Varias tendencias, la mayoría negativas, están afianzándose por las recientes crisis mundiales
Todo empezó, según se supo más tarde, el 28 de febrero de 2014. Ese día, un viernes frío y nublado de invierno, unos individuos corpulentos y misteriosos, que habían llegado en largas caravanas de camiones sin placas, instalaron unos puestos de control sólidos e infranqueables en dos cruces de carreteras. No estaba claro quiénes eran, porque si bien hablaban en ruso (algo usual en esa zona), usaban ropa muy variada: unos llevaban uniformes militares ucranianos, otros pantalones y chaquetas de camuflaje verde y otros iban de civiles, pero todos estaban armados hasta los dientes.
Pronto quedó claro cuál era su propósito: aislar la península de Crimea, incluida la ciudad de Sebastopol, del resto de Ucrania. Y, con el control de las carreteras, la aislaron. Dos semanas más tarde, el 16 de marzo, hicieron que la población local votara en un referéndum para unirse a Rusia. Ellos mismos contaron las papeletas y dieron los resultados: el 95,5 por ciento de los habitantes de la península votó —dijeron— por la anexión a la Federación Rusa, que dos días después, el 18, el presidente Vladímir Putin oficializó con un decreto que firmó en Moscú.
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