hidalguía y de concesión de escudos de armas a caciques que habían sido útiles para el gobierno de la Corona. “Tenía un sentido administrativo”, asegura el doctor en Historia Moderna Gonzalo J. Herreros Moya, en una conferencia dictada en 2016, en Córdoba. “América estaba muy lejos y los caciques colaboracionistas tenían que ser premiados por el control de los colonos”, concluye.

El primer arribo del que se tiene constancia es el de los descendientes del último emperador mexica Moctezuma Xocoyotzin, en 1528. Se sabe que al menos quince dignatarios viajaron a la península como parte de la primera comitiva de Hernán Cortés. Tres décadas después, uno de sus sucesores más famosos, su nieto Juan Cano Moctezuma, se casó con la hija de un nobilísimo español y fue reconocido por la Corona como heredero de los señoríos de su abuelo. Reedificó un palacio en Cáceres que hoy se conoce como Palacio de Moctezuma. Su hijo Pedro fue el primer conde de Moctezuma en España.

Se generó, entonces, una línea de nobleza con el apellido Moctezuma y la mayoría de sus herederos se dispersaron entre Madrid, Andalucía y Extremadura. De acuerdo con la historiadora Blanca Barragán Moctezuma, para 2020, se contaban en torno a 350 descendientes españoles del emperador azteca.

El número de viajeros de la zona andina fue considerablemente menor que los de Mesoamérica. El periplo era largo, costoso y peligroso: había que embarcarse en Callao, cruzar Panamá, llegar a La Habana y hacer una travesía de varias semanas hasta la otra orilla del océano. Algunos partían con la precaución de redactar su testamento, pues la travesía hasta el Viejo Mundo podía durar hasta dos años.

Mientras que las delegaciones mesoamericanas solían hacer viajes frecuentes con estadías cortas, las andinas se beneficiaban de la política de exilio dorado durante mucho tiempo. Desoían las órdenes de volver a sus países y acudían a la Corte en reiteradas ocasiones para demandar privilegios, presentar quejas por los abusos cometidos por conquistadores y encomenderos, y aprovechar al máximo la protección real.

El caso ecuatoriano

“Hubo una movilidad intercontinental entre los siglos XVI y XVII por parte de los herederos de ciertos curacas, tanto incas como quiteños”, afirma el investigador ecuatoriano en ciencias antropológicas, Hugo Burgos Guevara, en el artículo publicado en el Boletín de la Academia Nacional Historia de 2018. Apunta, además, que la diáspora desde los puertos de Guayaquil o Cartagena se produjo, sobre todo, entre 1583 y 1633.

Así, por ejemplo, el cacique de Ipiales, don Pedro de Henao, se embarcó en 1586 y se presentó ante el rey alegando haber convertido a más de tres mil indios infieles, sin ser gratificado por ello. Felipe II expidió una cédula en la que lo nombró gobernador y le asignó quinientos ducados que serían destinados a la compra de ornamentos para la iglesia de su ciudad.

El año siguiente el cacique de Cayambe Hierónimo Puento —nieto de Nazacota Puento— acudió a la Corte argumentando que había apoyado a la Corona y defendido su tierra durante diecisiete años contra los incas. Llegó a Madrid acompañado de su hijo Fabián, quien, a su retorno, fue nombrado alcalde de Ibarra conforme sus peticiones.

Alonso Atahualpa, nieto del inca Atahualpa, viajó a España para solicitar un aumento de renta “hasta los dos mil pesos de buen oro”. Argumentaba que “su renta no le alcanzaba y padecía necesidad”, a pesar de tener varias propiedades en Cumbayá y Puéllaro, y doce indios libres a su servicio. “Dio muestras de veneración, casi alienación por la sociedad española”, señala el investigador. Su “vida alegre y dispendiosa”, conocida por su afición a la mercadería castellana de lujo, las tabernas y las deudas, lo llevó a prisión durante una temporada.

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Interpretación pintada por Nicholas Eustache Maurin de Hernán Cortés y la Malinche, 1519.

Los huancavilcas Juan y Tomás Caiche, hijo y nieto respectivamente de la reina de los chonos, doña María Caiche, cuyos dominios se extendían por casi toda la provincia del Guayas, acudieron a Madrid a solicitar “permiso para pasar a la Corte, conocer las Españas y ponerse a los pies de Su Majestad”. Esto en reconocimiento a la cacica doña María, que había auxiliado a una nave española que estuvo a punto de naufragar.

Más allá de las recompensas y las autorizaciones para “vestir como españoles, traer espada y daga”, Burgos Guevara asegura que ansiaban “asistir a la vivencia de un mundo imaginado, gracias a la nueva era moderna, propiciada por el arte, la imprenta y la tradición oral”.

Aristocracia mestiza

La situación de los mestizos dependía de que fuesen o no reconocidos por su progenitor. La Corona española se mostró especialmente favorable a la llegada de mestizos legitimados a la península, “con la intención de calmar los ánimos de un grupo particularmente activo e inquieto”; así lo puntualiza el arqueólogo francés Éric Taladoire en De América a Europa (2014).

En ese libro el historiador Esteban Mira Caballos asegura que “el número de mestizos que se estableció allí fue tan elevado y su poder económico tan importante que es posible hablar de una verdadera aristocracia mestiza”.

El primero fue Martín Cortés el Mestizo, hijo de Hernán Cortés y la Malinche, una mujer náhuatl que hizo de intérprete y consejera del conquistador. En 1529 Cortés obtuvo del papa Clemente VII el reconocimiento oficial de su hijo que, por aquel entonces, tenía unos seis años. A raíz de ese reconocimiento, pudo entrar en la Orden de los Caballeros de Santiago y figurar como paje en la Corte de Felipe II.

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Francisca Pizarro Yupanqui.

Francisca Pizarro, primogénita de la princesa Quispe Sisa Yupanqui (hija de Huayna Cápac) y de Francisco Pizarro, fue exiliada a España en 1552. A su llegada, recibió una misiva del rey, a modo de bienvenida, reconociendo tácitamente su estatus social. La confluencia en su sangre de las dos fuerzas políticas más importantes de la época provocó que, desde muy joven, fuera utilizada como rehén de oscuros intereses.

Se urdieron para ella matrimonios con dos hermanos de su padre y se convirtió en la ñusta (noble inca) más acaudalada de la Corte de Madrid y cabeza de la nobleza mestiza de la Castilla del siglo XVI. Invirtió gran parte de su fortuna en lujos y caridades, enviudó y, a los 44 años, se saltó los convencionalismos de la época para cometer la “locura” de casarse por amor con un noble venido a menos.

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El Inca Garcilaso de la Vega.

Otro mestizo que destacó en Europa y, quizá el más célebre de todos, fue el Inca Garcilaso de la Vega. Hijo de Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas y de la princesa inca Chimpu Ocllo, llegó a España en 1560. Hablaba y escribía en español y latín con fluidez y dejó una obra fundamental sobre la civilización inca y la conquista.

Sayri Túpac, hijo de Manco Inca y nieto de Huayna Cápac, firmó un tratado de paz por el cual su hija Beatriz —la última princesa inca— se casaría en 1572 con el sobrino nieto de san Ignacio de Loyola, Martín García de Loyola, uniendo la casa del inca con la casa de Loyola. Su hija, Ana María Lorenza, contrajo matrimonio en 1611 con Juan Enríquez de Borja y se convirtió en marquesa de Santiago de Oropesa. Sus descendientes ostentan en la actualidad dicho título.

Pese a que en todo momento fueron una minoría, los mestizos llegaron a crear una cierta conciencia de grupo y a tejer redes de apoyo mutuo que les permitieron convertirse en una élite emergente, conocedora de sus derechos, bien integrada en la sociedad y en la genética española.

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Acerca de Paulina Gordillo Tejada

Periodista y escritora. Trabajó durante años en el sector editorial. Reside en Galicia y colabora como reportera free lance para diversas publicaciones locales. Dirige, además, un taller de escritura creativa para niños.
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