Los agentes secretos proliferan al ritmo del aumento dramático de la tensión internacional.
Sonreído y ufano, llevando en sus manos un enorme ramo de flores, Vladímir Putin esperó sin apuro que el avión de la fuerza aérea procedente de Ankara se detuviera frente a la terminal del aeropuerto. A sus espaldas, en formación militar impecable, una guardia de honor le daba un realce singular al momento. Era algo más de la medianoche en Moscú y el clima tibio de agosto completaba el ambiente de regocijo. Para el presidente ruso era una ocasión especialísima: era el regreso a la madre patria, sanas y salvas, de personas con quienes se sentía agradecido y, sobre todo, muy identificado.
Y es que allá por los años ochenta del siglo XX, Vladímir Putin, un combatiente convencido y eficaz de la Guerra Fría, había sido enviado a Dresde, en Alemania Oriental, como jefe de la oficina local de la KGB, el servicio soviético de espionaje. Y allí, a 170 kilómetros de Berlín, estaba el 9 de noviembre de 1989 cuando el Muro cayó, el régimen socialista colapsó y su país inició el proceso vertiginoso e irreversible de desintegración que terminaría dos años más tarde, en la Navidad de 1991, con la desaparición de la Unión Soviética. Ese episodio lo marcaría para siempre.
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