
La imagen era imprecisa, incluso desdibujada y borrosa, pero el rostro era perfectamente reconocible. Se trataba de un oficinista del vecindario que, por novelería y buena voluntad, se prestó a participar en la demostración. Y, así, William Taynton se convirtió en el primer ser humano en aparecer en una pantalla de televisión. Era 1926, hace exactamente un siglo, y con esa demostración había nacido el que con el pasar de los años llegaría a ser un medio de comunicación global, multitudinario e imprescindible, el mayor de todos, el instrumento primordial de la sociedad de masas.
La transmisión, efectuada en un laboratorio del Soho londinense (22 Frith Street) ante un puñado de científicos emocionados por los avances vertiginosos del conocimiento humano que ocurrían en esos tiempos de pobreza pero de ilusión que siguieron a la Primera Guerra Mundial, la había efectuado John Logie Baird, un inventor escocés que por entonces tenía 38 años y un prestigio creciente como hombre inquieto e innovador, siempre dispuesto a empujar los límites de la ciencia. Él, como un grupo de iluminados, estaba convencido de que el XX sería un siglo de logros extraordinarios.
Unos meses antes, a finales de 1925, Baird había intentado en privado la primera proyección en televisión y el resultado había sido tan alentador que se decidió a presentar en público su invento. Había conseguido, en efecto, transmitir a una pantalla la imagen de la cabeza de un muñeco de ventrílocuo, de madera, llamado de Stooky Bill. La resolución era pobre, de tan sólo 25 líneas, además de diminuta, pero la transmisión había sido impecable. Y cuando, ya en 1926, hizo la exhibición ante varias mentes brillantes fue evidente que un hito poderoso de la historia de la técnica había sido colocado.
Y es que la sociedad de masas que caracteriza al mundo actual, surgida de los procesos planetarios de urbanización, sería inconcebible sin la televisión, como la Revolución Industrial era inimaginable sin la prensa. Incluso podría decirse, guardando ciertas reservas, que la televisión con sus ondas que atraviesan fronteras y rompen barreras ha sido fundamental para universalizar los valores liberales de la democracia, la libertad y el estado de derecho. ¡Cuántos despotismos se han derrumbado bajo el peso inaguantable de la información libre!
Pero, desde luego, la televisión también ha sido criticada: mediocre, engañosa, vacía, superficial, frívola… Se la acusa, con abundancia de argumentos, de ser más un vehículo de incomunicación que de comunicación, porque ante una pantalla el hombre y la mujer contemporáneos enmudecen, se abstraen, se ensimisman y cada uno se encierra en su mundo de irrealidad y fantasía. El diálogo desaparece. En muchos casos desaparece también la reflexión. Y se la acusa, también, de haber detenido al mundo en la era de la información, retrasando su avance hacia la era del conocimiento.
Pero, aparte de críticas y pareceres, ¿cuántas horas de distracción, entretenimiento y descanso le debe cada uno de la mayoría de los seres humanos a la televisión? Un dato: seis mil millones de personas vieron el reciente Campeonato Mundial de Fútbol. Más aún, las ayudas y las solidaridades no se moverían con la rapidez y la eficacia con que en la actualidad lo hacen si las cámaras de la televisión no estuvieran allí, con sus testimonios vivos y desgarradores, en cada guerra, hambruna, terremoto, inundación y sequía. Y todo esto empezó hace un siglo en un obscuro laboratorio de Londres.
John Logie Baird murió en el sureste de Inglaterra, en Bexhill-on-Sea, en 1946, fulminado por un accidente cardiovascular. Veinte años antes, en 1926, cuando hizo la primera proyección pública de una imagen por televisión, el mundo recordaba otro hito esencial de la ciencia: exactamente un siglo antes, en 1826, el físico francés Joseph Nicéphore Niépce había tomado desde la ventana de su casa, en el valle del Ródano, cerca de París, la primera fotografía jamás lograda. Necesitó exponer la placa de peltre ocho horas a la luz solar. Pero lo consiguió.
Son dos colosos que casi nadie recuerda.

