Una lógica perversa está haciendo escalar día tras día la guerra en el Oriente Medio
Era, para los suyos, “el único musulmán que ha vencido a Israel en el campo de batalla”. Lo consideraban su héroe, su guía. Lo llamaban sayyed, ‘mi señor’, y lo seguían con devoción, incluso cuando él, Hassan Nasralá, los llevaba al sacrificio. Su fotografía, con su barba blanca, su túnica obscura y su turbante negro característico de los clérigos pertenecientes al linaje de Mahoma, era omnipresente en los hogares chiitas del sur del Líbano, donde Hezbolá, el ‘Partido de Dios’, es dominante. Ahora es su mártir, porque el 27 de septiembre la aviación israelí lo mató en un bombardeo de gran precisión.
Con ese bombardeo, parte de una ofensiva de gran escala que se intensificaría en los días siguientes, el gobierno del primer ministro Benjamín Netanyahu confirmó que su propósito de fondo había dejado de ser tan sólo la eliminación de Hamás, el grupo radical islámico que con su ataque terrorista del 7 de octubre de 2023 desató el conflicto. Ahora su propósito es reconfigurar todo el equilibrio de poder en el Oriente Medio, con Israel en el eje, tal vez incluso corriendo el riesgo de una guerra abierta con su enemigo más agresivo y poderoso, Irán.
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