
El final de la guerra civil en Siria podría derivar en una reformulación geopolítica que cause más y mayores convulsiones en el mundo.
Las luces permanecieron encendidas hasta avanzado el amanecer del 1° de enero en las cancillerías de una serie de capitales, de Moscú a Ankara y de Washington a Teherán. Y es que la víspera, en Damasco, el líder de Hayat Tahrir al Sham, el grupo armado que forzó a huir al dictador Bashar al-Ásad al cabo de una larguísima guerra civil, había anunciado de una manera tan difusa las líneas maestras de la transición política que, en lugar de aclarar algo, generó aún más incertidumbres e inquietudes: ¿cómo quedará el equilibrio del poder mundial después de un desajuste de dimensiones tan enormes?
Ahmed al Shara (que hasta el 8 de diciembre, cuando entró triunfante en Damasco, era conocido como Abu Mohamed al Julani, su nombre de guerra) advirtió que tan sólo la preparación de una nueva constitución para Siria demorará “unos tres años”, por lo que las primeras elecciones se realizarán “después de al menos cuatro años”. Mientras tanto, según su plan, funcionará un gobierno de transición que será integrado por representantes de todos los sectores, designados por una ‘Conferencia para el Diálogo Nacional’ prevista para el segundo trimestre de este año. Parecen plazos razonables, pero…
Pero en un país arrasado por una guerra civil que causó 400.000 muertos, 6,5 millones de refugiados y 7,2 millones de desplazados internos y que disminuyó la renta per cápita de 2.970 a 420 dólares anuales, con la consiguiente multiplicación de la pobreza y la tristeza, demorar la instalación de un gobierno con sólido respaldo, surgido de elecciones libres, podría desembocar en un vacío de poder que dispare nuevos episodios de violencia. En especial cuando varios países de la región y todas las potencias mundiales tienen allí, en Siria, intereses estratégicos que promover y que defender.

Juego de poderes
Cuando estalló la guerra civil, en marzo de 2011, parecía que se trataba nada más que de un conflicto interno, como tantos otros de la llamada -y abortada- “Primavera Árabe”, nacido de una insurgencia popular contra una dictadura con afanes de perpetuación, la de la minoría religiosa alauita (una rama del islam chiita personificada en la familia Al-Ásad, que entre el padre y el hijo dominó Siria desde 1971). Pero, a medida que la guerra se prolongaba, el involucramiento de las grandes potencias mundiales fue haciéndose cada año más caudaloso y evidente.
Ya para 2015 estaba claro que lo de Siria era un juego de poderes e influencias de alcance planetario. Allí estaban, de una u otra manera, Estados Unidos, Rusia, Turquía, Irán e Israel, como protagonistas de primera fila, y prácticamente todos los países árabes como partícipes secundarios. Y, además, una larga lista de organizaciones armadas, algunas de ellas transnacionales, como Al Qaeda y, sobre todo, el Estado Islámico, que incluso había establecido en 2014 un califato en el noroeste sirio y el noreste iraquí que llegó a controlar hasta 80.000 kilómetros cuadrados, hasta que fue derrotado en 2019.
Pero los adversarios de Bashar al-Ásad (y de su brazo político, el Partido Árabe Socialista Baaz) estuvieron siempre más enfocados en resolver sus disputas internas que en derrotar al gobierno, que, mientras tanto, ya tenía el apoyo, en armas y dinero, de Rusia e Irán. Sin embargo, en 2024 todo cambió porque las dos mayores estructuras rebeldes, la Organización para la Liberación del Levante (o, en árabe, Hayat Tahrir al Sham), grupo nacido en Al Qaeda pero independiente desde 2016, y el Ejército Nacional Sirio, patrocinado por Turquía, coordinaron sus empeños. Y la dictadura se desplomó.
¿Quién tiene el poder?
Quienes tomaron Damasco como fuerza liberadora fueron los milicianos de Hayat Tahrir al Sham. Su líder, Ahmed al Shara (de familia siria pero nacido en Arabia Saudita entre 1975 y 1979), fue desde el 8 de diciembre la imagen y la voz de los vencedores en la guerra, quien de inmediato designó un gobierno interino y un primer ministro para que se encarguen de las tareas administrativas. Lo que no está claro es cuánto poder en realidad tiene: ¿es él, en efecto, quien manda, o los 185.000 kilómetros cuadrados de Siria están hoy fragmentados en parcelas de poder con intereses ajenos los unos de los otros?
Tal vez el caso más notorio del cruce de intereses es el del pueblo kurdo. Sus Fuerzas Democráticas Sirias, que fueron decisivas en la lucha tanto contra el Estado Islámico como contra la dictadura de Al-Ásad, controlan gran parte del noreste del país y tienen el apoyo de las potencias occidentales. Incluso 900 soldados estadounidenses están desplegados en la zona bajo su control, algo más de la tercera parte del territorio sirio. El anhelo de los cuarenta millones de kurdos (que viven repartidos entre Turquía, Irak, Irán, Siria y Armenia) es llegar a tener su propio país. Un sueño por ahora improbable.
Y es que Turquía se opone a cualquier concesión a los kurdos. Ni siquiera reconoce su identidad nacional: los considera campesinos de las montañas y los vincula con el PKK, un partido de base marxista al que declaró terrorista. Más aún, después de haber vencido a los guerreros fanáticos del Estado Islámico (todo indica que con la oferta estadounidense de ayudarles a crear su país), en 2019 el presidente Donald Trump se desentendió de ellos, que sintieron que les habían dado una puñalada por la espalda. Así, pues, los kurdos seguirán siendo -por ahora- el mayor pueblo sin patria.
Los partidarios de Dios
Eran los más lejanos y, por lo tanto, parecían ser los menos peligrosos. Irrumpieron en 1994 en Yemen (la ‘Arabia Feliz’, según se la llamaba en la Antigüedad) y no tuvieron una notoriedad significativa hasta 2014, cuando participaron decisivamente en el derrocamiento del presidente Abdrabbo Mansur al-Hadi y asumieron el control de la capital, Saná, y de amplios sectores del norte del país, incluida la costa del mar Rojo. Pero, a pesar de su lejanía (más de 2.000 kilómetros), los hutíes son en la actualidad un problema difícil para Israel, que los considera “el brazo terrorista de Irán”.
Un problema difícil, sí, porque en noviembre de 2023, un mes después del atentado de Hamás en Israel, los hutíes se dedicaron a atacar desde el litoral del mar Rojo a los barcos mercantes que se dirigían al canal de Suez. Y consiguieron que el tráfico por el golfo de Adén cayera un 30 por ciento. Más tarde, en diciembre de 2024, comenzaron a disparar misiles contra territorio israelí, incluido el aeropuerto de Tel Aviv, precisamente cuando se desmoronaba el “eje de la resistencia” patrocinado por Irán. Con lo que los hutíes adquirieron un protagonismo estelar en el conflicto del Oriente Medio.

Los milicianos hutíes, cuyo nombre oficial es ‘Ansar Allah’, ‘Partidarios de Dios’, controlan una tercera parte del territorio yemení, donde vive el 70 por ciento de la población del país. Allí, a pesar de los rudos esfuerzos de Arabia Saudita por doblegarlos, impusieron un régimen fundamentalista, altamente represivo, basado en los principios del zaidismo, una rama del islam chiita. Su lema es elocuente: “Dios es grande, muerte a Estados Unidos, muerte a Israel, maldición a los judíos y victoria del islam”. Y, según aseguran, están dispuestos a todo para realizarlo.
Su patrocinador es Irán, la potencia musulmana chiita, que les proporciona informes de inteligencia, dinero, entrenamiento y armas, con lo que los hutíes resisten los ataques sauditas, afectan el comercio internacional, mantienen su control territorial y sostienen lo que llaman “el tercer frente” contra Israel (el primero es en Gaza, con Hamás, y el segundo en el Líbano, con Hezbolá). Y aunque, por su lejanía, no implican un peligro significativo, Israel está bombardeando sus bases para demostrar su capacidad de mantener abiertos varios frentes al mismo tiempo. Pero así, paso a paso, la guerra en el Oriente Medio sigue ampliándose.
El sartén por el mango
Desde que empezó la guerra, el país más consistente en su posición fue Turquía, que desde el primer día apoyó a los rebeldes, no sólo con dinero y armas, sino incluso involucrando a su ejército en combates en extensos sectores del norte sirio. Y si bien no fueron las milicias controladas desde Ankara las que ganaron las batallas decisivas, Hayat Tahrir al Sham -que manejaba la provincia de Idlib desde hace cuatro años- recibía desde Turquía los suministros que necesitaba, por lo que desarrollaron nexos sólidos gracias a los cuales el gobierno turco es ahora descrito como el que tiene el sartén por el mango.
Tanto por su posición consistente a favor de los rebeldes como por su extensa frontera con Siria, de 820 kilómetros, la influencia turca en el futuro sirio será poderosa. Los demás países árabes, al contrario, creyeron que el triunfo de Al-Ásad era inevitable, por lo que buscaron un acercamiento -incluso readmitiéndolo en la Liga Árabe-, con lo que perdieron toda posibilidad de influencia futura. La excepción sería Qatar, que a través de Turquía ayudó al financiar a los rebeldes a lo largo de los trece años y medio de la guerra.
Con todo lo cual el vacío de poder sigue siendo una posibilidad cierta en el futuro sirio. Rusia e Irán, que tenían una enorme influencia por su respaldo a Al-Ásad y al círculo alauita que dominaba el gobierno, el ejercito y los negocios, son los grandes derrotados de la guerra. Y es que, por sus respectivos problemas internos, rusos e iraníes se apartaron de Siria, lo que precipitó la victoria rebelde. Rusia, gracias a su diplomacia ágil y agresiva, está ahora tratando de no perder sus bases militares de Tartús y Hmeimin, en Siria, a orillas del Mediterráneo. Irán, a su vez, ya tuvo que darse por vencida.
El “eje de la resistencia”
En efecto, todo le salió mal a Irán en 2024: no sólo perdió su presencia en Siria, con lo que eso significa para su influencia sobre el mundo árabe, sino que Hamás y Hezbolá, sus milicias aliadas en Gaza y Líbano, están siendo diezmadas por el ejército israelí, además de que sus escaramuzas con Israel demostraron su inestabilidad política y su debilidad militar. También la Resistencia Islámica, su grupo afín en Irak, está sufriendo bajas severas por la ofensiva israelí. Con lo cual de su “eje de la resistencia” tan sólo le van quedando -aunque con creciente protagonismo- los hutíes de Yemen (recuadro).
La mayor incógnita sobre el futuro sirio es el rol que desempeñarán los Estados Unidos. Y es que, por una parte, los americanos han bajado su perfil en el Oriente Medio desde su invasión a Irak en 2003, mientras han subido su presencia en otras regiones, en especial en el eje Indo-Pacífico. Pero, por otra parte, el regreso al poder de Donald Trump previsiblemente significará un apoyo ilimitado a Israel y, por lo tanto, al afán del primer ministro Benjamín Netanyahu de alterar a su favor los equilibrios de poder en la región, lo que, desde luego, incidirá duramente en la situación siria.
En todo caso, el derrumbe de la dictadura de Bashar al-Ásad demostró el grado inmenso de interconexión que tienen las realidades políticas en todas partes del mundo: fue el debilitamiento de Rusia por su guerra en Ucrania y el desgaste de Irán por el desfallecimiento de Hamás en Gaza y de Hezbolá en el Líbano lo que decidió el final de la guerra siria. Fue un desenlace de satisfacción y alivio, pero que podría convertirse en un éxito catastrófico si desemboca en una balcanización (con masacres, limpiezas étnicas y más guerras) como la que terminó con la disolución de Yugoslavia en 1992. Ese es el riesgo mayor.

