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Madame Tussauds: visita a un olimpo de cera

por Ivonne Guzmán

Museo Madame Tussauds.
Fotografías: Shutterstock.

Quien quiera entrar al Madame Tussauds de Hollywood, a darse su baño de fake glamour y codeo imaginario con celebridades, tendrá que primero abrirse paso entre predicadores, vendedores de humo y de city tours, imitadores varios, personajes impredecibles (algunos, atemorizantes), personas sin hogar en su incesante deambular o haciendo siesta en la vereda, dibujantes exprés, cantantes y, por supuesto, legiones de turistas tomándose fotos, a veces en poses imposibles, con las estrellas de sus artistas favoritos en el Paseo de la Fama.

Una vez en el recibidor de este museo de cera, en el lapso que toma subir al tercer piso y mientras se muestra el boleto para inmediatamente después posar para una foto, que al final del recorrido será ofrecida al visitante —a cambio de 35 dólares—, quizá haya tiempo de asimilar que en medio del tumulto se ha pasado por lugares clave en la historia mundial cinematográfica, televisiva y musical desde el siglo XX.

En apenas una cuadra, circundando al Madame Tussauds, se concentran algunas edificaciones casi centenarias a las que vale la pena poner atención, como el Teatro Chino, uno de los tantos con temática arquitectónica étnica —conocida como exotic revival style— que pueblan Los Ángeles.

Y el Teatro Dolby, antes apellidado Kodak, donde se entregan los Premios Óscar. O el Teatro El Capitán, que en 1941 acogió el estreno mundial de la archiaclamada película de Orson Welles: Citizen Kane. También el hotel Roosevelt, que no es solo el más antiguo de Los Ángeles que aún está en funcionamiento, sino que ha sido el escenario de algunos de los after parties más intensos de los Óscar, el sitio donde Marilyn Monroe vivió dos años, al inicio de su carrera, y en cuya piscina el fondo es un mural pintado por David Hockney.

Todo lo anterior se dice fácil, pero lleva unos minutos procesar tanta información. Para entonces ya se habrá abierto el ascensor en el piso tres y la figura de cera de Morgan Freeman será la primera que vea el visitante. Imponente, esbelto, elegante, con todos los lunares en su puesto, un Freeman en la flor de su madurez es apenas un abrebocas del detalle con el que se hacen las figuras de cera en el Tussauds.

No en vano son ochocientas las horas que se invierten en hacer cada estatua: 350, en esculpir la figura; 175, en moldearla; 145, en insertar el pelo y estilizarla; 45, entre ojos y dentadura; 50, en el color de la piel, sobre todo de la cara, y 35 en vestirla, según explica un cartel al final del recorrido.

Estrellas del cine y la política

A diferencia del Madame Tussauds de Londres, que fue el primero en existir (1835) y se deriva de una colección de figuras de cera que data del siglo XVIII, en el museo de Hollywood hay pocas celebridades que no pertenezcan al mundo del espectáculo audiovisual y mediático. Barack Obama —inmortalizado aún sin canas, antes de que dos presidencias le pasaran por encima— es uno de esos pocos entre las más de 125 figuras desplegadas aquí.

La primera sala, tan espaciosa como luminosa, da la oportunidad para aclimatarse. En un día con pocos visitantes —como puede ser un martes por la tarde— es fácil confundir figuras de cera con cuerpos de carne y hueso; es raro que el hecho de que la sala no esté llena de gente haga que las estatuas parezcan gente de verdad.

Al principio ciertas miradas y presencias se antojan inquietantes, aunque provengan de unos ojos hechos de resina acrílica e imperceptibles hebras rojas de seda. A los pocos minutos, el efecto se pierde. Este primer acercamiento busca impactar desde lo trendy, o sea mostrando figuras de gente aún viva que está en la cresta de la ola: Rihanna, Angelina Jolie, JLo, Ariana Grande, por nombrar algunas.

Quienes anden en busca de personajes más clásicos tendrán que pasar antes al menos por una sala más, y disfrutar, por ejemplo, de la verosimilitud de las figuras de Meryl Streep o Charlize Theron; ambas, espléndidas. O lamentarse por el desacierto de quien hizo que Penélope Cruz se parezca más a uno de esos santos de vestir que tienen las iglesias católicas para sacar en las procesiones, que al mujerón que es —aunque sea menuda—.

El segundo piso seguramente será más interesante para los cinéfilos con especial devoción por el Hollywood clásico. Entre los personajes que dan la bienvenida a esta área están Charles Chaplin, Bob Hope, Bette Davis, Marlene Dietrich y un señor no tan glamoroso pero que es importantísimo en el universo hollywoodense: Johnny Grant, un radiodifusor que en su calidad de presidente del Comité de Selección del Paseo de la Fama revivió este atractivo turístico, a inicios de los setenta, y presidió más de quinientas entregas de estrellas.

El recorrido continúa en medio de pantallas interactivas, juegos de trivia y el ofrecimiento de tomarse fotos con accesorios del vestuario de películas como Lo que el viento se llevó, con las respectivas presencias de Vivien Leigh y Clark Gable; él, viéndola embelesado.

La etérea Ingrid Bergman y una Judy Garland adolescente, en su papel de Dorothy en El mago de Oz, son también parte del paisaje. Así como una hiperrealista Gloria Swanson, que parece a punto de empezar a bajar las escaleras en el poderoso final de Sunset Boulevard. Y así como Swanson en su papel de Nora Desmond impresiona, James Dean puede llegar a decepcionar. Quien haya hecho su figura no pudo captar el aura que hizo de él la estrella de Rebelde sin causa, Al este del Edén o Gigante.

Nos adentramos poco a poco en el territorio de las superestrellas. Marilyn Monroe, estratégicamente ubicada en la mitad de la siguiente sala, con su vestido rojo brillante, capta toda la atención (un piso más abajo queda constancia en una carta de que para hacer su figura de cera, su productor envió un juego extra de fotos de sus ojos, para poder captar con precisión su color, y pedía al museo que se las devolviera a la brevedad posible).

Decapitados de la Revolución francesa

Los fanáticos de los wésterns tendrán su momento en una pequeña sala contigua en la que se encontrarán con unos espeluznantemente reales Clint Eastwood, John Wayne, Paul Newman y Robert Redford, en medio de una escenografía muy “lejano Oeste”.

Junto a ellos, en otra sala pequeña, están los personajes que producen horror, como Frankenstein y la Momia, encarnados por Boris Karloff, y Drácula, por Bela Lugosi. Tres pasos más adelante: el inolvidable Hannibal Lecter de Anthony Hopkins. Y la lista de famosos continúa. Todos los Madame Tussauds —veinticinco alrededor del mundo— están pensados para satisfacer los gustos de un público amplio con diversos intereses.

Así, quienes vayan al Madame Tussauds de San Francisco, enclavado en el Fisheman’s Warf, podrán fotografiarse junto a dos artistas pop del momento: Zendaya y Taylor Swift. En el de Nueva York —igual que en el de Washington D. C. donde se puede ver a 45 presidentes estadounidenses— la gente de vena más política se solaza con la réplica de la Oval Office, por estos días ocupadas con las figuras de cera de Joe Biden y Kamala Harris. Sean de cantantes, actores o políticos, estas estatuas de cera avivan la curiosidad de quienes las ven y no resisten la tentación de tocarlas.

Madame tussaud busto
Autorretrato de Marie Tussaud cuando tenía 81 años.

No se trata, claro, de la curiosidad casi científica que convocaban las figuras de cera en los siglos XVIII y XIX, cuando Marie Tussaud, nacida en Estrasburgo, en 1761, pero especialmente su maestro, el doctor suizo Philippe Curtius, elaboraban sus piezas con fines más anatómicos que de entretenimiento.

De todas maneras, como planteó Edward Carey en The Guardian, en el fondo eso no ha cambiado con los siglos ni con el gran componente de espectáculo alrededor del cual ahora gira la empresa. Para él, la médula del negocio del Madame Tussauds no es la historia, sino el cuerpo humano, la fisonomía: “la gente no quiere saber lo que esas personas representadas en cera han logrado en la vida, sino simplemente cómo son físicamente, cómo se ven”.

Tussaud heredó la colección de Curtius en 1794, luego de haber pasado por un sinnúmero de aventuras a causa de su talento para modelar en cera. Entre ellas, el haber tenido que replicar las cabezas decapitadas de los enemigos de la Revolución francesa, sin opción a negarse a tan macabro pedido; uno de esos enemigos fue el mismísimo Robespierre.

A partir de 1802, cuando se mudó a Inglaterra con sus hijos —abandonando a su marido— e inició una gira por dicho país, que duraría alrededor de treinta años, la exhibición de la colección empezó a mutar hacia el entretenimiento. Un divertimento que no estaba exento de imágenes cruentas en su sección bautizada como la Cámara de los horrores.

Muchas de esas réplicas de cabezas de decapitados que Tussaud mostró a los ingleses de inicios del siglo XIX se fueron perdiendo en diversos sucesos infortunados, como un naufragio en aguas inglesas. Pero la colección siempre volvía a restituirse y cuando Marie Tussaud murió, en 1850, su familia continuó con el museo unos cuarenta años más.

Todas estas historias de decapitaciones y otras tragedias parecen tan lejanas cuando suena la música de Dirty Dancing en la sala donde está la figura de Patrick Swayze, congelada en 1987.

O cuando uno piensa en problemas más actuales como los que tendrán los caídos en desgracia Will Smith y Johnny Depp, cuyas versiones de cera, hechas cuando el mundo los adoraba, son el reflejo de sus vidas despreocupadas de entonces. Mejor recordarlos así —sin juicios, expulsiones o cachetadas dadas o recibidas— en un momento feliz inmortalizado en un pedazo de cera.

Biden madame tussauds
Joe Biden

De Voltaire a Joe Biden

  • La primera máscara de cera de autoría de Marie Tussaud fue de Voltaire, quien era amigo de su maestro, Curtius. Otro contemporáneo al que retrató fue Benjamin Franklin.
  • Para hacer una figura de cera se requieren 180 fotos del modelo, desde una infinidad de ángulos, y se deben tomar 250 medidas diferentes de cuerpo y cabeza.
  • También hay museos Tussauds en San Francisco, Las Vegas, Nueva York, Washington, Berlín, Viena, Tokio, Hong Kong y otras grandes ciudades.

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