La matanza, de la que casi nadie sabe y a pocos les importa, es cada día más atroz en Sudán, donde lo que se disputa es el comercio del oro
Era octubre de 2025 y, al fin, los vientos habían empezado a soplar a favor del gobierno. Y es que, tras un asedio largo y paciente, el ejército había reconquistado la capital, Jartum, y, a pesar de lo destruida que estaba la ciudad, casi un millón de personas —de sus seis millones de habitantes originales— habían vuelto para recuperar lo poco que les quedaba y recomenzar sus vidas. Al empezar noviembre el aeropuerto internacional fue reabierto con fiesta y celebraciones. La normalidad volvía a Sudán (el tercer país más grande del África) al cabo de treinta meses de una guerra civil sangrienta.
Pero la fiesta duró poco, porque esa misma noche, mientras el aeropuerto seguía iluminado y engalanado por la celebración, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RFS, por sus siglas en inglés), el grupo paramilitar levantado en armas contra el gobierno y que ya controla amplias áreas de los 1’862.000 kilómetros cuadrados de la superficie del enorme país, lanzaron una tempestad de “drones kamikaze”, que no sólo obligaron a cerrar otra vez la terminal, sino que causaron pánico y grandes daños en Jartum. La guerra en el fin del mundo no había terminado.
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