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Natalia García Freire, la cadencia

por Cecilia Velasco

La obra de la cuencana Natalia García Freire ha sido destacada por periódicos como El País y The New York Times. Razones para las ovaciones hay muchas, pero por ahora solo diremos que la responsable es su prosa impetuosa que aborda problemas universales y se vale de elementos y memorias locales.

Natalia García Freire
Fotografía: Joshua Degel

Su nombre se suma al de María Fernanda Ampuero y Mónica Ojeda, publicadas en España. De hecho, en 2019, una editorial independiente de ese país sacó a la luz Nuestra piel muerta, que transcurre en una vieja mansión rural, por cuyas fisuras se cuelan los mismos insectos que surgen de la carne putrefacta; allí, el protagonista vive epifanías y pesadillas.

Portada del libro "Trajiste contigo el viento" de Natalia García Freire
Trajiste contigo el viento, 2022. Una novela supersticiosa, onírica, religiosa y llena de realismo mágico.

Poco después, llegaría su segunda novela, Trajiste contigo el viento, en la que nos adentramos en un universo rural de resonancias mitológicas. Varios narradores relatan la historia de Cocuán, el pueblo creado por García Freire.

Los lectores están frente a una narradora de voz muy original, que crea universos ficticios autónomos, apropiándose de huellas locales. Su paso por el periodismo de viaje, su estadía en España, las lecturas y métodos de trabajo que construye son aspectos de su trayecto como escritora que enriquecen el interés por su literatura.

—¿Cómo empezaste a escribir?

—No empecé hace tanto. Mi primer proyecto narrativo fue Nuestra piel muerta (España, La Navaja Suiza, 2019) con todas las búsquedas que eso implica: la estructura, el enfoque, un mundo metafórico particular, el saber que se trataba de algo más que contar una historia. Antes había escrito cuentos, pero con esa primera novela me di cuenta del deseo de responder preguntas muy íntimas.

—Cuando hablas de preguntas, me surge esta: ¿Se investiga para escribir?

—Cuando doy clases de novela en la Escuela de escritores, les digo a los talleristas que no existe escritura sin investigación previa, y no solo en la novela histórica, y en archivos, sino que hay una investigación personal, que se recoge en los diarios que acompañan la escritura de ficción, los que indagan sobre las imágenes relacionadas con los sueños y el inconsciente. La otra parte de la investigación tiene que ver con el lenguaje, el mundo semántico y metafórico. Ahí surge el texto.

Portada del libro "Nuestra piel muerta" de Natalia García Freire
Nuestra piel muerta, 2019. Fue elegida por The New York Times como uno de los mejores libros en español de ese año.

—En Nuestra piel muerta, hay un gran campo semántico relativo a la naturaleza. ¿Consultas diccionarios especializados?

—Además de registrar lo que desde el arte tenga que ver, por ejemplo, con insectos, también consulté mucho manual entomológico, porque más importante que investigar hechos es descubrir otra poética en la ciencia: hay descripciones de insectos que son un poema y ya no se necesita agregar nada. Cuando escribo, exploro miradas que juntan varias disciplinas, como las de John Berger, Roberto Calasso o Susan Sontag.

—¿Cuánto ha cambiado tu horizonte de lectura?

—Releí casi todo lo que tenía en la casa. Como mis papás tienen un almacén de antigüedades, había diccionarios antiguos bilingües de español y kichwa, y libros que se vendían como antigüedades. Además, estaban Mark Twain y Cortázar, Borges, García Márquez. Antes de escribir Nuestra piel muerta, en España, viví un gran cambio, porque pude descubrir voces con las que me sentí más cercana, como David Foster Wallace, todos los posmodernos norteamericanos de los que no había ni escuchado, así como Sara Gallardo o Armonía Somers.

—¿Cómo fue el proceso para publicar tu primera novela?

—El hecho de haber estado en la Escuela de escritores, donde culminé mi máster, fue importante, porque esta se convierte en un mediador. Cuando regresé al Ecuador, me dijeron que una editorial que me gustaba, La Navaja Suiza, estaba interesada en el manuscrito final de mi novela, y yo mandé la obra de inmediato, feliz.

—Tu castellano versus el de la editorial española: ¿hubo problemas?

—Creo que solo hubo un debate porque hay un personaje que dice: “Vos sois porfiado”, y yo les explicaba a mis editores sobre ese modo de hablar, heredado de mi abuela. Esa editorial tiene un interés muy grande por respetar los estilos de escritura y por entender que no se escribe en un idioma neutro, si bien en España todavía hay gente que se resiste a aceptar que el español es mucho más rico que el castellano castizo.

—Hubo una recepción estupenda de esa obra. Luego, vino Trajiste contigo el viento (2022) que tiene ecos bíblicos...

—Me eduqué en el colegio Rosa de Jesús Cordero de las catalinas, donde leíamos la Biblia. También ocurría que, aunque no me gustara, sonoramente era precioso rezar el Ángelus a las doce del día. Esa letanía rítmica también representa un diálogo: alguien te está hablando y tú le respondes. Tenía la sensación de que, cuando se aprenden oraciones de la misa, hay un gran recitado rítmico y al mismo tiempo estaba aprendiendo una canción. También el lenguaje está presente, todo el tiempo.

—¿Esa belleza puede convertirse en una cárcel?

—Una cosa es que el aspecto tan sonoro de la fe implica al lenguaje y su cadencia, pero también el fervoroso espíritu católico influye en el ocultamiento o la repetición para no hablar de frente de ningún tema. Por otro lado, de pequeña ayudaba a mi mamá a hacer los avalúos de crucifijos de Caspicara y ella tenía una visión muy estética del arte religioso. Recuerdo que yo notaba las diferencias entre el Cristo que tenía el último brillo antes de la muerte, el Cristo agónico y el ya muerto: eran imágenes entre divinas y violentas. Tuve una formación estética también en el arte popular, con sus ángeles rechonchos, y era evidente una tensión muy pequeñita con lo que podría ser un retablo diabólico...

—Tu última novela tiene varios narradores. ¿Se plantean exigencias para el lector, al haber una especie de rompecabezas?

—Aunque no me gusta mucho leer novela negra, siento que ahí el autor domina la trama... y yo no, pero formulo líneas de tiempo y de hechos de lo que ocurrió en Cocuán: cuándo y cómo pasó, y verifico que haya coherencia. Si hay huecos para el lector, se subsanan con las voces de los personajes. Suelo dar el manuscrito a un par de lectores, para tener sus opiniones. Siempre me ha interesado el rompecabezas como forma literal, pero me importa sobre todo el sonido, que al final de cada capítulo quede una cadencia.

—El epígrafe de Trajiste contigo el viento está tomado de una serie de TV y veo también influencias del cine…

—El epígrafe viene de la serie Twin Peaks, creada por David Lynch, que toma el formato de la telenovela norteamericana. Trata de un asesinato en un pueblo, en el que a todos les interesa saber más del asesino que de la víctima. También hay elementos fantásticos, como una habitación onírica, en una dimensión en el bosque. Durante mi infancia, tuve un vínculo emocional fuerte con la televisión, y es que hablamos mucho de realismo mágico en la literatura, pero nos olvidamos de las telenovelas, sobre todo las de los ochenta, en las que se aborda con menos vergüenza un universo popular y místico latinoamericano.

—Cocuán, escenario de esta novela, me sonaba a Macondo o Comala pero, ¿has declarado que es el nombre genérico del Clonazepam?

—A mí me suena también parecido a Cuenca; sin embargo, pienso también en el gotero, que ya no tomo, de Clonazepam, con su algo de mágico y tenebroso. Había padecido problemas de insomnio, y es extraño tomar alguna medicina, sea para dormir o para estar despierta. Experimenté la sensación de que no estaba controlando algo de mi vida, que se convirtió en un imaginario lleno de cosas relacionadas con la pesadilla.

—En tu obra narrativa aparece el tema de la crueldad humana. ¿Es una elección consciente?

—Cuando escribía la última novela, me habían diagnosticado bipolaridad. Llevaba mucho tiempo tratando de escapar de pensamientos intrusivos, o sea, de la idea de que podría hacer daño a alguien, algo que ni remotamente deseo. Esa novela se convirtió en la obsesión por entender el impulso de violencia casi como algo vivo, algo que se contagia y contamina. Tal vez tememos a la crueldad hasta el punto de no hablar de ella, sin darnos cuenta de que muchas veces viene de fuera, pues hay condiciones materiales y sociales que la exacerban.

—Natalia: si pudieras dedicarte a otra cosa que no fuera la escritura, ¿qué harías?

—Tengo dos sueños: ser detective y tener un lugar donde reciba animales viejos o abandonados. Me gustaría cuidarlos, darles una vida y un lugarcito. Para mí, los animales son enigmáticos. Buscamos todo el rato la vida en otros planetas, el lenguaje de los extraterrestres, cómo comunicarnos con otras mentes, pero nos rodean otras inteligencias, que habitan en lo vegetal y en lo animal, y no hemos deseado demasiado entenderlas.

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Autor

Acerca de Cecilia Velasco

Cecilia Velasco tiene una maestría en Literatura por la PUCE, es profesora en la Universidad de las Artes. Ganó el Premio Norma-Fundalectura (2010) con Tony. Ha publicado con Alfaguara.
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