En la elección del 5 de noviembre podrían estar en juego los valores intrínsecos de los Estados Unidos
Los imperios han sido siempre consecuencia de una voluntad deliberada de poder: minorías ilustradas que han desplegado sus legiones por tierras ajenas y, así, han empujado límites y fronteras, en procesos vertiginosos, por lo general muy sangrientos, de expansión. Así ocurrió con Macedonia, con Persia y con Roma. Y así hicieron, también, los Habsburgo y la reina Victoria. Así fue siempre a lo largo de la historia humana. Siempre. Hasta 1776.
El 4 de julio de 1776, cuando el centro del poder mundial se había trasladado del Mediterráneo al mar del Norte, al otro lado del globo un grupo de patricios y terratenientes, descendientes de colonos ingleses y holandeses, recogió en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos un conjunto de ideas políticas románticas e inspiradoras, aunque probablemente muy poco prácticas. Pero esas ideas, pensadas en Inglaterra y Francia y por entonces jamás aplicadas en ninguna parte (Recuadro 1), terminarían por cambiar el mundo.
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