
Hoy es una pasión masiva y global, conconnotaciones geopolíticas inmensas
Seis mil millones de seres humanos, de todo credo religioso, filiación política, nivel de instrucción y capacidad económica y, también, de toda etnia, sexo, edad y nacionalidad, se sentarán entre el 11 de junio y el 19 de julio —tensos e intensos 39 días— para contemplar en sus televisores, olvidándose de todo, el espectáculo mágico y arrebatador que cada cuatro años paraliza al mundo y relega a segundo plano hasta a las decisiones políticas más duras y a los conflictos internacionales más tremendos: el Campeonato Mundial de Fútbol.
Se trata, qué duda cabe, del mayor fenómeno de masas de los tiempos actuales. Y es que, según especula la sociología, los seres humanos contemporáneos tienden a satisfacer su necesidad de pertenencia colectiva identificándose con un equipo de fútbol o, mejor, con una selección. Lo que antes era la familia (o la nación, la religión o la ideología) hoy lo hace la insignia de un club o de una federación nacional. Y, así, en un partido de fútbol está en juego mucho más que un triunfo deportivo. Está en juego el sentimiento de identidad —y el orgullo— de legiones enormes de personas.
Hay quienes sospechan, incluso, que el fútbol ha llegado a ser algo así como un sucedáneo de la guerra, gracias al cual el mundo es hoy menos violento y cruel de lo que sería sin él. Un gol desahoga muchas tensiones y muchas pasiones. El fútbol sería entonces —adaptando a los tiempos actuales la célebre sentencia de Carl von Clausewitz— “la continuación de la guerra por otros medios”. Aunque también habría que admitir que el fútbol es, para los grupos más enardecidos y fanáticos, un reducto de lo primitivo y lo tribal, donde son frecuentes las expresiones de ruido y furia.
Números estremecedores
Sea como fuere, seis mil millones de personas (y esta es una estimación muy minuciosa) serán la audiencia global de la Copa Mundial de la FIFA 2026, que se disputará en ciudades de Canadá, Estados Unidos y México. En el torneo de Qatar, en 2022, fueron casi cinco mil millones. El salto adelante se explica por el número mayor de países participantes, 48 contra 32, con el consiguiente aumento de partidos, 104 contra 64. Pero se explica también por la creciente globalización del fútbol.
Sí, el Campeonato aportará 40.900 millones de dólares al producto bruto global, según las previsiones de la Federación Internacional de Fútbol Asociación, la FIFA, que, ella sola, espera tener ingresos de hasta 13.000 millones. No es una esperanza infundada: los expertos calculan que, entre auspicios, patrocinios, transmisiones, derechos, entradas a los estadios y venta de productos relacionados, el torneo movilizará 80.100 millones de dólares y generará —durante las casi seis semanas de partidos— 824.000 puestos de trabajo repartidos por todo el planeta. Cifras delirantes, inauditas.
Muchas de las grandes firmas internacionales han pagado cantidades enormes de dinero para que su marca aparezca en los televisores de esos seis mil millones de espectadores que tendrá el torneo: Coca-Cola, Visa, Hyundai-Kia, Aramco, Lenovo y Qatar Airways, como “socios”, y Frito Lay, Bank of America McDonald’s, Hisense, Budweiser, Unilever y Mengniu Dairy, como patrocinadores. Y hay, además, decenas de firmas con promociones en categorías o regiones específicas. Montañas de dólares, en todos los casos.
Trump, Carney, Sheinbaum
Lo que no es cuantificable es la repercusión política y geopolítica. Pero de que la habrá no caben dudas. La ha habido ya, y muy significativa, en torneos anteriores. Como en 2020, cuando Qatar pagó muchos millones, incluso por debajo de la mesa, para obtener la sede, organizar un campeonato impecable y, así, lavar su imagen de país violador de los derechos humanos y de las libertades públicas. O como en 1978, cuando la dictadura militar argentina se las arregló, incluso con victorias futbolísticas sospechosas, para desviar la atención interna de la “guerra sucia” y de la crisis económica.
¿Puede alguien creer que el presidente Donald Trump no utilizará el Campeonato Mundial para promover globalmente su agenda política, la espeluznante MAGA, y apuntalar su propósito de erigirse en el iniciador de una nueva era en las relaciones internacionales, con una rescatada hegemonía americana y unas esferas de influencia cuyos límites los decida él y sólo él? Pero entre los muchos frentes que ha abierto Trump también están Canadá y México, cuyos gobernantes, el primer ministro Mark Carney y la presidenta Claudia Sheinbaum, harán lo suyo para intentar contrarrestarlo.
Además de la competencia deportiva, que hará vibrar de emoción y entusiasmo al planeta entero, el Campeonato Mundial causará muchas otras agitaciones y conmociones porque —una vez más— el fútbol ya trascendió largamente su dimensión atlética y se convirtió en un fenómeno de masas como no hay otro en estos tiempos de avances admirables pero también de convulsiones terribles. Así es, para dicha o desdicha de miles de millones de personas. ¿O es que alguien todavía se acuerda de cuando el fútbol era sólo un deporte?
Los tricolores contra los elefantes
La de Costa de Marfil será la selección con la que la ecuatoriana tendrá su partido clave
Lejanos quedaron los tiempos en los que, con infinita resignación, la afición futbolística ecuatoriana se lamentaba de que “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Y, en efecto, perdíamos casi siempre. Dicen los que más saben que fue Dussan Draskovic, un montenegrino paciente y minucioso que llegó a estas tierras en 1988, quien le dio el giro decisivo al fútbol local: el empeño y la garra son buenos pero no suficientes y de poco sirven si no hay táctica, orden y disciplina.
Y es que el fútbol actual lo requiere todo: estado físico formidable, férrea solidez emocional, intensa concentración mental, armonía total entre las líneas y, para salir a la cancha, una planeación estratégica y una disciplina táctica estrictas. La selección ecuatoriana ha avanzado en todos esos aspectos, además de que ahora tiene jugadores de primer nivel, que se lucen en equipos de las mejores ligas. Y en el Campeonato Mundial tendrá un partido clave con la selección de Costa de Marfil, que, por cierto, también ha mejorado en todo.

“Fuerza, gracia y carácter”
Les dicen “los Elefantes”. Es obvio que así sea: Costa de Marfil se llama así porque en la primera mitad del siglo XVII, cuando los conquistadores franceses llegaron a las riberas del golfo de Guinea, en el océano Atlántico, encontraron nutridas manadas del elefante africano del bosque y, dispuestos a ganar dinero rápido, se dedicaron a traficar con colmillos en una época de altos precios del marfil. Al cabo de tres siglos como colonia de Francia, el país se independizó en 1960, pero mantuvo el nombre y, más aún, en 1964 adoptó la cabeza de un elefante como su símbolo nacional.
El elefante africano del bosque, según lo ven los marfileños, tiene tres características distintivas: “fuerza, gracia y carácter conquistador”. Y esas características son las que, idealmente, deben tener los futbolistas de su selección. Las tuvo, por ejemplo, Didier Drogba, un delantero de eficacia implacable y gran elegancia, que brilló en el Olympique de Marsella y, sobre todo, en el Chelsea, hasta erigirse en el símbolo del fútbol de su país.
Pero no fue el único. Ahí están, entre muchos otros, Kolo Touré, Yaya Touré, Amad Diallo, Gervinho, Didier Zokora, Yannick Kessié, Ousmane Diomade… La lista es larga. Con ellos, la Selección de Costa de Marfil ganó tres veces la Copa Africana de Naciones (1992, 2015 y 2023) y se ha clasificado cuatro veces (2006, 2010, 2014 y 2026) a campeonatos del mundo, aunque nunca ha logrado clasificarse a la segunda ronda. Aspira a hacerlo este año y, por supuesto, el partido clave será contra la selección del Ecuador, el 14 de junio, en Filadelfia.
Un país desconocido
Pocas certezas hay sobre Costa de Marfil antes de que, en el siglo XV, llegaran los europeos. Se sabe, eso sí, que estaba habitada por agricultores agrupados en tribus pequeñas, dispersas y con frecuencia enfrentadas entre ellas. Los primeros en arribar fueron los portugueses, unos navegantes experimentados y audaces que atravesaron el océano Atlántico en decenas de expediciones. Fueron ellos los que empezaron el comercio del marfil y, también, quienes emprendieron el tráfico de esclavos. Detrás llegaron ingleses y neerlandeses.
Pero, en una era de intensas disputas entre las potencias europeas por adquirir y retener colonias, fueron los franceses quienes se quedaron con esos territorios misteriosos e inexplorados, ubicados en el extremo occidental del África, que en la actualidad limitan con Liberia, Guinea, Malí, Burkina Faso y Ghana. Y los franceses llamaron Cote d’Ivoire a ese territorio, al que en 1843 convirtieron en Protectorado y en 1893 en Colonia. Y con esos nexos coloniales permaneció Costa de Marfil mientras el mundo se enfrascaba en las tensiones tremendas y los desangres copiosos que caracterizaron al siglo XX.
Terminada la Segunda Guerra Mundial y comprometidos los vencedores a apresurar los procesos de descolonización, Costa de Marfil se independizó de Francia en 1960. Lo que le ocurrió a continuación fue lo mismo que a tantos otros países africanos: el “Padre de la Patria” se convirtió en un dictador dispuesto a quedarse mandando el resto de su larga vida. Félix Houphouët-Boigny le dio estabilidad política y crecimiento económico a Costa de Marfil (incluso llegó a hablarse del “milagro marfileño”), pero dejó a los ciudadanos sin derechos, garantías ni libertades.
“Sí, me gusta el oro”
El Partido Democrático de Costa de Marfil, creado, dirigido y controlado por Houphouët-Boigny, copó el Estado: todo con él, nada fuera de él. Incluso, en la cima de su fuerza, la ley dispuso que todos los marfileños adultos debían estar afiliados. Y, como siempre sucede cuando hay concentración del poder, la corrupción se generalizó y estallaron los escándalos. Pero, obviamente, la impunidad fue la norma. La fortuna del presidente llegó a 10.000 millones de dólares. Y él no ocultó su riqueza: “sí, me gusta el oro, porque yo nací rodeado de oro…”.
Adquirió propiedades por todas partes y se solazó siendo cliente preferencial de los bancos suizos. Al fin y al cabo, “¿qué persona seria no coloca parte de sus bienes en Suiza?”. Católico practicante, aunque combinando su fe con ritos animistas (en un país en el que el cristianismo y el islam son los credos dominantes en partes iguales), construyó con su dinero —1.500 millones de dólares— la Basílica de Nuestra Señora de la Paz, con abundancia de mármol y capacidad para 18.000 fieles. Faraónica. Los planos son los de San Pedro, en Roma, pero con la cúpula más alta y la nave central más ancha.
Houphouët-Boigny gobernó 33 años, hasta su muerte, en diciembre de 1993. Su legado es un país que creció más sostenidamente que la mayoría de sus vecinos, con una producción agrícola diversificada, aunque con el cacao y el café como exportaciones predominantes. Costa de Marfil tiene 322.000 kilómetros cuadrados y su población actual es de 33,8 millones. Su nivel de pobreza roza el cuarenta por ciento (lugar 142 del mundo en el PIB per cápita), con altos coeficientes de desigualdad y un índice de desarrollo humano entre los más bajos del planeta.
Golpes y guerras

La muerte de Houphouët-Boigny llevó alivio, pero también inestabilidad a Costa de Marfil. Fue así que su sucesor, Henri Konan Bédié, fue derrocado en 1999 por un golpe de Estado que, con los años y las turbulencias, derivó en dos guerras civiles: una entre 2002 y 2007 y otra entre 2010 y 2011. La segunda se resolvió con la intervención de tropas francesas y de fuerzas de separación de las Naciones Unidas, con lo que Alassane Ouattara, quien había sido primer ministro de Houphouët-Boigny y había ganado las elecciones de 2010, asumió la presidencia.
Ouattara gobierna desde entonces. No es el suyo un régimen democrático, porque los adversarios son inhabilitados, los críticos son perseguidos y la prensa es censurada. Y actualmente hay cientos de presos políticos. Incluso hay tensiones internacionales: a principios de febrero, la junta militar que gobierna Níger acusó a Costa de Marfil de estar detrás del ataque con bombas ocurrido en el aeropuerto de la capital, Niamey, cometido el 29 de enero por terroristas posiblemente vinculados a alguna rama de la red Al Qaeda. El gobierno marfileño lo negó todo.
Entretanto, Costa de Marfil ha recuperado el ímpetu económico de sus primeros años. Para 2026, el Fondo Monetario Internacional (del que Ouattara llegó a ser director general adjunto) anticipa un crecimiento entre los más altos del mundo, de entre seis y diez por ciento, gracias al dinamismo de su sector agrícola. Aunque en todos los pronósticos alentadores se inmiscuye una alerta: el riesgo de ataques terroristas es constante, en especial en las regiones fronterizas con Burkina Faso y, sobre todo, con Malí, donde la actividad de grupos yihadistas radicales es incesante.
Pero, como ocurre cada cuatro años en casi todo el planeta, esos temores y esos sobresaltos pasarán a segundo plano durante los 39 tensos e intensos días del Campeonato Mundial de Fútbol. Y el día clave será el domingo 14 de junio, porque los “elefantes” (tanto como los “tricolores”) saben que acaso el partido decisivo del grupo ‘E’ será el que enfrentará a las selecciones del Ecuador y Costa de Marfil, porque muchos consideran que la selección de Alemania ya está clasificada y la de Curazao ya está descartada. ¿Así será? Y es que el fútbol está lleno de sorpresas. Y esa es, tal vez, su mayor virtud.

