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Mundo Diners al día

La tumba del Tuerto

por Jorge Ortiz

Francisco de Orellana
Imagen referencial creada con IA.
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

¿Dónde está sepultado el descubridor del Amazonas?

Eran tiempos en los que todavía existía el asombro. Al cabo de mil años de obscurantismo, en los que el conocimiento y el progreso eran vistos con sospecha y desdén, los países volvían a abrirse a la razón y la ciencia, por lo que, con la llegada de la Edad Moderna, todos los días había un descubrimiento, un hallazgo, un avance, algo nuevo, que hacía que los seres humanos se llenaran de perplejidad, maravillados ante la inmensidad y la diversidad del mundo en el que vivían y al que casi no conocían. Y él, Francisco de Orellana, había tenido enormes motivos para el asombro.

Extremeño, de Trujillo, había nacido en 1511, al comenzar el siglo XVI, época en la que en los dominios del Imperio Español jamás se ponía el sol. Había, por lo tanto, horizontes interminables por explorar y, tal vez, por conquistar. Y Orellana, como tantos jóvenes que se sentían exhaustos por las guerras incesantes que se luchaban en Europa, cruzó el océano Atlántico en dirección al sol poniente. Desde 1527 hay constancias de su presencia en América, a donde arribó atraído por las andanzas de Francisco Pizarro, con quien estaba emparentado.

De sus años de niñez y juventud poco, casi nada, se sabe con certeza. Pero, como lo demostró en sus años adultos y a lo largo de sus campañas en el Nuevo Mundo, tenía buena formación (algo extraño en los conquistadores españoles de aquellas épocas), gracias a lo cual nunca perdió su capacidad de asombro. Estuvo en América Central, sobre todo en Nicaragua, antes de enrolarse en las tropas de Pizarro, en el Perú, en 1535. Dos años después, en 1537, estaba en Portoviejo, donde era gobernador, cuando se le asignó una nueva misión.

La orden de Pizarro fue refundar la ciudad de Santiago de Guayaquil en una zona que pudiera ser mejor defendida de los ataques de los nativos y, además, que tuviera acceso fácil al mar. Y Orellana eligió hacerlo al pie del cerro Santa Ana, aunque de la fecha precisa no quedaron registros indiscutibles. (Ante la ausencia de certezas, la fundación de Guayaquil es celebrada el 25 de julio, fecha que corresponde a la primera fundación en la costa, la de Sebastián de Benalcázar, en 1535, el día del apóstol Santiago el Mayor, en cuyo honor fue llamada la nueva ciudad.)

Por entonces, ya avanzado el siglo XVI, los poderosos reinos europeos estaban patrocinando grandes expediciones en busca de especias, muy cotizadas en las mesas de los nobles y los ricos y cuya provisión desde regiones asiáticas había quedado cortada en 1453, cuando los turcos se apoderaron de Constantinopla y, controlando los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, cortaron la Ruta de la Seda, que durante siglos había sido la arteria vital del comercio entre el Oriente y el Occidente. España resolvió, entonces, buscar especias en las selvas de América del Sur.

Fue en 1540 cuando Francisco Pizarro le encomendó a Gonzalo Pizarro, su hermano por parte de padre, que organizara una expedición en busca del País de la Canela, que la leyenda ubicaba en algún lugar de las selvas tropicales al oriente de la Cordillera de los Andes. Francisco de Orellana, quien había perdido un ojo en una batalla mientras era gobernador de Portoviejo y era apodado “el Tuerto”, quiso unirse a la expedición y, con la aprobación de Pizarro, se dedicó en Guayaquil a reclutar hombres y conseguir caballos.

En Quito, Gonzalo Pizarro había organizado una expedición muy grande, con algo más de trescientos españoles y algo menos de cuatro mil indígenas, además de cientos de caballos, perros y llamas. El contingente era enorme, como no se había visto otro en estas tierras. Pizarro partió en febrero de 1541 y Orellana se le unió en marzo. Pero el avance fue lento y tortuoso, con muchos hombres muertos en el camino y ningún indicio fiable de que existieran los codiciados bosques de canela que justificaran el esfuerzo tremendo. Pizarro se descorazonó.

Fue entonces cuando Orellana se puso al frente de la expedición: había que seguir, sean cuales fueren los padecimientos. Y los padecimientos fueron muchos, tantos que mataron a decenas de hombres y llevaron al límite la resistencia de los supervivientes. Fue una epopeya asombrosa, de la cual se ha escrito y hablado con admiración desde el día -12 de febrero de 1542- cuando terminó esa heroica travesía hasta la desembocadura del Amazonas, el río más largo y caudaloso del planeta, que jamás había sido recorrido en todos sus siete mil kilómetros de extensión. Orellana lo había logrado.

A pesar de su gesta magnífica, sus años posteriores fueron tormentosos, repletos de conflictos y zozobras: volvió a España, sufrió persecuciones judiciales y no consiguió los apoyos que necesitaba para emprender nuevas exploraciones Aun así, contra viento y marea volvió a tierras americanas. Y aquí lo intentó todo, sin lograr casi nada. El clima agobiante del trópico lo enfermó. Su mujer y un puñado de hombres, los más leales, le acompañaron en sus últimos días. Murió a finales de noviembre de 1546, víctima, según parece, de la fiebre de los pantanos. Tenía 35 años.

Había sido una vida corta e intensa, llena de asombro, con un final lejano y triste. Desalentada por ese final, la Corona Española no reanudó hasta casi un siglo después las exploraciones y las conquistas de esas regiones sudamericanas. Y nunca se interesó por rescatar los restos y la memoria de Francisco de Orellana. Su tumba, cavada a la sombra de un árbol, a orillas del río, en algún lugar del norte del Brasil actual, entre los estados de Pará y Amapá, se perdió por la voracidad de la selva. Nadie sabe dónde está. Y jamás hubo una lápida en honor del descubridor del Amazonas.

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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