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Mundo Diners al día

Ya nunca habrá el país de los kurdos

por Jorge Ortiz

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Un simpatizante del Partido para la Igualdad y la Democracia de los Pueblos (DEM), prokurdo de Turquía, sostiene una pancarta con la leyenda "Buenas noches, queridos". Foto: EFE
TIEMPO DE LECTURA 8 MINUTOS

Derrotado por Turquía y preso en una isla solitaria, Abdullah Öcalan, líder (y leyenda) de 30 millones de seres sin patria, ordenó bajar las armas, por lo que…

Fue un final sorprendente, insólito, que nadie esperaba: dos hombres recios y aguerridos, de miradas duras, curtidos en años de combates y noches heladas en las trincheras, firmaron a finales de febrero un acuerdo de alto el fuego, de alcance completo y vigencia inmediata, que en la práctica implica la renuncia de treinta millones de personas a tener su propio país, el Kurdistán, en el que soñaron durante casi mil años, desde que Saladino, sultán de Egipto y Siria, cabalgaba hacia el sol poniente por los campos de Anatolia después de haber vencido a los grandes reyes europeos.

A Mazlum Abdi, líder de las milicias kurdas en Siria (que tenían en su poder un tercio de los 185.000 kilómetros cuadrados del país), y a Ahmed al-Shara, que hoy es el gobernante sirio único después de haber ganado la guerra civil que duró trece años, se los veía raros, casi irreconocibles, vestidos con traje y corbata, sin sus habituales uniformes de campaña, cuando firmaban el acuerdo que, además del desalojo de las áreas ocupadas, compromete a los kurdos a disolver antes del final de 2025 las estructuras autónomas con las que gobernaban los territorios que controlaban.

A cambio, los kurdos recibirán su reconocimiento como “parte integral de Siria”, por lo que podrán integrar sus milicias (las llamadas Fuerzas Democráticas Sirias) en el nuevo ejército nacional, además de que las decenas de miles de kurdos desplazados de sus hogares por el conflicto armado podrán volver a las aldeas y los poblados en los que vivieron siempre. Pero del anhelo de la patria propia (los kurdos viven dispersos entre Turquía, Irán, Irak, Armenia y Siria y son el mayor pueblo que carece de un país) no se dijo ni una sola palabra.

El final de la leyenda

El acuerdo en Siria fue firmado pocos días después de que Abdullah Öcalan, el líder histórico y la leyenda viva de los kurdos que habitan en las zonas montañosas de Turquía, hiciera un llamado al alto el fuego y el desarme de sus milicianos, lo que implica la terminación de un conflicto que ha durado cuarenta años y ha causado más de 40.000 muertos. “Los motivos que llevaron a la creación del PKK (el Partido de los Trabajadores del Kurdistán) se han debilitado y las condiciones generales han cambiado”, dijo Öcalan, desde su confinamiento solitario en una isla del mar de Mármara.

La exhortación de Öcalan a la pacificación y la entrega de las armas causó una conmoción profunda, y no sólo entre los quince millones de kurdos que viven en Turquía. “Los treinta millones de kurdos que vivimos en Anatolia y la Mesopotamia estamos estremecidos, con esperanza pero también con temor sobre nuestro futuro”, según dijo Salih Muslim, el portavoz de las milicias kurdas de Siria. Y es que los pueblos kurdos en Turquía están divididos entre los que exigen la independencia y los que consideran posible vivir bajo la bandera turca pero con sus derechos políticos garantizados.

Öcalan, por sus raíces marxistas y su vocación guerrillera, fue siempre el líder del sector radical, que consideraba “innegociable” a la independencia y que estaba dispuesto a mantener una situación de guerra hasta que sea posible establecer un Estado propio, socialista, escindiéndose de Turquía y, eventualmente, incorporando los territorios con mayoría poblacional kurda de los países circundantes. Pero, tras veintiséis años de cárcel, o se le doblegó la voluntad de lucha o comprendió que la suya era una misión imposible. Nunca se sabrá.

Enemigo número 1

Nacido en 1949 en Ömerli, en el sureste turco, la región de la Mesopotamia que suele ser descrita como el “punto cero de la historia de la humanidad”, Öcalan vivió en su pueblo hasta que, a los 18 años, viajó a Ankara para estudiar ciencias políticas en la universidad, donde se inició en el marxismo y se vinculó con organizaciones nacionalistas kurdas. En 1978 fundó, con varios de sus camaradas, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, el PKK, y de inmediato se dedicó a un activismo radical y violento, por lo que un año más tarde debió refugiarse en Siria.

Respaldado por la dictadura de Hafez el-Asad, estableció en Líbano -país en el que amplias zonas eran controladas por el ejército sirio- campos de formación política y militar de guerrilleros kurdos, con quienes en 1984 se levantó en armas contra Turquía, dispuesto a lograr una secesión que la permitiera la creación del Kurdistán, el país de los kurdos. Sus ataques y atentados, muy audaces y sangrientos, hicieron de Öcalan una leyenda, el mayor líder del pueblo kurdo, el más admirado y reverenciado desde que en 1193 muriera Saladino, al cabo de una vida intensa y vibrante (recuadro).

Pero a la par que crecía su leyenda se intensificaba también la persecución de las autoridades turcas, que declararon a Öcalan el “enemigo público número 1”. Durante catorce años dirigió desde Siria la insurgencia armada, que incluyó golpes contra los intereses turcos en países del Asia y Europa. En ausencia de organizaciones nacionalistas moderadas, la guerrilla del PKK se convirtió en el referente único para los millones de kurdos pobres que viven en el sureste de Anatolia o que emigraron a las grandes ciudades turcas o incluso a Europa. Y Öcalan se volvió su ídolo.

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El conocido jeque Murshed al Khaznawi, el pasado 22 de diciembre de 2024 en la ciudad de Hasaka durante una conferencia en la que llamó a la unidad entre todas las corrientes políticas kurdas en Siria. Foto: EFE.

La cacería

Mientras sus compatriotas lo veneraban y lo llamaban “Apo”, “Tío”, Öcalan era calificado por las autoridades turcas de “terrorista” y “asesino de niños”. Y empezaron una cacería que abarcaría medio mundo. Fue así que en 1998, ante la amenaza turca de invadir el país, Siria expulsó a Öcalan, que inició un peregrinaje de vértigo en busca de un escondite seguro. Su primera escala fue Moscú, presuntamente amparado por la mafia rusa. Pero los servicios secretos turcos -tal vez guiados por el Mosad e incluso por la CIA- lo localizaron pronto.

De allí habría viajado a Roma, donde también fue localizado por su propensión a usar en exceso el teléfono celular. De ahí se habría trasladado a Minsk, después a Atenas y más tarde a la isla de Corfú. Pero, acosado por donde iba, terminó cometiendo un error que le sería fatal: buscó refugio en Nairobi, sin darse cuenta de que, tras el ataque terrorista contra la embajada de los Estados Unidos, en agosto de 1998, Kenia estaba repleta de agentes norteamericanos. Los turcos lo supieron sin demora y, de urgencia, diseñaron la “Operación Safari”.

El 15 de febrero de 1999, al cabo de una huida precipitada y desesperada, Öcalan fue capturado: dejó su refugio en la casa del cónsul griego en Nairobi y se dirigió al aeropuerto, para viajar a Ámsterdam, convencido de que el gobierno holandés le daría asilo político. Tras ser interceptado en el camino, fue subido a un avión con autonomía suficiente para volar sin escalas hasta Ankara, donde fue sedado, amordazado y atado al asiento. Ya en Turquía, unos días más tarde fue exhibido detrás de un vidrio blindado. Fue juzgado por traición y condenado a morir en la horca.

La guerra siguió

Los primeros doce años de su confinamiento (pues su condena fue conmutada por cadena perpetua), Öcalan los pasó en reclusión solitaria y sin derecho a visitas. Más tarde su régimen carcelario fue aflojado, pero jamás, en los veintiséis años que está preso, Turquía admitió la posibilidad de liberarlo. Y es que, a pesar de la captura de su líder, los combatientes del PKK mantuvieron un estado de guerra que, desde el comienzo de la insurgencia, en 1984, ha causado al menos 40.000 muertos. Y la situación no varió ni siquiera por la invasión americana de Irak en 2003 y la guerra civil siria en 2011.

Más aún, la influencia kurda se expandió en la región a medida que la situación política se deterioraba. Fue así que, tras la caída de Sadam Hussein por la intervención estadounidense, en el norte iraquí fue creado un territorio kurdo independiente, mientras que el conflicto civil sirio fortaleció a las milicias kurdas, que con apoyo americano controlaron -hasta el acuerdo firmado a finales de febrero de este año- un tercio de los 185.000 kilómetros cuadrados de la superficie del país. Todo lo cual enardeció más al régimen turco, que acusa a todos los kurdos de estar vinculados con el PKK.

Y, en efecto, la represión contra los kurdos ha sido constante en Turquía, que ni siquiera les reconoce su identidad nacional. Su cultura y su lengua están criminalizadas y sus libertades ciudadanas están restringidas. Los intentos de resolver negociadamente el conflicto -primero en 2009 y después entre 2012 y 2015- terminaron en fracasos y, peor aún, en escaladas de las operaciones militares. El PKK llegó a tener 10.000 hombres armados (frente a los 250.000 desplegados por Turquía en el sureste de Anatolia).

El llamado a la paz

A pesar de la evidente derrota militar del PKK, la exhortación de Öcalan a un alto el fuego para llegar a la disolución del partido y la dejación de las armas sorprendió y estremeció. Pocos lo esperaban. No podría descartarse que Öcalan haya recibido un ofrecimiento de liberación (o de conmutación de su encarcelamiento por una prisión domiciliaria) a cambio de su llamado a la paz. Además, Erdogan, un gobernante autoritario con afanes de perpetuación, necesita el apoyo del grupo parlamentario kurdo para introducir en la constitución turca la reelección indefinida. La paz con el PKK le ayudaría.

La sorpresa y la conmoción por el llamado de Öcalan fueron seguidas, a los pocos días, por el acuerdo para la reunificación de Siria al cabo de su guerra civil de trece años. La aceptación de los derechos de los kurdos y su integración social plena podría servir de ejemplo para que, ya sin los comunistas del PKK representando a todo el pueblo kurdo, Turquía también avance hacia el reconocimiento tanto de la identidad nacional como de los derechos del pueblo que, tal como los palestinos en el Oriente Medio, sigue sin tener su país propio a pesar de su larga historia y de su cultura distintiva indudable.

Vencedor de todos los reyes

Fue el más poderoso de los príncipes kurdos y el más importante de los gobernantes musulmanes. Y lo fue en la época del esplendor mayor del islam, cuando el grito de ‘Allah Akbar’, lanzado por las huestes del profeta Mohoma, retumbó en tres continentes. Contra él, Saladino, sultán de Egipto y Siria, Defensor de la Fe, se aliaron las mayores potencias de su época, que desplegaron sus legiones al mando de reyes valerosos que, una tras otro, sucumbieron bajo el ímpetu de sus ejércitos.

Había nacido en el año 1138 (o, tal vez, 1137) en Tikrit, Irak. De familia kurda por padre y madre, proveniente de la zona del Kurdistán que hoy controla Armenia, entró muy joven en el ejército. Mientras combatía, Saladino no descuidó su formación en las artes de la guerra y en los libros sagrados, pero también en historia, filosofía, matemáticas y leyes.

Combate tras combate, Saladino adquirió la reputación de guerrero valiente, con gran sentido estratégico, cuyo aporte fue notable en algunas de las batallas decisivas contra los expedicionarios cristianos de la Segunda Cruzada y contra los sultanes rivales de Zengi, Señor de Mosul y Alepo, a órdenes de quien luchaba. En 1169, después de entrar victorioso en El Cairo, fue nombrado primer ministro del califa de Egipto. Su carrera política había empezado.

Las grandes victorias

Convertido en visir, Saladino se volvió un practicante fervoroso de la fe sunita, al mismo tiempo que reorganizaba el ejército sobre la base de las legiones sirias, conformadas por soldados kurdos, turcos y beduinos. Con la lealtad de sus fuerzas asegurada, extendió sus dominios hasta que en 1174 fue proclamado sultán de Egipto y Siria. Sus conquistas prosiguieron por la Mesopotamia, la península Arábiga hasta Yemen y el mar Rojo y la costa oriental del Mediterráneo. En 1187 Saladino estaba ya a las puertas de Jerusalén.

Ese año, junto a las colinas llamadas Cuernos de Hattin, Saladino obtuvo la mejor de sus victorias cuando derrotó y capturó al rey consorte de Jerusalén Guy de Lusignan, al príncipe de Antioquía Reinaldo de Chatillon, al gran maestro de la Orden de los Templarios Gérard de Ridefort y al gran maestro de la Orden del Hospital Roger de Moulins. Pero su captura principal fue la reliquia más venerada por la cristiandad: la Vera Cruz.

Esplendor y muerte

La caída de Jerusalén y la ocupación de los Santos Lugares causaron un impacto profundo en el mundo cristiano, por lo que el papa Gregorio VIII llamó a la Tercera Cruzada. A ella acudieron, con sus ejércitos, los más respetados reyes europeos, desde Felipe Augusto II de Francia y Federico Barbarroja de Alemania hasta Ricardo Corazón de León de Inglaterra. Saladino derrotó a todos ellos y, después, los trató con cortesía, les dio su amistad y los liberó sin pedirles nada a cambio.

Saladino murió poco tiempo más tarde, el 3 de marzo de 1193. Sus únicas posesiones personales eran una moneda de oro y cuarenta y siete de plata: el resto lo había repartido entre sus combatientes. Allí mismo, en Damasco, fue enterrado. Los kurdos no volverían, nunca más, a tener un líder como Saladino, implacable en la batalla, magnánimo en la victoria y magnífico en el ejercicio del poder.

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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