
La guerra terminó por ser un gran negocio para Irán.
“Concretamente, ¿qué fue lo que ganamos?”. Los periodistas se miraban unos a otros, desconcertados, algo perplejos, cuando la portavoz del presidente Donald Trump anunciaba el 17 de junio, en la sala de prensa de la Casa Blanca, en Washington, la firma de un memorándum de entendimiento para un alto el fuego con Irán, como corolario de una guerra a la que la funcionaria describió como “una victoria magnífica, que confirma el gran poder de los Estados Unidos”. “Sí, ¿qué fue lo que ganamos?”.
Ese día, en efecto, fue anunciado -tanto en Washington como en Teherán- un acuerdo de catorce puntos para el cese inmediato de las hostilidades, que habían empezado el 28 de febrero con un ataque masivo contra instalaciones militares iranies, lanzado conjuntamente por Estados Unidos e Israel. En los siguientes ciento nueve días, hasta el anuncio del alto el fuego, Irán sufrió diecisiete mil ataques con bombas, misiles y drones. Sin embargo, el 17 de junio a las autoridades iraníes se las veía sosegadas, muy serenas, sin ninguna actitud de abatimiento o derrota.
Por el contrario, a las autoridades estadounidenses, según los reportes coincidentes de periodistas asignados a la Casa Blanca, se las sentía vacilantes, dubitativas, con actitudes y lenguajes corporales que no confirmaban -que tal vez incluso contradecían- sus anuncios triunfales. Y es que, cuando los catorce puntos del memorándum fueron detallados, la tan pregonada victoria en la guerra no apareció por ninguna parte. “Estados Unidos se ha rendido ante Irán”, según la caustica conclusión de Timothy Snyder, el historiador que también es una de las plumas más finas del periodismo.
(El último día de junio, cuando la guerra cumplía cuatro meses y este artículo era escrito, fuerzas estadounidenses atacaban objetivos militares iraníes en el Estrecho de Ormuz y misiles iraníes golpeaban bases estadounidenses en Kuwait y Bahréin, a la vez que unos y otros acusaban al rival de haber roto el acuerdo de cese de las hostilidades. Así, la perdurabilidad del entendimiento estaba en duda antes siquiera de que hubieran sido cumplidos trece de los catorce puntos del memorándum.)
“Rendición incondicional”
El 28 de febrero, que empezó como un sábado reposado y sin historia, la guerra comenzó de improviso y con una contundencia enorme. Ni siquiera los clérigos chiitas, siempre tan misteriosos y cautelosos, esperaban el ataque, por lo que habían aflojado sus habitualmente férreas medidas de protección. Su líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, murió en la primera ola de bombardeos. Y en los días siguientes sucumbieron varias de las cabezas políticas y religiosas más visibles del país. La capitulación iraní parecía ser inminente.
Donald Trump, invariablemente soberbio e imperial, fue rotundo en su aviso: “no aceptaré nada distinto a una rendición incondicional”. Era obvio lo que eso implicaba: el desmantelamiento completo de las instalaciones nucleares, la entrega de todos los materiales fisionables, la renuncia irrevocable a fabricar armas atómicas, el desarme iraní a niveles en los que Israel pueda sentirse seguro y, desde luego, la supresión del régimen teocrático que gobierna Irán desde 1979 y su reemplazo por autoridades que sean tuteladas desde Washington.
Trump y su círculo pequeño, bastante desconocedores de la geopolítica y la historia, creyeron que Irán se doblegaría en pocos días ante el abrumador poder militar estadounidense, después de lo cual, en alguna negociación rápida y sin contratiempos, se le impondrían unas condiciones con las que se concretaría aquello de la rendición incondicional. Pero sucedió exactamente lo contrario: el régimen iraní no claudicó, los clérigos muertos fueron reemplazados por otros igualmente resueltos y radicales y fue puesto en marcha un plan minucioso de contragolpe y resistencia.
El arma del petróleo
El plan principió con la entronización de un nuevo líder supremo: el 28 de febrero murió Alí Jamenei y el 4 de marzo lo substituyó su hijo Mojtabá, un clérigo de 56 años con nexos profundos con la Guardia Revolucionaria Islámica. Continuó con ataques contra instalaciones energéticas de los países aliados de Estados Unidos en toda la región y culminó con el cierre del Estrecho de Ormuz. Así, la provisión de petróleo y gas a los mercados mundiales se desplomó, los costos de la energía se dispararon y la economía global se puso en pausa. Ahora era Irán el que llevaba la iniciativa.
La reacción estadounidense fue de estupefacción: ¡¿cerraron Ormuz?! Parece que Trump (al igual que su rudo y elemental secretario de Defensa, Pete Hegseth) no calculó algo tan obvio como que la respuesta iraní a los bombardeos sería el cierre del Estrecho. Los ataques se recrudecieron, sin comprender que la República Islámica ha hecho un culto del sacrificio, como lo había reflejado el anuncio oficial de la muerte de Alí Jamenei: “nuestro líder ha bebido el dulce y puro elíxir del martirio”. Sí, dulce y puro. El mensaje era que el pueblo iraní puede enaltecer el sufrimiento y soportar el dolor.
Con Ormuz cerrado, el flujo de energía se contrajo de un día para otro (20 por ciento del petróleo y 25 por ciento del gas que se consumen en el mundo). Y, claro, los precios de los combustibles escalaron y en Estados Unidos los consumidores sintieron el golpe. Y Donald Trump se puso nervioso, porque el 3 de noviembre afrontará unas ‘midterm’ complicadas, con la elección de los 435 miembros de la cámara de representantes, 35 de los 100 senadores y 36 de los 50 gobernadores. La prioridad dejó de ser, entonces, ganar la guerra. Lo urgente, ahora, era terminarla.
La enorme paradoja
Mientras Estados Unidos buscaba cómo terminar cuanto antes la guerra, Irán soportaba los ataques sabiendo que el tiempo había empezado a jugar a su favor. Israel, condicionado por la política guerrerista de Benjamín Netanyahu, ayudaba al régimen iraní a ganar tiempo porque -según habían resuelto los ayatolás- mientras prosiguiera la invasión de Líbano no habría acuerdo de paz. No se sabe si hubo algún ultimátum de Trump a Netanyahu, pero el ejército israelí detuvo su ofensiva tan sólo tres días después de que el memorándum de entendimiento hubiera sido firmado.
Los términos de ese memorándum entrañaban una enorme paradoja: tras soportar diecisiete mil ataques, con los consiguientes daños y muertes, Irán no tuvo que ceder prácticamente nada y, en cambio, recibió concesiones inmensas. Se comprometió, en efecto, a reabrir Ormuz (que estaba perfectamente abierto antes de la guerra) y a renunciar para siempre a fabricar armas atómicas. Y si bien nunca nadie creyó que los ayatolás no tenían propósitos bélicos, su programa nuclear no será suprimido, sino sometido -como ya se había acordado en 2015 con Barack Obama- a control internacional.
Más aún, el acuerdo establece el levantamiento de las sanciones internacionales que afectan a Irán, la reanudación inmediata de sus ventas de petróleo y, como premio mayor, la creación de un fondo de reconstrucción -sobre todo con dinero árabe- por “al menos” 300.000 millones de dólares. Un acuerdo de paz definitivo será negociado hasta el 16 de agosto, después de lo cual todas las fuerzas militares estadounidenses “serán retiradas de las proximidades de la República Islámica de Irán”. Por todo eso, el 17 de junio los periodistas estaban perplejos: “exactamente, ¿qué fue lo que ganamos?”.
Lo que importa es el relato
Es indudable, como lo han admitido incluso algunos republicanos de alto rango, que los términos del acuerdo no se parecen en nada a una rendición incondicional. Parecen, más bien, las cláusulas de un documento redactado al apuro por la urgencia de terminar una guerra que estaba demoliendo la popularidad de Donald Trump y sus posibilidades de ganar las elecciones de noviembre, de las que dependerá el vigor de la segunda mitad de su mandato. Y también estaba derrumbándose el prestigio internacional de Estados Unidos, que ha estado en caída libre desde enero de 2025.
El historiador Timothy Snyder, cuyos libros de historia y de política internacional son muy valorados por su claridad y rigor, fue contundente en su evaluación: “las condiciones del memorándum son una victoria para la República Islámica y una humillación para el presidente Trump y para Estados Unidos”. Y agregó: “la única respuesta que les quedó (a Trump y su círculo íntimo) fue hacer pasar la derrota por victoria, una ridiculez en la que todavía insisten”. Y es que, como resulta tan frecuente en la política contemporánea, lo que importa no es la verdad, sino el relato.
No cabe duda de que muchos seguirán creyendo la narrativa -tan difundida por los medios afines al proyecto MAGA- según la cual Trump está obteniendo un triunfo tras otro en la política internacional. Los más mencionados son los éxitos en América Latina de la derecha dura, el cerco a las dictaduras de Venezuela y Cuba y la consolidación de Israel como la potencia dominante en el Oriente Medio. Pero la realidad es que hoy prevalece un orden internacional más caótico y menos sujeto a normas, en el que la amenaza de una confrontación a gran escala ha crecido de manera exponencial.
La guerra en Irán, además de haber consolidado al obscuro y siniestro régimen islámico, causó una conmoción económica que terminó beneficiando a China y Rusia, debilitó aún más las alianzas occidentales, liquidó las políticas basadas en el poder blando y arrasó con lo que quedaba de la imagen internacional de Estados Unidos. Fue, en el saldo final, un desastre geopolítico, estratégico y ético de gran tamaño. Y, aunque lo niegue, Donald Trump sabe que el episodio iraní fue un fracaso. Y sabe que los clérigos chiitas están hoy convencidos de que, con enemigos así, ¿para qué necesitan amigos?
Moverse en las sombras
Del líder supremo, que reúne todo el poder político y religioso de un país enorme (1’650.000 kilómetros cuadrados, 92 millones de habitantes), nadie sabe nada: ¿está vivo, está muerto, está herido, está desfigurado? Desde que el 4 de marzo fue elegido por una asamblea de 88 expertos en la interpretación chiita del Corán, nunca se lo ha visto en público. Nunca. Cinco días antes, el 28 de febrero, cuando comenzó la guerra, habría sido herido en la misma ola de ataques en la que murió su padre, el por entonces líder supremo, Alí Jamenei. Desde ese día todo ha sido misterio, silencio, obscuridad.
Se sabe, eso sí, que Mojtabá Jamenei tiene 56 años, es el segundo hijo de su padre, en 1987 se unió a la Guardia Revolucionaria Islámica, en 1999 empezó a estudiar teología islámica en la ciudad santa de Qom y, ya como clérigo, ascendió con rapidez en la jerarquía religiosa gracias a su dedicación, su talento político y, también, las conexiones familiares. Y, bien ubicado en los círculos de poder del hermético y siniestro régimen de los ayatolás, consiguió aliados y respaldos para estar listo a reemplazar a su padre cuando llegara la ocasión.
La ocasión le llegó con la guerra. Si está vivo (y parece que sí lo está, aunque herido), él fue quien trazó la estrategia de resistencia propia y desgaste del enemigo con la que Irán afrontó la superioridad militar abrumadora de los Estados Unidos, sabiendo que el tiempo jugaba a su favor porque cada día que duraba el conflicto y cada centavo que subía el precio de los combustibles desgastaban la imagen al gobierno estadounidense y le minaban su voluntad de proseguir los ataques. Y, como se comprobó con el memorándum del 17 de junio, la estrategia funcionó a la perfección.
El gobierno iraní, una teocracia cerrada y violenta que hundió al país en las tinieblas del obscurantismo dogmático, había soportado antes de la guerra unas olas sucesivas de protestas ciudadanas, algunas muy tumultuosas, que hicieron renacer la ilusión de que un cambio de régimen era posible. Todo eso se esfumó con la guerra: los clérigos chiitas, con su líder supremo por delante, aprovecharon la situación excepcional de una guerra para reforzar los controles, redoblar la represión y volver a llenar las cárceles de críticos y opositores.
Y, de paso, el gobierno se radicalizó. El mismo día de la firma del memorándum, una cantante que se había presentado en público sin cubrirse la cara con el velo islámico fue condenada a recibir setenta latigazos, como para que a nadie le quedaran dudas de que el régimen lo sigue controlando todo, incluso cómo se viste la gente. Y es que, mientras el ejército, la marina y la aviación sufrieron grandes pérdidas en hombres y armas durante la guerra, la Guardia Revolucionaria Islámica -cuyo jefe único y directo es el líder supremo- quedó intacta y fortalecida.
Hoy, según las informaciones que han logrado escabullirse de la opacidad total del régimen, la Guardia tendría ya 190.000 hombres, repartidos en sus fuerzas terrestres, navales y aeroespaciales y apoyados por un servicio de avanzada para labores de espionaje y propaganda. Su cuerpo de élite, la Fuerza Quds, maneja las operaciones iraníes en el exterior, financiando y armando a combatientes en todo el Oriente Medio. Y para el control interno de la población dispone de la Milicia Basij, unos comités de reservistas con algo más de un cuarto de millón de voluntarios.
Todo lo controla y dirige -si está vivo- Mojtabá Jamenei. Cuando la asamblea de clérigos lo designó líder supremo, Donald Trump dijo que “esa elección es inaceptable” e insinuó que tendría una vida corta. Pero al final de la guerra, con Irán disfrutando de un acuerdo en los términos más favorables de lo que nunca hubiera imaginado, el régimen islámico tiene su estructura institucional reforzada, mucho dinero para gastar, todos sus adversarios muertos, presos o en el exilio y, además, a sus enemigos -empezando por Donald Trump y Benjamín Netanyahu- desacreditados, desconcertados y furiosos. En fin.

