¿Estas elecciones son la prueba de la decadencia final de los Estados Unidos?
La sensación de desconcierto y abatimiento fue generalizada esa noche. Era el 27 de junio de 2024, un jueves en el que cientos de millones de personas, en el mundo entero, habían asistido durante una larguísima hora y media a un debate entre los dos candidatos finalistas a la presidencia de los Estados Unidos. Y, contra toda la lógica y la mayoría de los precedentes, quienes habían estado en el escenario no fueron dos políticos brillantes, de ideas sólidas, mentes esclarecidas y retóricas poderosas, capaces de ilusionar al país que todavía es el más rico y libre del mundo, pero que ya enfrenta desafíos enormes. No.
Quienes habían estado en el escenario (un estudio magnífico de la cadena CNN, en Atlanta) habían sido un anciano frágil y olvidadizo, que vacilaba, ponía los ojos en blanco, dejaba las frases a medias y no hilaba sus respuestas, y frente a él, un típico político populista y amoral, que no respondía las preguntas y, a cambio, soltaba una andanada tras otra de mentiras y descalificaciones, con una actitud chocante de infalibilidad y desprecio. En los Estados Unidos quedó —tal como lo reflejaron las encuestas— un ambiente de tristeza y desolación: “¿tenemos que elegir entre un anciano y un monstruo…?”.
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