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Ucrania será sacrificada

por Jorge Ortiz

Ucrania
Fotografía: Shutterstock.

Partirla en dos (como a Corea) parece que será la manera de terminar la guerra que causó Rusia

La alerta la dio el 27 de enero The Washington Post: el gobierno de los Estados Unidos considera que Ucrania ya no podrá recuperar el territorio ocupado por Rusia a lo largo de los últimos diez años (alrededor de 115.000 kilómetros cuadrados), por lo que habría decidido mantener un nivel de ayuda económica y militar únicamente para que pueda detener el avance ruso. Nada más. Que se olvide de las zonas invadidas en el este y en el sur. Que se olvide también de la península de Crimea y de la ciudad de Sebastopol. Que se resigne y se despida. Que abra los ojos a la realidad.

Para entonces, la mutilación de Ucrania era una tesis que ya se discutía en ámbitos académicos y periodísticos, pero no en los círculos políticos y diplomáticos occidentales, donde la versión oficial seguía —y sigue— siendo que el apoyo a Ucrania es férreo e innegociable. Tan sólo Donald Trump y los grupos más extremistas de los republicanos estadounidenses se habían declarado en contra de perseverar en la ayuda, aunque eso significara una victoria para Vladímir Putin y la consiguiente expansión de la influencia rusa en Europa Oriental.

La noticia del Post no causó el estremecimiento esperado. Fue recibida como la confirmación de que, sea cual fuere la magnitud y la constancia del apoyo occidental, Ucrania no podrá contrarrestar el poder abrumadoramente superior de Rusia. Un dato muy revelador: incluso partiendo de la hipótesis de que todos los países occidentales cumplan los ofrecimientos hechos a Ucrania para este año, el presupuesto militar ruso de 2024 es casi tres y media veces mayor que el ucraniano. Y, para colmo, esa ayuda tiende a contraerse a medida que la guerra avanza.

La guerra comenzó el 24 de febrero de 2022, cuando tropas rusas invadieron el territorio ucraniano por cuatro frentes, al mismo tiempo que una lluvia de misiles caía sobre varias ciudades, en especial la capital, Kíev. Fue un ataque masivo y sorpresivo, porque el presidente ruso, Vladímir Putin, había asegurado una vez tras otra que no tenía ningún plan de invasión. ¿Los servicios occidentales de inteligencia no se enteraron de nada? Lo cierto es que cuando el presidente estadounidense, Joe Biden, denunció los preparativos rusos —una semana antes del ataque—, ya todo era tarde.

“No me miran a los ojos”

En los dos años transcurridos desde entonces, Ucrania ha resistido con valor enorme. Sin embargo, el ejército ruso, a pesar de sus fracasos iniciales, ha terminado por consolidar sus posiciones en el este y el sur ucranianos, además de que ya se considera cosa juzgada la anexión de Crimea y Sebastopol, efectuada por la fuerza en 2014. En total, los ucranianos han sido despojados del dieciocho por ciento de su territorio. El presidente Volodímir Zelenski, que siempre intentó transmitir serenidad y optimismo, hizo a finales del año anterior una confesión penosa: “Ya no me miran a los ojos”.

El presidente de Ucrania Volodímir Zelenski.
El presidente de Ucrania Volodímir Zelenski. Fotografía: Shutterstock.

Se refería, sin identificarlos, a “algunos” de los gobernantes occidentales con quienes periódicamente se reúne para tratar de mantener vivo su apoyo. “He detectado un cambio en su actitud”, dijo Zelenski, quien ya en septiembre de 2023, en su discurso ante la asamblea general de las Naciones Unidas, en Nueva York, había advertido de “los intentos por llegar, entre bambalinas, a turbios acuerdos de paz”. Y es que ya para entonces la contraofensiva ucraniana del verano tan sólo había conseguido éxitos menores, por lo que el otoño empezaba en un ambiente de pesimismo.

Quien expresó con más crudeza ese pesimismo fue el presidente de Polonia, Andrzej Duda: “Es como si estuviéramos tratando con una persona que se ahoga, porque cualquiera que haya intentado ayudar a alguien que se ahoga sabe muy bien que es extremadamente peligroso que, en vez de salvarla, ella te arrastre a las profundidades”. Si en efecto Ucrania estuviera así, ahogándose, tendría que olvidarse del bien mayor, es decir de la victoria sobre Rusia, y concentrarse en el mal menor. Y ese mal menor sería renunciar al territorio perdido para salvar lo que le queda.

El escenario coreano

Fotografía del paralelo 38 en 1953.
Fotografía del paralelo 38 en 1953. Foto: Wikimedia.org

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, la península de Corea —que había estado ocupada por el Japón desde 1910— quedó partida por la mitad, con el norte bajo control de la Unión Soviética y el sur bajo tutela de los Estados Unidos. La división era el ahora célebre paralelo 38. En los tres años siguientes hubo intentos por reunificar el país, pero, ante su fracaso, en 1948 fueron proclamados dos estados: Corea del Norte, de régimen socialista, bajo el dominio de Kim Il-sung (quien fundaría una dinastía que todavía reina), y Corea del Sur, capitalista, que llegaría a ser democrático.

En 1952, Kim le pidió permiso a Stalin para invadir el sur y, bajo su mando, imponer el socialismo en toda la península. La guerra fue larga (duró 37 meses), involucró a tropas chinas y de quince países autorizados por las Naciones Unidas, fue una de las más sangrientas jamás habidas (murieron algo más de un millón de soldados y casi tres millones de civiles) y terminó con un simple armisticio para cesar “temporalmente” las hostilidades. Nunca fue firmado un tratado de paz. Técnicamente, los dos países siguen en guerra. Fue una guerra si final.

En las décadas siguientes el paralelo 38 fue escenario de fricciones y escaramuzas, pero los combates nunca se reanudaron. Corea del Norte se hundió en la pobreza y la tiranía: es un país militarizado (su ejército es el cuarto más grande del mundo), que padece hambrunas terribles (la de 1995 a 1998 habría matado a dos millones de personas) y cuyas violaciones de los derechos humanos son, según un informe de las Naciones Unidas, “de una gravedad que no tiene parecido en el mundo”. Corea del Sur es, a su vez, un país desarrollado, muy avanzado tecnológicamente y con altos niveles de vida.

Una guerra sin final

La de Ucrania, como fue la de Corea, podría convertirse en una guerra sin final: tal vez ocurra que un día, “entre bambalinas”, como dijo Zelenski, se llegue a “turbios acuerdos de paz”, un armisticio que disponga el cese de todo apoyo occidental a Ucrania, a cambio de lo cual Rusia detendría sus ataques, se quedaría con los territorios invadidos y aceptaría un ‘paralelo 38’. Esa mutilación de 115.000 kilómetros cuadrados sería el precio que pagaría Ucrania para que termine la guerra y pueda volver a vivir en paz. Por supuesto, nadie le consultaría su opinión al gobierno ucraniano…

En ese escenario, el sacrificio de Ucrania tendría una cierta compensación: su ingreso en la Unión Europea y en la OTAN sería inmediato, lo que le garantizaría, en el primer caso, su pertenencia a un bloque económico de países avanzados y prósperos y, en el segundo caso, su integración a una alianza militar en la que tendría asegurada su integridad futura. Rusia, por su parte, ganaría influencia internacional, reforzaría sus aspiraciones imperiales y Vladímir Putin consolidaría su posición externa y su poder interno, lo que le acercaría a la altura de su ídolo, el zar Pedro el Grande.

El gobierno ucraniano, que está resuelto a seguir luchando hasta la victoria si el respaldo occidental se mantiene firme, ya ha tenido que reconocer que “se nos está ofreciendo la opción coreana”, según dijo a finales de enero el portavoz del consejo de seguridad nacional, Oleksii Danilov. “Lo peor —agregó— es que somos totalmente dependientes de los países occidentales”. A pesar de la revelación hecha por The Washington Post, la posición oficial de los Estados Unidos, reiterada con frecuencia por el presidente Joe Biden, todavía es de apoyo a Ucrania, sin plazos ni límites.

Mapa de guerra Ucrania
® ECOAVANT.COM.

“No necesitan todo eso”

Pero es notorio que la voluntad de apoyo está debilitándose. Stephen Kotkin, un académico de la Universidad de Stanford considerado uno de los mayores expertos en temas rusos, asegura —citado por el diario El País— que “ha llegado el momento no de ganar la guerra, sino una paz duradera”. Para eso, según Kotkin, “los ucranianos no necesitan todo ese territorio”. Vuelve, entonces, el escenario coreano: “Corea del Sur no tiene todo el territorio de la península, pero tiene la seguridad que le dio el armisticio y, con su esfuerzo, ha llegado a ser una de las sociedades más prósperas del mundo”.

En julio de 1953, en vísperas del armisticio, la Guerra de Corea había llegado a un punto de estancamiento: los dos ejércitos estaban exhaustos, sin posibilidades ciertas de victoria y casi sin recursos. Y había algo más: Stalin había muerto el 5 de marzo, al cabo de una dictadura feroz, acaso la más brutal jamás habida en el mundo, por lo que Kim Il-sung aceptó negociar el cese del fuego. El escenario era, por consiguiente, equiparable a la situación actual en Ucrania, en la que los ataques prosiguen y las víctimas aumentan, pero ninguno de los dos bandos consigue avances significativos.

Esa realidad de bloqueo en los campos de batalla y de dificultad creciente de los gobiernos occidentales para convencer a sus ciudadanos de la importancia de apoyar a Ucrania, con el consiguiente freno a la expansión rusa (y, de paso, a la expansión del totalitarismo), parece propicia para acordar un “armisticio a la coreana”. Falta saber si Rusia estará dispuesta a negociar. Y falta saber, también, si Ucrania estará lista a olvidar los territorios perdidos y, como hizo Corea del Sur, dedicarse a labrar su prosperidad, apoyándose en su ofrecida pertenencia inmediata a la OTAN y a la Unión Europea.

Europa, la indefensa

Cuando empezaba el nuevo año, en medio de muchas incertidumbres y unas pocas esperanzas, Emmanuel Macron, el presidente de Francia, hizo una exhortación con toques de angustia: “No podemos permitir que Rusia gane la guerra”. El propósito de la arenga era, muy posiblemente, remover la conciencia europea ante lo que se anticipaba para 2024, desde la intensificación de los ataques rusos en Ucrania hasta el regreso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos.

Las dos previsiones son desalentadoras, porque Ucrania, a pesar de la valentía de su gobierno y de la tenacidad de su ejército, está desfalleciendo ante la persistencia de la agresión rusa, mientras que el apoyo estadounidense podría terminar de colapsar si —como auguran las encuestas y precipita la ya inocultable ancianidad del presidente Joe Biden— fuera Trump el ganador de la elección de noviembre venidero. En ese escenario, ¿qué esperanza quedaría de poder detener la expansión de la influencia y del poder rusos?

Europa debería ser la respuesta. Y es que, con Rusia avanzando por el este y los Estados Unidos desentendiéndose por el oeste, tendrían que ser los veintisiete países de la Unión Europea —más el Reino Unido, que no podría eludir sus responsabilidades— los que le dieran a Ucrania los soportes indispensables (económicos y, sobre todo, militares) para que, después de resistir en 2024, lance en 2025 una contraofensiva para recuperar los territorios perdidos desde febrero de 2022. Pero, ¿tiene Europa la fuerza militar para garantizarse por sí sola su defensa, sin depender de los Estados Unidos?

Allá por 1954, hace setenta años, fue diseñado un proyecto para lograrlo. Era la Comunidad Europea de Defensa, cuyo propósito era, precisamente, desarrollar una capacidad militar propia, autónoma, ante la evidencia de los afanes imperiales de la Unión Soviética. Pero fue Francia (su asamblea nacional, específicamente) el país que hizo fracasar la iniciativa. Con lo que la seguridad europea quedó atada al poderío militar de los Estados Unidos, por intermedio de la OTAN.

Al haber abortado la unificación militar, la integración europea fue concretada en torno a la comunidad económica, por lo que, para su defensa, los europeos se quedaron dependiendo de los americanos. Donald Trump, entre 2017 y 2021, con su desprecio por la red occidental de alianzas, sus desplantes a la OTAN y su falta de convicción liberal, hizo que Europa sintiera toda la fragilidad de su situación. Era ‘Europa, la indefensa’. Y hoy, cuando Trump parece volver y Rusia afila el hacha de la guerra, los europeos (con Emmanuel Macron a la vanguardia) sienten la urgencia de hacer algo.

Ese algo, según dicen los expertos, es tener una capacidad autónoma de disuasión nuclear, que garantice la seguridad de las fronteras de los veintisiete países. En la realidad europea actual, inevitablemente se recuerda aquella frase que circuló por toda Francia en 1939, como una pregunta con respecto a sus soldados: “¿Morir por Danzig?”. Por lo cual —añaden los expertos—, en vez de pretender que los soldados mueran por Estonia, o por Finlandia, o por Polonia, la solución es un arsenal atómico propio, no para usarlo, sino para disuadir, de manera que ya nunca pueda hablarse de ‘Europa, la indefensa’.

Firma del Tratado de defensa de la Comunidad Europea en París.
Firma del Tratado de defensa de la Comunidad Europea en París.

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Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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