Nada se parece ya (excepto la pasión) a los tiempos lejanos del Primer Campeonato Mundial de Fútbol
La discusión, que al principio había sido amable y en voz suave, fue volviéndose áspera y desagradable a medida que pasaban los minutos sin que fuera alcanzado algún acuerdo. Ninguna de las dos partes cedía. Y la impaciencia de la multitud (noventa y tres mil personas agitadas y ansiosas) sólo ayudaba a tensionar el ambiente. La polémica estaba convirtiéndose en una trifulca a gritos cuando, angustiado, el árbitro —un belga que se desenvolvía con dificultad en español— decidió que lo mejor era lavarse las manos como Poncio Pilatos y trasladarle el problema al jefe.
“¿Jugamos con la pelota de los uruguayos o con la de los argentinos?”. Y es que, en medio de tantos apuros, nadie había previsto con qué pelota se jugaría la final del Primer Campeonato Mundial de Fútbol. Una pequeña omisión que esa tarde, la del 30 de julio de 1930, estaba causando una disputa agria y fea. Pero el jefe, que era el presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación, el francés Jules Rimet, tomó una decisión salomónica: el primer tiempo se jugaría con la pelota de los argentinos (importada de Escocia) y el segundo con la de los uruguayos (comprada en Inglaterra).
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